A menudo me recuerdas a alguien. Parte 1

” A menudo me recuerdas a alguien…”

No cesaba de sonar esa canción en mi walkman. Cierto era que Miguel Rios no era uno de mis cantantes favoritos, pero fue lo único que pude encontrar en la gasolinera en la que paramos a repostar camino del aeropuerto.

Por cierto, esa parada casi me hace perder el avión, un 747 de Switzerland Airlines, destino Zurich.

Bombay todavía estaba en mi cabeza como una nebulosa, como algo etéreo que se conformaba de sueño, y sin embargo aquí estaba ya, rodeado de miseria y decadencia de todos los ideales estúpidamente adquiridos. Las prioridades anotadas en una lista que encabezaban el decálogo de mi forma de vida en occidente, me resultaban ahora zafias, banales, egoístas…en lineas generales me reproché una y otra vez mi forma de ser y algún que otro comportamiento anterior.

Y sin embargo en algunos instantes, entre tanto gentío, tanta mano abalanzándose hacia mí buscando una limosna. ¡Pobres! si supieran que la debacle de los valores de la persona empiezan por el dinero…más adelante me daría cuenta que esa forma de pensar era la de un cómodo burgués de sillón y fútbol los domingos. Comenzaba a sentir por mi interior por vez primera algo de paz y satisfacción con lo que iba a ser mi labor aquí. Buenos reproches a mi forma de pensar y ver ciertas cuestiones de la vida. Buen comienzo, y eso que no había hecho más que poner el pié en tierra.

www.photopin.com

www.photopin.com

Lo siento. Disculpen mis modales, no me he presentado como es debido. ¿En qué estaría pensando?

Mi nombre es Alfonso Benito, “Fonsi”, para todos los que me conocen. Soy fotógrafo de la revista de divulgación científica “National Geographic”. Ya saben, seguro que han oído hablar ustedes de ella. La de los animalitos.

¡Si hombre! La de los reportajes documentales sobre el mundo animal y vegetal en la 2 de TVE a la hora de la siesta. ¿Cómo no van a conocerla? Si todos los españoles ven los documentales de la 2 ¿no?

¡Ven ustedes, ya se han acordado! Era sólo cuestión de tiempo y de utilizar los ejemplos concretos. Pues ahí trabajo yo, haciendo las fotos que luego acompañan los textos de mi buen amigo Pierre Guimarol, un “francesito” galán, bastante arrogante y mujeriego a la par de buen periodista, las cosas como son. He de reconocer que es lógico y  muy comprensible que a primera vista pueda parecer estúpido e insoportable, dos cualidades que añadiremos a las anteriores, pero en el fondo es una persona con un corazón noble. A pesar de que se empeñe una y otra vez en hacernos pensar lo contrario.

Si señores, ese soy yo, un fotógrafo de vida, o como dicen mis jefes allá en Nueva York, un “reportero fotográfico”, pero en inglés claro. Yo prefiero considerarme un mago, alguien que tiene el don de inmortalizar todo aquello que ve a través del objetivo de una Nikon.

¿No es fantástico? Hay veces que me encanta jugar a ser Dios, concediendo y denegando vida eterna.

“Vamos al parque, Santa Lucia…” Miguel Ríos seguía cantando. Era lo único que todavía me ligaba a España y aunque folkloricamente sea estupendo escuchar esa especie de flautas gigantescas que se tocan por aquí, mi cabeza después de un rato, no puede soportar tanta melodía de viento.

¡Que tráfico, uff!

Y yo me quejo de la hora punta en Madrid.

Pierre no llegó a nuestra cita en Zurich. Una llamada a tiempo a mi móvil anunció una serie de problemas familiares que le retrasarían un par de días. Después de interesarme por su situación, acordamos que lo mejor sería que me adelantase y fuese preparando el material, y los permisos y las rutas, y posteriormente nos encontraríamos en Delhi.

