AQUELLOS REYES MAGOS

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Miraba en este momento con una amplia sonrisa en la cara, sentado en su butacón de piel negro, como los pequeños de la casa, que acababan de llegar apenas quince minutos antes, lo alborotaban todo con su algarabía lógica y sus nervios.

No atendían a nada ni a nadie. Deseando lanzarse sobre los paquetes, que cuidadosamente había estado ordenando a los pies del Nacimiento. Papeles de muchos colores, y tipos.

 

Sus hijos, se afanaban con aparente angustia por controlar los impulsos ansiosos de los pequeños, que pugnaban por zafarse de los brazos de los adultos para descubrir lo que los Reyes Magos habían dejado en casa de sus abuelos para ellos.

Él, divertido, abrazado a la cintura de su esposa, sentada en el brazo del butacón, les jaleaba divertido entre las miradas de reproche de sus hijos.

 

Ana, la más pequeña, que aun no había cumplido un año, sentada en la alfombra del salón, miraba con aire distraído y confuso a todos los mayores entre el griterío y jolgorio que se acababa de montar, con esos ojos grandes y negros.

De repente, comenzó a gatear en dirección a los paquetes de papeles brillantes ante la pasividad de los demás, que trataban de imponer el orden con el resto.

 

La abuela la detuvo en su ímpetu, justo de antes de legar a su objetivo, cuando agarrada al mantel blanco donde el Nacimiento se disponía, trataba de incorporarse tirando abajo el resto de las figuras del Belén.

La cogió en brazos y la besó fuertemente, al tiempo que limpiaba los mocos que la impedían respirar bien.

 

El sonrió de nuevo.

 

No tuvo por menos que recordar los días de reyes, cuando sus hijos eran los que se despertaban a horas tempraneras, lanzando los paquetes encima de la cama de matrimonio, entre gritos excitados y nervios ante lo que estaban a punto de resolver ¿ me habrán dejado lo que he pedido?

 

Ahora, eran ellos los que habían dejado paso a otra cara, la cara del hastío por el estrés de las fechas, por tener que correr en busca del regalo perfecto, de todos los deseos que habían plasmado en la carta sus pequeños hijos, por no defraudar los infantiles corazoncitos poco acostumbrados a recibir un NO, poco dados a tolerar la frustración por no conseguir aquello que quieren en el menor lapso de tiempo posible.

 

No pudo evitar dejar de sonreír un momento, y reflexionar ante esa imagen. ¿Quizá ese no era el espíritu?

 

Si, era cierto, ahora que los pequeños recibían sus paquetes con ilusión, y arrancaban los papeles con furia, amontonando en una pila sin mirar el contenido de los mismos todo aquello que iban recibiendo, las caras de sus hijos se dulcificaban, y los ojos volvían a tener casi ese brillo que le recordaba a cuando ellos eran niños con sus paquetes, pero no con la misma intensidad.

 

Echó la vista atrás, aún más atrás.

A los momentos en los que junto a su hermano, ellos eran los niños. Los momentos en los que estaban en el campo. Los momentos en los que los Reyes Magos eran simplemente su imaginación, y algunas imágenes de las tarjetas de felicitación que fugaces habían visto alguna vez. Los momentos en los que por el pueblo, no pasaba ninguna Cabalgata lujosa de Reyes recorriendo las calles empedradas. Los momentos en los que aún, algunos adultos del pueblo se disfrazaban en la Iglesia para representar el Nacimiento, la Natividad, y ambos imaginaban la escena y conocían el por qué de los Reyes Magos, según su tradición.

 

Recordó como se levantaban, a la hora de todos los días, temprano, pero esta vez no para ir a trabajar al campo con su padre y las cabras, o a recoger huevos con su madre, o arreglar el pequeño huerto, sino a recoger sus regalos. Aquellos regalos de padres abnegados y esforzados tras la pobreza, tras la supervivencia, que sí recurrían al esfuerzo de lo poco, tratando de generar una ilusión en lo mucho.

Aquellos presentes, que consistían en un par de naranjas, del naranjo de Tía Marta, ácidas como pocas, y de las que al descuidarse su hermano daba cuenta, y cien pesetas divididas en cuatro monedas de veinticinco pesetas. Dos para su hermano, y dos para él.

 

Ambos sonreían, felices, y se contaban con sus presentes en la mano, sentados en el segundo escalón de la escalera de entrada lo que harían con sus monedas, cuando su madre, se acercaba amorosa por detrás y acariciando sus cabellos, tendía una mano al tiempo que solicitaba sus monedas con la frase “Yo las guardo, no vaya a ser que se os pierdan” , y ya no volvían a verlas más.

 

Ahora, con el paso del tiempo, mirando a su hermano apoyado en el quicio de la puerta de su salón, ambos se decían en la distancia, sin abrir la boca:

 

Hermano, era el único dinero que había en casa. No había más.

 

Y la algarabía seguía de fondo, ajena a sus pensamientos.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 16:43h, 07 enero Responder

    La vida sencilla les permitía disfrutar de aquellos regalos, también sencillos, y reflejo del amor de sus padres.
    Abrazo Jose 🙂

    • Jose Carlos
      Publicado a las 06:42h, 08 enero Responder

      Muchas gracias por tu comentario Ale. Desde luego, no se si la vida sencilla, y muy dura por cierto, lo que si es claro, es que la carestía, la falta de casi todo, también empujaba de alguna manera a valorar sobre manera los esfuerzos enormes por contentar la felicidad de los que más cerca tenian. Me parece un acto de amor enorme, sobre todo en este país donde como narra el relato, la edad de ese personaje principal, parece indicarnos que son hijos de la postguerra civil en este país que machacó tantas familias. Encontrar eso, después de tanto miedo, tanto horror, tanta violencia…aun nos anima a seguir creyendo en el ser humano, por mucho que éste se empeñe en querer convencernos todos los días de lo contrario.
      Un abrazo, querida amiga 😉

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