¿A QUÉ HUELE EL MIEDO? LA CASA DE LA VENTANA DE ATRÁS.

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Llevaba escuchándole soltar bravatas por esa bocaza delante de las chicas toda la noche.

Cansado ya de tanto alarde absurdo, y de tanta impostura con fines nada claros decidí hablar yo por primera vez para lanzarle el reto.

 

  • Si es verdad eso que dices, vamos ahora mismo a la casa del Loco. Conozco un acceso por donde podemos entrar y coger lo primero que pillemos. Salimos por donde hemos entrado por pies, y maricón el último. En caso de que tengamos que separarnos, nos vemos aquí en una hora. Las chicas nos estarán esperando y serán testigos de lo que traigamos cada uno. ¡A ver, cuánto de hábil y valiente eres! –dije sin ningún tipo de rodeo.
  • Para ser tan canijo, tienes la boca muy grande ¿no? –dijo mientras se encendía un cigarrillo- ¡No tienes huevos! –espetó de repente mientras lanzaba por su boca el humo de la primera calada.
  • ¿Qué no tengo huevos? –dije levantándome como una exhalación y poniendo la cara a la altura de su barbilla, haciendo patente la diferencia de edad- Después de ti –dije sin dudar señalando el camino.

 

La noche era cerrada y sin luna, oscura como la boca de un lobo. Atravesamos el parque sin mirarnos a la cara, sin mediar una palabra, con las manos en los bolsillos. Enfrascados en nuestros pensamientos, contemplando el vaho que desprendíamos a la noche, sin darle demasiada importancia al palo que íbamos a dar en casa del Loco, ni de lo que podríamos afanar de esa casa oscura, y tétrica.

 

Delante de la puerta, escudriñamos bien que no hubiera ninguna luz encendida en el interior de la casa, del mismo modo que analizamos que nadie en el exterior ni en las casas adyacentes pudiera pillarnos con las manos en la masa.

Baje la visera de mi gorra, y puse por encima la capucha de la chaqueta.

 

  • Ponte la capucha, profesional –dije mirando hacia atrás con un gesto despectivo a el Chino- Si no quieres que te reconozcan si algo sale mal, claro.
  • ¿Por dónde entramos? Dijiste que conocías un lugar seguro ¿no? –dijo mientras tapaba su cabeza con la capucha de su cazadora roja y gris.
  • Vamos por ese lateral. Hay un cubo que nos permitirá acceder a la ventana del pasillo. Siempre la deja abierta. No me preguntes por qué, no tengo ni idea. Simplemente la subimos y nos colamos. De frente están las escaleras, que llevan a las habitaciones y en la parte de abajo está el despacho y el salón. En la parte de atrás la cocina. Pasa de la parte de arriba, yo voy al despacho y tu al salón. Lo primero que pilles y salimos por el mismo sitio. No te enredes ¿de acuerdo? No se con qué nos podemos encontrar ahí dentro.
  • ¿Y tu, por que conoces tan bien la casa? –me preguntó mientras movíamos el cubo para acceder a la ventana.
  • ¿Y a ti que coño te importa? ¿Te pregunto yo por qué cojones te inventas las historias esas de mierda que te inventas? –contesté sin mirarle.

 

Me subí al cubo y llegué hasta la ventana tratando de subirla. Estaba cerrada.

 

  • Mierda, está cerrada –dije sin volverme.
  • ¿Qué dices? –preguntó con voz temblona el Chino
  • ¿Estás sordo, tío? Que está cerrada joder. Ya te lo he dicho –le espeté casi en susurros mientras me bajaba del cubo buscando por el suelo con la mirada.
  • Mal augurio Canijo, si no podemos entrar por ahí vámonos tío, ya tendremos otro momento.
  • Ya decía yo que eras un acojonado. Mucha boca y pocos huevos. –contesté mientras comprobaba el peso de una piedra sobre mi mano derecha al tiempo que le miraba con una sonrisa burlona y la tiraba contra la ventana.
  • ¿Qué haces, estás loco? –dijo el Chino llevándose las manos a la cabeza.
  • Vamos cagón, tira para dentro –contesté al tiempo que levantaba la ventana y me colaba en el interior de la casa procurando no cortarme con los cristales.