Al colgar, sentí el aroma de un perfume dulce y delicado escalando los sentidos. Dos mujeres rubias de largas piernas y uniforme azul bajo sin duda se escondían dos cuerpos esculturales, me hicieron perder la concentración por un instante. Sólo se me ocurrió darle las gracias a la primavera helvética por hacer florecer semejante vergel. Eran dignas de un carrete en exclusiva cada una.

“Entra en mi vida sin anunciarte…”

Ni después de ducharme logré sentir mi cuerpo algo repuesto. El calor de la India es sofocante, pegajoso, asfixiante y real….y verdaderamente desesperante.

Tanto Ashwan como Gondar, dos jóvenes indios que hacían las veces de anfitriones y guías en su país, condición aparte la de interpretes y fuente inagotable de leyendas y datos sobre su cultura, se reían, enseñando sus blancas y enormes dentaduras, de mí. No entendían la necesidad de una persona de remojarse tantas veces el “cogote”. Según ellos, cuantas más veces pases por el agua y sometas el cuerpo a cambios de temperatura, menor será la sensación de alivio y mayor el tiempo necesario de adaptación al clima.

Ya en Delhi conocí, en uno de los mercados al que bajé buscando alguna que otra foto de un día normal en una ciudad india, a un pareja de españoles que estaban de luna de miel.

Eran de Bilbao, bastante simpáticos y campechanos. Me contaron que habían elegido este lugar para realizar su viaje de novios porque el hermano de Dani, que así se llamaba él, estaba en una misión de jesuitas en uno de los pueblos de la región de Gujarat y habían aprovechado para venir a verlo pues hacía ya casi dos años que no le veían.

Azucena, que era su mujer, era una chica rubia bastante desgarbada y ancha de hombros. No era un dechado de virtudes femeninas pero era un encanto de mujer, muy graciosa, un sentido del humor muy fino que le hacía contar de cuando en cuando “chistes de vascos” provocando las risas de pequeño grupo que acabamos formando. Por otro lado, Dani tampoco era Marlon Brando.

Comimos y cenamos juntos, y me explicaron que se hospedaban en una casa de monjas cerca de Balinda. Me propusieron acompañarles dos o tres días por los pueblos de aquella zona, y así podría retratar el margen del río Bador y su cauce atravesando el valle, en cuyos tramos aprovechaban los niños y los no tan niños para bañarse y pasar un buen rato.

Pierre tardarçia todavía dos días en volver y podía dejar en Delhi a Ashwan o a Gondar, o a los dos con instrucciones de dónde estaba, para el caso de que éste tuviera la harto improbable posibilidad, de adelantar su llegada.

Así lo hice y di a cada uno unas 40 rupias para que pasasen los dos días en Delhi hasta mi vuelta, pasados los cuales alguno de los padres de la Misión me acercaría de nuevo a Delhi,  en el Jeep que conducía Pepe, un indio que pertenecía a la Casta Vaghri y que les hacía las veces de chófer.

Salimos a las 6 a.m., y tardamos unas tres horas en recorrer el caminito hasta el pueblo en el que se situaba la Misión. Los parajes eran espectaculares y la gente bastante más hospitalaria, según decían Dani y Azucena, que en las grandes ciudades. Tuve ocasión de comprobarlo.

www.photopin.com

www.photopin.com

Las monjas nos ofrecieron el desayuno. A mí las infusiones no me van demasiado, así que elegí un café con leche que acompañé de galletas. Había seis monjas, cuatro de ellas eran indias y las otras dos españolas. Una de ellas era sorda y era muy gracioso tratar de mantener una conversación con ella porque casi nunca entendía lo que le decías y contestaba lo que le apetecía.

Cuando estábamos terminando de desayunar apareció en la habitación Pilar.

– Buenos días -dijo sonriente-

Tenía el pelo todavía mojado y le chorreaban las gotas de su media melena negra sobre los hombros de una camiseta color crema, con unos dibujitos sobre el pecho bastante graciosos.

