CHARLES BARNABY CAMINO DE EL TREBOL

Charles Barnaby continua en Bristol esperando poder embarcar para proseguir su camino. Mantiene una charla en el hotel en el que se hospeda con el personal del establecimiento.

Pregunta por un lugar donde refrescar sus ideas y su garganta. Un local distinguido. Glenn le informa de la carencia de ese tipo de locales en la ciudad, y lo confunde con locales en los cuales las mujeres ofrecen sus servicios a caballeros distinguidos.

No hay muchos caballeros como Charles en Bristol, y queda impactado con la historia que le refiere Glenn. Se aventura por las calles de Bristol en busca de “El Trébol”.

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La Sra Fulton cambió la seriedad de su rostro por otro más amable.

  • ¿Va a regresar para la cena, entonces? Le advierto que nuestros guisos son lo mejor que puede usted encontrar en todo Bristol.- Una de sus manos se sostenía en el aire en esos momentos haciendo ostentosos aspavientos tratando de enfatizar así las exquisiteces de su cocina.
  • No, Sr Fulton, me temo, que esta noche mi apetito anda un tanto distraído-Respondí con una mueca de desgana. Seguidamente me despedí de forma cortes de ambos aduciendo un compromiso para evitar la persecución dialéctica de la mujer. Glenn se dio cuenta de la excusa, y guiñó un ojo cómplice que correspondí con un esbozo de sonrisa.

Me aventuré por las calles de Bristol. El trasiego y la alegría de las gentes de la mañana habían dejado paso al eco de los pasos de escasos viandantes, y el canto alcoholizado de algunos grupos de marineros junto a rameras, también borrachas, buscando el tintineo de las monedas en los sucios pantalones bajo la excusa de encontrar la grandeza de una hombría difícil de conseguir cuando el ron sustituye a la sangre en las venas.

Ante semejante espectáculo, sabido por otro lado, recordé que en mi bolsillo habían quedado los chelines preparados para Glenn por su completa información. A la vuelta se los entregaría. Simpático el muchacho, ¡si señor!, simpático.

Aunque el suelo estaba mojado, no hacía mala noche. El chiribiri había cesado, y aunque no del todo, el cielo estaba bastante despejado y la luna concedía luz suficiente reflejada en el agua del mar para ver los barcos amarrados de diferentes formas, e incluso alguno que por sus grandes dimensiones no había podido atracar en el muelle, y por lo tanto tuvo que echar ancla y quedarse a unos 300 metros mas o menos del lugar desde el que lo contemplaba.

Era un magnifico navío, muy grande, altos mástiles y un poderoso mascarón de proa. No entiendo mucho de barcos, pero pensé en mis adentros que esa magnifica obra de arte, esa casa flotante que tan elegantemente surcaba mares sin importarle lo que sucediera a su alrededor no podía dejar de existir nunca, por ende, me pareció imposible la idea de que sucumbiese a un temporal en las Azores, o atravesando el Canal de la Mancha.

Me lo imaginaba cruzando el Atlantico dirección Boston con todo el velamen desplegado, y el capitán en su puesto de mando dándole las instrucciones precisas al Piloto:

  • dos grados a estribor, timonel, mantenga rumbo.
  • Si mi capitán, a la orden mi capitán.

O doblando ese ignoto a la vez que atrayente lugar de Africa, el Cabo de Buena Esperanza, con esas playas de blanca y fina arena, la viva imagen del paraíso, si es que verdaderamente existe en algún lugar un paraíso con todos los plácemes que un hombre pueda desear.

Sumergido me encontraba en estos pensamientos y en la idea de tratar de identificar las letras que sobre la popa y en un color dorado componían el nombre del barco, cuando una trifulca entre dos hombres interrumpió mi ensoñación.

Dirigí mi malhumorado rostro hacía el lugar desde donde provenían los gritos, una botella de alguna bebida alcohólica que no acerté a identificar y una puta de grandes tetas y generoso escote tenían la culpa de la bronca.