 

El dueño de la casa, el Loco, se encontraba leyendo en su despacho como cada noche solía hacer. Al amparo de una estridente oscuridad, que en multitud de ocasiones le lastimaba profundamente los ojos, haciendo que un gesto de disgusto acudiera a su cara marcada por el paso del tiempo con unas profundas arrugas.

Se percató de que, el chico, había mordido su anzuelo en el mismo instante que escuchó como desde el exterior trataban de forzar la ventana del pasillo.

¿Cuántas noches llevaba dejando abierta aquella ventana para forzar la curiosidad de aquel impulsivo pilluelo?

Al fin su treta iba a dar resultado.

Con sumo cuidado movió el sillón de orejas grandes de forma pesada por el suelo de madera y lo dispuso hasta el rincón más apartado del pasillo. Se sentaría de frente al pasillo para verle llegar. No creía que fuera a encender la luz, contaba con que era un chico inteligente, y eso podría delatar su posición en algún momento. Todo el mundo en el barrio sabía que los jueves a esa hora, nunca estaba en casa. Sería extraño ver la casa del Loco encendida.

Para cerciorarse de que todo iba como él quería bajó el interruptor de la general. Ahora sí que tendrían que ir por completo a oscuras.

Pasó al salón arrastrando los pies con sus zapatillas de cuadros, perseguidas por el cinturón de su bata roja de felpa. Cogió la escopeta de caza que tenía guardada en el armario. Seguidamente pasó a la cocina y en la despensa buscó de manera cuidadosa hasta que dio con lo que buscaba. Una cadena gruesa y dos pares de grilletes que giró entre sus dedos con una sonrisa malvada.

 

Volvió sobre sus pasos y se dispuso a esperar sentado en el lugar que había elegido mientras el ruido de una ventana estallando delataba que el momento había llegado.

 

Con el corazón en la garganta, y un cierto orgullo por haber conseguido hacer lo que me proponía, ayudé a el Chino a pasar por la ventana sin que tirase ningún cristal más.

 

  • Lo dicho, tira para el salón, yo voy al despacho. Coge lo primero que pilles y sal corriendo, te lo repito. No quiero pensar lo que este zumbado puede hacer con nosotros si nos pilla mangando en su casa ¿estamos? –dije entre susurros mientras bajábamos los primeros escalones.
  • De acuerdo. Enciende la luz ¿no? No veo un pijo, nos vamos a dar una hostia de impresión con las escaleras como no encendamos algo.
  • Pero tío, ¿tu eres imbécil, verdad? No has dado un palo en tu vida ¿me equivoco? ¿qué quieres que se entere todo el mundo que estamos aquí o qué? Si quieres tener luz, enciendes el mechero, que para eso lo tienes. –le dije llegando a la parte de abajo del pasillo.

 

En ese momento y mientras trataba de moverme con agilidad en el interior de aquella casa oscura y antigua, sentí moverse algo frente a mí. Una voz ronca espetó de forma calmada.

 

  • Deberías hacerle caso a tu amigo. Sabe lo que habla ¿verdad?

 

En ese momento creí que el pecho me iba a estallar. Puta vida la mía, resulta que me decido, y el colgado del Loco, está en la casa.

Girándome por instinto, tratando de escapar por dónde habíamos venido le grité al Chino.

 

  • ¡Corre, nos ha calzado macho!
  • ¿Qué dices? –contestó con el miedo en la boca, al tiempo que trataba de girarse tropezando con el escalón que tenía detrás de si y llevándonos a los dos al suelo.