– Buenos días.

Nos presentaron, y enseguida Azucena tomó la iniciativa.

– Ella es Pilar. Es enfermera y ha venido a trabajar como voluntaria en uno de los dispensarios que la Orden en su Misión de Dhandhuka- explicó de manera clara.

-Ya sabes Fonsi, malaria, fiebres, tiña, lepra…y todas estas cosas tan agradables que se ven por estos lares -comentó guiñando un ojo cómplice Dani con una media sonrisa en la cara que en el fondo no hacía más que tratar, a duras penas, de disimular una clara tristeza por la realidad del comentario.

-¡Oye! – le espetó de forma falsamente ofendida Pilar.

He de reconocer que por un momento sentí una honda decepción en mi interior, pues aunque sus ropas no transmitían esa idea, yo me autoconvencí de que aquella mujer vestía los hábitos. Y no es que mi mente esté enferma, pero reconozco que me privan las mujeres hermosas y aunque Pilar no destacaba por una exuberancia desbordante digna de una portada en Playboy, el sueño de todo fotógrafo, era una mujer verdaderamente atractiva.

No era muy alta, sino más bien todo lo contrario, unos expresivos ojos negros provocaban que su interlocutor mostrase mucha atención siempre que hablaba. Cintura estrecha y caderas no muy anchas, pero si lo suficiente como para no poder disimular sus curvas bajo un pantalón blanco de tejido vaporoso y fresco.

En este primer encuentro descubrí que cuando se la mira a los ojos fijamente, baja la mirada y se sonroja con un punto de timidez que me resultó sumamente cautivador.

Después de cruzar unas palabras le pregunté a Dani.

– Dani, ¿esta chica es monja, no? -con un toque de incredulidad en la entonación que hiciese desaparecer el verdadero interés que se ocultaba en la pregunta.

– No, hombre, no- respondió Dani- Es enfermera. Pertenece a una ONG en España de ayuda a los más desfavorecidos y cuando acabó la carrera de enfermería tuvo unos problemas sentimentales que la empujaron definitivamente a cursar una solicitud de voluntariado en las misiones en cualquier parte del mundo que no fuese Europa, y…acabó aquí-explicó levantando los brazos de forma intermitente.

Pasamos el resto del día en el río Bador, con alguno de los niños del colegio que dirigían las monjas. Hice muchas fotos y hablé bastante con Pilar. Verdaderamente he de decir que congeniamos de maravilla.

Después de comer, Pilar se acercó a mí y me dijo que quería enseñarme un lugar estupendo que reflejaba la verdadera belleza de esta tierra, un lugar digno de la portada de la revista para la cual trabajaba. Me levanté y la seguí. Allí quedaron Azucena, Dani, Sor María y Sor Marta, Kamil y Khamdhar y el padre Iñaki y el padre Angel , que amablemente nos habían acompañado en la excursión.

Sólo anduvimos unos diez minutos remontando el curso del río, el cual cruzamos por un puente de madera y cuerdas al más puro estilo Indiana Jones, y que me recordaban otro viaje por las montañas de los Andes, en Perú aquella vez.

Tras un pequeño cerro que subimos, se veía una vasta región de tierra bañada por el sol que la pintaba de diferentes colores, marrones, verdes un poco más oscuro y más claro, ocres, el cielo azul al fondo, rascándole la barriga unas montañitas que parecían dunas de un desierto. Y en su mitad, equidistante unos de otros, pequeñas edificaciones agrupadas a modo de pueblos de color blanco, que me hacían pensar en los veranos de España en mi adorada Costa del Sol.

www.photopin.com

www.photopin.com

Y a la espalda, el Bador, donde tan pronto veras personas bañándose, como bueyes o vacas o incluso ¡elefantes!…era maravilloso, verdaderamente grandioso, digno del mejor de los cuentos, tenía que decirlo.

