ARS SCRIBENDI DEMENTIA

Retumbó la melodía del despertador en toda la habitación. Giró sobre su hombro izquierdo y alargó la mano derecha para apagarlo.

Se desperezó mientras sus pies casi de manera aprendida se colocaban en las zapatillas.

 

El batín detrás de la puerta. Bostezó ampliamente. Una breve parada en el baño para asear brevemente la cara y despegar los ojos de las fastidiosas legañas.

De frente ya al ordenador portátil se santiguó.

 

-Esta vez te vas a portar bien conmigo, ¿de acuerdo? –le espetó.

 

Una hora tecleando de manera compulsiva sobre la hoja blanca emborronándola de letras.

Satisfecho al menos por el momento, se levantó en dirección a la cocina. Puso la música suave y alcanzó la taza para servir un café negro. Dos trozos de pan en la tostadora inglesa mientras el café se calentaba. Un minuto exacto. Ni un segundo más ni un segundo menos.

Eligió cuidadosamente las naranjas para exprimirlas de un cesto de mimbre que reposaba bajo la ventana.

 

Una foto de un niño y una mujer colgaban de un azulejo del baño justo enfrente de sus ojos mientras masticaba veinte veces el pedazo de pan antes de ingerirlo definitivamente. Ni una más, ni una menos.

Terminó su desayuno.

Tomó su habitual ducha, quince minutos, debajo del agua a cuarenta y cinco grados. Ni uno más ni uno menos.

 

Champú con aroma a frutos rojos “Sensation” y gel “Nenuco”. Desodorante, y pelo peinado con la raya en el lado derecho.

Fue al armario y cogió uno de sus trajes dejándolo sobre la cama. Camisa blanca. Corbata negra y zapatos negros.

Cogió su maletín y salió a la calle.

Un tren, dos líneas de metro y autobús después estaba frente a la puerta de su destino.

Sonrió levemente. Esperó que terminara de entrar la gente que se agolpaba en la puerta.

 

Abrió el maletín y rebuscó apenas unos breves segundos en su interior.

Dirigió sus pasos hacia la puerta que hacia unos segundos estaba completamente llena de gente y desapareció en su interior bajando sobre su cara el gorro de lana negro que tapaba su cabeza del frio de la mañana.

Dos minutos y cuarenta y tres segundos después salía del interior de la entidad financiera con paso firme y decidido.

Un autobús, dos líneas de metro y un tren después estaba de nuevo sentado en su despacho de frente a la pantalla en blanco con las manos frente al teclado.

Respiró profundo, cerró lo ojos y trató de teclear formando palabras y frases, pero el resultado fue completamente infructuoso.

 

Se levantó de forma brusca con los ojos inyectados en sangre y tirando la silla hacia atrás mientras gritaba a la pantalla:

 

-¿Qué más quieres de mí? Primero fue mi amante. Después mi familia. Después uno a uno mis amigos. Mi trabajo. Ahora un atraco, y todo ¿para qué? Para nada, para no poder terminar ni un solo capítulo. Para no poder contar absolutamente nada.

 

Un silencio lo inundó todo y el hombre se arrodilló en el suelo gimiendo, con las manos agarrando su pelo alborotado.

Levantó la cabeza y miró de nuevo hacia la mesa donde esta vez desde arriba le miraba la iluminada pantalla. Contrariado se levantó lentamente y agarrándose con las manos en la mesa dijo en voz baja.

 

-Esta bien, esta bien. Será como tu digas. Mañana narraremos la muerte de alguien. Pero ahora, ¿puedo seguir?

 

Después de unos segundos, con una amplia sonrisa en la cara, comenzó a teclear con ira y celeridad el teclado del portátil.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]