 

Sin darme tiempo a incorporarme, noté en los ojos como la luz se encendía. Me giré poniendo la mano en la chaqueta de mi amigo para intentar que se incorporara y salir corriendo, pero el pánico se había instalado en su gesto y en su cuerpo.

Con la boca abierta miraba de frente. En la mitad del pasillo, el Loco, con una bata mugrosa de color rojo, y un calzón largo lleno de manchas nos apuntaba con una vieja escopeta de caza, al tiempo que daba pequeñas pataditas a unas cadenas que tenía en el suelo acercándolas hasta nuestra posición, con los ojos muy abiertos, el pelo desaliñado y el gesto ido por completo.

En ese momento, supe que mi fin estaba próximo.

 

  • Poneros las esposas –dijo riendo.
  • Señor, todo esto es una chiquillada -contestó el Chino– por favor, no llame a la policía. Podemos arreglarlo, sólo es una tontería. Nosotros le pagaremos la ventana.
  • ¿La ventana? La ventana es el menor de tus problemas hijo. –contestó el Loco desde su atril avejentado y sin afeitar- ¿Quién ha dicho que voy a llamar a la policía? –dijo mientras cerraba una gruesa cadena alrededor de nuestras cinturas y ponía el cañón de la escopeta en mi espalda diciendo- Para arriba, detrás de vosotros ladronzuelos de poca monta.

 

Al llegar al piso superior, con el suelo de madera crujiendo bajo nuestros pies y desoyendo por completo nuestras suplicas quitó la cadena y ordenó que nos metiéramos cada uno en una habitación sin dejar de apuntarnos. Encendió las luces de ambas. Las paredes estaban completamente salpicadas de manchas en cuyo origen no quería ni pensar. En ese momento, con la luz del pasillo titilando, apuntando que podía apagarse en cualquier momento, obedecí el impulso de salir corriendo con las manos atadas a la espalda, ya vería como me deshacía de las esposas. Podía aprovechar la inercia y vencer la resistencia del viejo tirándole por las escaleras que acabábamos de subir. Seguro que no era capaz de reaccionar. En el momento que pensaba esto, e iniciaba el primer paso para ejecutarlo sentí el cañón de la escopeta en el pecho.

 

  • Dame otra alegría mozalbete. Muévete y te meto un cartucho en el pecho. Me fastidias la diversión, por acabar tan pronto, pero me queda tu amigo, seguro que lo puedo superar. –dijo esbozando una sonrisa de payaso loco.

 

No se cuanto tiempo llevamos aquí dentro. El Canijo, no me responde, ni el Loco tampoco.

El cuarto huele a rancio, como a podrido, y el frío se deja sentir hasta en los huesos. Me tiene encerrado en este cuarto desde hace horas, seguro. Tengo hambre, estoy cansado y me lo he hecho todo encima, por el miedo.

Maldita la hora que se me ocurrió decirle que sí al colgado del Canijo. Yo sólo quería enrollarme con Jessi, nada más.

Oigo pasos. Seguro que el viejo se ha cansado ya de esta broma pesada. El hueco de la ventana está cerrada a cal y canto, no consigo ver nada, no se si ha amanecido ya o no. Seguro que cuando mis padres se enteren intentarán localizarme para ver por qué no he vuelto a casa.

Las chicas, se habrán puesto nerviosas, les dirán dónde hemos venido y nos sacarán de aquí.

 

  • ¡Señor, señor!. ¡Sáquenos de aquí, le prometo que no volverá a suceder!. –he gritado buscando su perdón.
  • ¡Cállate saco de mierda! Ten agallas por lo menos, ya que has decidido entrar a por lo ajeno, asume las consecuencias ahora.

 

Los pasos han vuelto a alejarse. Siento como abre la puerta de la habitación de al lado, y se oye una conversación.

Seguro que nos va a liberar. Nos dará una reprimenda y nos dejará marchar. Desde luego esto no lo voy a olvidar en mi vida.