Otra vez volví a sentir como una enorme sensación de paz inundaba mi cuerpo. Miré fijamente a Pilar, y sus mejillas volvieron a sonrojarse. De nuevo bajó la mirada un instante al suelo, y acto seguido la dirigió al horizonte.

– ¿No es fantástico? ¿verdad que merece una portada? -preguntó sin apartar la vista perdida en la imagen que estábamos contemplando y con las manos apoyadas en las caderas.

-Si, si que lo merece-respondí sin dejar de mirarla.

Cruzamos de regreso el puente, y antes de llegar nos sentamos al pié de un árbol a fumar un pitillo. Saqué del bolsillo de mi camisa un paquete duro de Fortuna y le ofrecí un cigarro a Pilar. Continuamos conociéndonos un poco más, hablamos de nuestros gustos, de lo que esperábamos de nuestros trabajos, de lo que esperábamos de nuestras vidas, pero nada de nuestro pasado. Eso ya estaba en otro plano para ambos.

Pilar alargó na mano y cogió una flor blanca que crecía cerca del árbol, la olió cerrando los ojos. Se la veía completamente relajada. Volvió a perder la mirada en el vacío mientras en su mano derecha, con dos dedos, hacía girar la flor que de vez en cuando llevaba a su nariz. En una de esas veces, cogí mi cámara y fotografié a esa mujer llena de misterio y sosiego a la vez. Hablabamos…hablabamos si, pero en el fondo cuanto más hablábamos más misterio veía en sus ojos, y en su rostro, pero también mas paz. Era curioso.

Me miró y sonrió. Yo sonreí, empujado por la fuerza de su sonrisa. Después de unos segunda de mirarnos como nunca hasta ese momento en el breve tiempo que nos conocíamos habíamos hecho antes, regresamos con los otros, que estaban esperándonos ya para marchar de regreso a la Misión a cenar.

El pegajoso calor había pasado a un segundo plano. Al llegar y vernos, las sonrisas se contagiaron por las caras de toda ellos, Y Dani y Azucena nos obsequiaron con un prolongado

– Uhhhhh!

Con cierto aire de güasa picarona que provocó en mí una leve risa nerviosa al sentirme de alguna forma descubierto en mis más íntimos pareceres, cuando en el fondo tampoco estaba escondiendo nada, ni tenía por qué hacerlo, e hicieron subir al tiempo los colores a las mejillas de Pilar, despachandose con un burlón:

-¡Qué simpáticos ellos, oye, míralos!

Después de la cena, que consistió en una ensalada con pepinos, tomates y otras cosas que no pude identificar debidamente, arroz de diferentes formas, maíz, y de postre algo parecido al bizcocho que habían preparado las monjas, tuvimos una tertulia muy animada en el porche, acompañada por el omnipresente té. Se nota que la India fue colonia inglesa, o debo decir más bien a la inversa en esta cuestión? Bueno, es igual.

Yo, como ya he referido, no tengo una predilección por las infusiones, así que decliné el ofrecimiento de manera educada, y al mismo tiempo acepté una copa de un licor que hacen los frailes con unas hierbas de aquí. El padre Iñaki me explicó el proceso, pero he de decir aunque sea tirar piedras a mi tejado, que no guardé la atención necesaria para recordarlo.

Estaba fuerte, era algo parecido al orujo gallego, como un aguardiente. Cuando acepté el ofrecimiento pensé que se trataría de algo suave.

-No, es un licorcito para la digestión- me dijeron los padres Iñaki y Ángel.

¡Joder con la digestión! si casi me quedo sin nada en el estomago que poder digerir, es más casi me quedo sin aquello con lo que poder digerir.

Después de un par de horas marchamos a nuestras habitaciones. Las mujeres en un edificio, con las monjas. Los hombres en otra casa anexa a la pequeña capillita de la Misión. Aunque Dani y Azucena eran matrimonio, no dormían juntos. La superiora, una monja india con sari, que tenía un aspecto espectral y toda la pinta de ser la prima hermana de Matusalem, no veía con buenos ojos tal comportamiento en un lugar que, al fin y a la postre, no dejaba de ser religioso, y en el que había que guardar unas formas aun y a pesar de haber formalizado la relación con la aprobación de “Dios, nuestro señor”.

