CARTAS PARA UNA VIDA JUNTOS

El día levantó gris, desapacible, ventoso hasta el extremo, vomitando granizo y odio a manos llenas desde un cielo oscuro que invitaba a no salir de debajo de las mantas, pero ninguno de los dos hizo caso a la desgana.

el-suelo-mojado

imagen de www.pixabay.com

Él saltó al suelo gélido de terrazo, se vistió, se lavó la cara con el agua fría de la palangana y se puso un café caliente y un par de rebanadas de pan duro que habían quedado del día anterior.

Ella, se enfundó las zapatillas, recogió el pelo en una coleta, calentó un poco de agua para asearse, levantó a sus hermanos después de poner la leche a cocer y mientras se vestía, terminó de preparar el desayuno para todos.

Tenían ganas de verse, se echaban de menos, era el aniversario de su primer año juntos. Un año desde que habían decidido caminar la vida de la mano, teniendo la certeza de que jamás se soltarían.

Él se sentó y cogió un lápiz y un pedazo de papel, con esa sonrisa que pinta la cara de quien hace lo que desea, para quien lo desea. Ella peinaba el pelo de su hermana pequeña haciendo una trenza mientras cantaba una canción, con la mirada perdida en los recuerdos del tiempo que pasaba junto a él.

Las últimas líneas no podían terminar sin expresar todo lo que la amaba, lo mucho que su corazón anhelaba los momentos en los que paseaban, o se besaban, ocultos y ajenos también a las miradas del mundo.

Todo empezó con una carta, en un día como este. Todo seguía con cartas, y con días mucho mejores que aquel.

Amaneció feo y frío, pero ambos se pensaban, se sonreían, se extrañaban hasta hacerlo brillante y hermoso.

El día apareció gris, ventoso y desapacible. Él ya había despertado hacía tiempo y desde los pies de la cama la tocaba de manera suave para que abriera los ojos. Ella se estiró, como se estiran los gatos para desentumecer las articulaciones, apretando mucho los ojos e incorporándose un poco sobre el almohadón, con una sonrisa leve de su boca entreabierta.

Él mostraba una bandeja con orgullo, delicadamente decorada, en la que no faltaban el zumo natural y el café recién hecho. Le costó encontrar el dinero para hacerse con un par de bollos calientes con los que acompañar el desayuno. Tampoco le resultó fácil convencer al jardinero para que le cortará una rosa de los jardines, pero finalmente accedió.

Ella recogió su pelo de forma fatigada, resoplando, y se compuso ante las atenciones que le dedicaba. Hablaba con él y se mordía el labio presa de una enorme felicidad.

Puso las manos a ambos lados de la cara sin afeitar, juntó la nariz con la de él, y le besó tiernamente.

Miró a través de la ventana por la que se colaba un ululante viento más propio del crudo invierno que de las fechas en las que estaban. Aprovechó que su marido no miraba e introdujo la mano debajo de la almohada para sacar un pedazo de papel enrollado, atado con una cuerdecita de cáñamo, que le entregó. Él le dio la rosa y se dispuso a leer con emoción mientras ella, se embriagaba del perfume de la flor.

Los ojos de él se humedecieron al llegar al final de la carta. Puso la mano en el vientre de ella y se besaron llorando de felicidad.

Amaneció gris, amaneció desapacible, pero un año más ellos sabían cómo hacer un momento inolvidable de un día desagradable.

La noche anterior sonó a silencio. A voces gastadas y recuerdos quedos. Sonó a cansancio y ojeras malparidas, a tormenta eléctrica que amaga pero no termina.

Sonó a ruido de zapatos y oraciones entre líneas, las de los finos labios, las contadas en las esquinas. Sonó a presagios cumplidos de profetas con tablillas y batas impolutas deambulando su argumento bajo luces amarillas.

Se gastó esa noche, escudada de recuerdos, alborotada de miradas representando las escenas de una película ya vista, y se llegaba ya el día, sería otro día más en el que llovía. Siempre llovía un día como este.

Ambos estaban de la mano, como el primer día. Él enfundado en su traje oscuro, agarrado a su eterna sonrisa. Ella, con su cara de siempre niña, su perfil tranquilo, sus arrugas consentidas. Los dos muy juntos, acostados… seguros de vivir de nuevo su gran día.

Él abrazaba su carta contra el pecho, la última que escribió con mano temblorosa, la que cada año dejaba con cuidado bajo el almohadón de ella, para que al despertar tuviera sus frescos sentimientos bajo el alma, por si acaso hubiera alguna duda que despejar pudiera.

Ella, más prudente, la tenía en su bolsillo, escrita con la tinta del tintero con la que escribió la primera, aquella en la que firmó un “para siempre” a modo de promesa. Al final del último párrafo la sorprendió la fatiga. Entonces no llovía aunque si cuajaban nubes. Él sintió el pálpito de quien sabe que algo no va bien y fue a su encuentro tardío. Se sentó a su lado, comprobó el latido, y dejó que se apagase el suyo lentamente, abrazado a su amor eterno, a su amor primero, a su amor de carta de primavera y lluvia que se iba sin esperarle.

El día levanto gris, lluvioso, pero no triste. Sus hijos y sus nietos, abrieron la comitiva con grandes sonrisas, la última demanda de las cartas que con mimo, guardaban cada uno en sus chaquetas.

La lluvia solo moja nuestros cuerpos, no es señal de tristeza sino de vida. Clic para tuitear. De ti depende la actitud con que la afrontas, el cariño y la pasión con que la vivas.

cartas-de-amor

imagen de pixabay.com

J.C. Sanchez

¿Te gustó? ¡Compártelo!

FacebookTwitterGoogleTumblrLinkedInPinterest

Posts Relaciondos

JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
Sin comentarios

Publicar un comentario

¿QUIERES SOÑAR ENTRE HISTORIAS?
Suscríbete a mi blog y cada día viviras un mundo de emociones excitantes diseñadas para ti.
Su datos nunca seran compartidos con terceras partes.

Diez detalles más que os ayudarán a conocerme mejor:

[vc_row row_type="row" use_row_as_full_screen_section="no" type="full_width" angled_section="no" text_align="left" background_image_as_pattern="without_pattern" css_animation=""][vc_column]

Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]