De repente, oigo golpes y gritos.

 

  • ¡No, no, por favor! –consigo escuchar la voz del Canijo pidiendo perdón.
  • Haberlo pensado antes, ahora os toca pagar –contesta el Loco.

 

Tras un forcejeo se oye un disparo seco. Tiemblo. Comienzo a llorar por la tensión y noto un fuerte pinchazo en el pecho. Todo se oscurece delante de mí. Me falta el aliento, casi no puedo respirar. Creo que me está dando un ataque al corazón.

Me dejo caer contra la pared al suelo, apoyando la cabeza en el radiador de hierro pintado de blanco.

 

El Chino sintió su cuerpo morir ante lo que pensaba que había sucedido en la habitación contigua. El disparo retumbó en el interior de su cabeza de la misma manera que imaginaba habría entrado en el cuerpo de su amigo haciéndole saltar en pedazos desparramado contra las paredes de aquella habitación semejante a la que se encontraba él en aquellos momentos.

Sabía que en breves instantes, él correría una suerte pareja en manos de aquel asesino loco de pelo alborotado y mirada perdida.

Reflexionó sobre su corta vida, sobre lo poco que había vivido de la misma. Sobre la excesiva importancia que le había dado a lo que no es importante, y lo de puntillas que había pasado por lo verdaderamente relevante.

Pensó en lo incierto de su persona, en su familia, en los consejos de su padre, y las reprimendas de su madre cada vez que llegaba tarde, llorando al descubrir otro paquete de tabaco escondido por su habitación llena de posters de deportistas y cantantes de moda.

Pensó en por qué tenía que mostrarse delante de los demás de una manera que no era. En por qué no podía simplemente pasar de cualquier reto que le proponían, en por qué se empeña la gente en agradar a los demás sin agradarse primero a uno mismo.

Pensó, que ya era tarde para pensar.

En ese momento, se abrió la puerta de la habitación. La figura de el Canijo penetró en el interior de la misma acercándose hasta el lugar en el que se encontraba tirado en el suelo, el cuerpo de el Chino y con cara de fastidio se giró a su espalda.

 

  • Joder tio Zacarias, te dije que nos estábamos pasando. Otro que ha palmado –dijo mientras ponía dos dedos de la mano derecha en la carótida de su amigo buscando indicios de pulso- ¿Y ahora que hacemos?
  • Pues lo mismo que con el resto, ¿qué vamos a hacer? –repuso el viejo llevando sus manos a los bolsillos de la bata, sacando una vieja pipa de fumar.
  • Vaya mierda, a deshacernos de otro cuerpo. Estoy cansado de trocear amigos tio, te lo digo de verdad. Si seguimos a este paso voy a tener que buscar amigos no se dónde. ¿Sabes lo difícil que es conocer gente nueva en la calle ahora?
  • Yo no tengo la culpa de que tus amigos no sepan aguantar una broma. Son unos flojos, muchos videojuegos y pelis de miedo, pero a la hora de la verdad os cagais encima. ¡Mira como huele éste!. Además no te quejes, ¿y yo que? A comprar otra ventana nueva, eso si que es un problema. ¿Cómo explico yo al seguro que es la decima vez que me rompen la misma ventana?
J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Magdalia
    Publicado a las 20:21h, 30 Abril Responder

    ¿A bravuconería? ¿A estupidez? ¿A juego sucio? ¿A cagarse en los pantalones?
    Sí es que en la realidad, por la boca muere el pez.
    Interesante recorrido.
    Besos.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 17:31h, 01 Mayo Responder

      Bueno, en realidad a todo eso, y a muchas cosas más. Al final lo que se pretende en el texto es bucear…bucear en el interior del alma humana, de sus miedos, de sus miserias, y sobre todo de las cosas que damos por buenas sin que realmente lo sean tanto.
      Gracias por comentar…
      Bs

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]