Era imposible dormir en aquel lugar. La sabanas estaban empapadas de mi sudor, y sólo daba vueltas a uno y otro lado de la cama sin poder conciliar el sueño. Decidí salir a fumar un cigarro al porche. Sólo se oían los grillos. Estaba pensando en la maravillosa tarde que había pasado y la poca gana que tenía de abandonar aquel lugar para viajar con Pierre en esos trenes atestados de gente para conseguir cuatro fotos, que seguramente ya tenía conseguidas aquí, cuando ví atravesar el patio a una figura con el torso desnudo corriendo hacía una de las casas que conformaban la Misión, la de las maestras de la escuela.

Me levanté y la figura notó mi presencia, provocando que se parase en seco. Traté de aguzar la vista, porque la oscuridad no me permitía ver bien quién era el individuo. Se acercó un poco más a mi posición y se llevó el dedo indice de su mano izquierda a los labios señalándome silencio. Se trataba de Khamil, uno de los hijos del guarda. Con la otra mano me hizo gestos evidentes para que lo siguiera. Yo obedecí, no tenía otra cosa mejor que hacer en ese momento.

Cruzamos el patio sin hablar y nos llegamos a una ventana. Volvió a señalarme silencio, y después dibujó una amplia sonrisa, indicando con su cabeza el interior pobremente iluminado con una vela.

Como dos fisgones y vulgares rateros, nos apostamos para ver lo que allí dentro se escondía. En el interior estaba Khamdhar, su hermano, besando de manera apasionada a una bella chica que no debía sobrepasar los 18 años. Posteriormente me enteraría que era una de las profesoras del colegio que les enseñaba inglés a los niños.

Khamdhar tenía, al igual que Khamil y yo mismo el torso desnudo, y allí se abalanzó la chica con avidez. Noté una ligera e incontrolada erección. Khamdhar la estrechó fuertemente entre sus brazos y poco después con delicadeza deslizó el fino camisón que la cubría hasta dejar al descubierto un precioso cuerpo desnudo de mujer, que provocó esta vez que la erección fuera mayor, y los golpes inquietos del brazo de Khamil en mi hombro.

Ella era considerablemente más baja que Khamdhar, pero eso no parecía importar en ese momento. Sus pechos eran generosos, y las aureolas de sus pezones elegantes como lo son siempre en el pecho de una dulce niña que permanece intacta en su virtud. Su sexo contaba con una abundante espesura negra, que en esos momentos cubría la mano izquierda de Khamdhar con sabios e intensos movimientos. La boca de Khamdhar se posó traviesa en ambos pechos sin mover su mano izquierda del privilegiado lugar que ostentaba. La chica no pudo reprimir después de los movimientos de su amante en su ser más excitado, un leve gemido que ahogo Khamdhar al instante lanzandose a por su boca en un largo beso, como si ya supiese lo que iba a pasar en ese momento.

Khamil insistió en sus golpecitos nerviosos con el brazo y una risita contagiosa e infantil y complice que reprimía con su mano derecha.

Khamdhar sentó delicadamente a la mujer sobre la cama mientras él permanecía de pié. La chica se deshizo del pantalón del joven de forma apresurada, ávida, con prestancia, con deseo al fin y al cabo, deseaba obtener rápidamente lo que allí se escondía, sin ningún genero de duda. Él nos daba la espalda en ese momento, pero pude observar como sus manos se posaban en la cabeza de la joven que se movía de forma rítmica acercandose y alejandose, acercandose y alejandose del sexo de Khamdhar. Mi imaginación hizo el resto completando la evidencia y no pude reprimir el impulso de mi mano apretando con fuerza mi miembro. Acto este que fue observado al instante por Khamil que me señaló con un dedo acusador, y luego me mostró el bulto de su entrepierna acompañándolo de nuevo de una sorda sonrisa.

Khamdhar recostó a su conquista sobre la cama con un ágil movimiento. Esta se mostró conquistada agradeciendo la visita con el elegante movimiento de las piernas que le ofrecían su flor abierta por completo y colmada de pétalos. El joven la cubrió por entero y a la vez sopló la vela dejando en penumbra la estancia. Le siguió un suspiro agradecido de mujer y un bufido masculino.

La consecuencia fue la cara de disgusto de Khamil y el regreso por el camino del patio de dos voayeaurs, con una erección supina entre las piernas y una envidia más que considerable en el estomago.

Me despedí de Khamil y encendí otro pitillo antes de acostarme. Dirigí mi mirada a la ventana de Pilar y sentí unas irrefrenables ganas de besarla. Encaminé dos pasos a la casa. Me paré. Desandé lo andado. Dos caladas más al cigarro, mil pensamientos rondando mi cabeza, ¡qué indecisión ¿que me estaba pasando?, y sobre todo…¡este calor! Apagué el cigarro en el suelo de tierra y me armé de valor alcanzando la ventana de la habitación de Pilar.

De repente el miedo se apoderó de mí, pensando que en cualquier momento podría aparecer la madre superiora con su sarmentosa mano acusando y señalándome el camino de vuelta a mi habitación.

– Pilar, Pilar -susurré tratando de llamar la atención de la mujer desde fuera. No encontré respuesta. Volví a intentarlo un par de veces más, pero fueron infructuosos los intentos.

Cerre los ojos, aspiré el aire cálido profundamente y me armé de valor para entrar en la habitación. Volví a susurrar su nombre, pero no encontré respuesta de nuevo. Me acerqué jacta la cama que tenía la mosquitero bajada, y mi sorpresa fue encontrarme que estaba vacía.

Recorrí la habitación con la mirada y no encontré nada. De repente se abrió la puerta del baño y apareció ella, completamente desnuda y mojada.

 

CONTINUARÁ…

J.C. Sanchez

¿Te gustó? ¡Compártelo!

FacebookTwitterGoogleTumblrLinkedInPinterest

Posts Relaciondos

JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
3 Comentarios
  • A menudo me recuerdas a alguien. Parte 2 | EscriViviendo
    Publicado a las 09:28h, 04 Abril Responder

    […] menudo me recuerdas a alguien. Parte 2 “A menudo me recuerdas a alguien…” Rapidez en la mente, dibujos de confusión en la cama ¿sueñas? Brújula para amantes […]

  • cornelio antonio salazar
    Publicado a las 19:03h, 20 Abril Responder

    Muy buenos relatos llenos de escritos y palabras que nos dejan una excitación y emoción muy común en los seres humanos que nos llenan de avidez y buenas acciones muy sentidas del sexo opuesto. Con mucho gusto te leo tus escritos que me sugirió una bella chica que solo se su nombre (Carla), debe sentir algo muy similar creo yo.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 07:49h, 21 Abril Responder

      Muchas gracias por tus palabras amigo Cornelio. Y por supuesto gracias también a Carla cuya recomendación te trajo hasta aquí.
      Procurare seguir trabajando en la misma línea para llevar hasta vuestras emociones esos despertares de los que hablamos.
      A fin de cuentas, todos somos puro sentimiento y emoción en mayor o menor medida.

Publicar un comentario

¿QUIERES SOÑAR ENTRE HISTORIAS?
Suscríbete a mi blog y cada día viviras un mundo de emociones excitantes diseñadas para ti.
Su datos nunca seran compartidos con terceras partes.

Diez detalles más que os ayudarán a conocerme mejor:

[vc_row row_type="row" use_row_as_full_screen_section="no" type="full_width" angled_section="no" text_align="left" background_image_as_pattern="without_pattern" css_animation=""][vc_column]

Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]