No se porqué algo me impulsó a contemplar la escena al cobijo de la penumbra que concedía una especie de portal de entrada a una sastrería, cerrada en esos momentos.

Ambos hombres eran rudos, sus ropas, pobres y remendadas casi por igual, dejaban ver que se trataba de dos marineros que habían salido en busca de diversión esa noche.

Uno de ellos, el más bajo, era notablemente más joven y tenía barba, no hablaba, sólo miraba con atención y expresión amenazante los movimientos de su adversario. El otro, el más viejo, tenía aparte de un enorme mostacho que lo asemejaba fielmente a un león marino, una larga melena canosa que apenas dejaba ver, un gorro de lana rojo mugriento. Parecía el más enojado de los dos, y amenazaba continuamente al más joven con el puño derecho cerrado y al aire.

La puta tenía un aspecto grotesco y desaliñado, como sólo lo tienen las desamparadas que venden su sexo por unas monedas.

No era joven, pero tampoco llegaba a los 35 años, aunque su aspecto pudiese proyectar otra idea.

Sus mejores galas consistían en un vestido rojo que finalizaba con una especie de volantitos muy simples que en el momento del día en el que nos encontrábamos ya estaban negros de dar refregones buscando pantalones por el puerto. Unos botines negros elevaban un poco más su figura hasta darle una más que considerable estatura para tratarse de una mujer. Un pequeño broche se ataba a una cinta encarnada que adornaba un delgado cuello realzado aun más por el proyecto de moño que ya caía desvencijado a ambos lados de la cara donde resaltaban unos rojos labios pintados intensamente de un modo estratégico para llamar más la atención. Gritaba mucho y movía con muchos aspavientos los brazos.

En uno de estos, se acercó al más mayor de los hombres hasta casi juntar sus narices y el otro la sujetó del brazo izquierdo atrayéndola hacía sí con un gesto casi posesivo, en el mismo instante que el del gorro lanzaba de un modo virulento uno de sus improperios groseros que acompañó con un golpe al aire con el dorso de su mano derecha, el cual alcanzó el rostro de la mujer que volvió instantáneamente la cabeza llevándose ambas manos a la cara dando un gemido de dolor seco que acompañó de insultos y alguna lagrima desde el suelo, a las que no presté mucha atención puesto que en ese instante el joven de la barba se lanzó como un lobo herido contra su rival tirándole un directo de izquierda que le alcanzó en el mentón ante el que no pudo hacer nada.

Igual que el siguiente que fue un gancho de derecha a la base del estomago que hizo que el grandullón se doblase en busca del aire suficiente que había sido cortado en seco por el golpe.

Se rehízo en breves segundos y llevó su mano derecha a la espalda, donde levantó sus ropas y desplegó una navaja de considerables proporciones, su homónimo le imitó con la mano izquierda.

La zorra no dejaba de sangrar en el suelo y parecía que de un momento a otro su respiración haría que le reventasen los abundantes pechos.

Esta vez fue el del gorro el que quizá herido en su orgullo se lanzó navaja en mano contra el otro que apenas pudo parar la embestida con un salto lateral quedando a su espalda, pero el viejo se revolvió con una velocidad inusitada para su corpulencia y le acertó en el brazo, lo que provocó el grito del de las barbas que dio dos pasos atrás.

El del mostacho repitió de nuevo la embestida hirió con la izquierda la cara del viejo al que tiró zancadilleando al suelo y amenazó con la punta de su navaja en el cuello. Le gritó unas directrices que no acerté a entender desde mi posición.

Después cogió la navaja que le había herido y la arrojó al mar, mientras el otro se llevaba la mano derecha a la cara y se alejaba del lugar.

El joven plegó su navaja y la colocó en su sitio, se acercó hasta la puta y la levantó, ya había dejado de sangrar. El todavía sangraba, cogió la botella que había dejado al lado de la mujer y dio un largo trago. Posteriormente vertió un poco del liquido sobre el corte y besó con fuerza a la zorra a la que agarró con fuerza del deshilachado moño mientras la decía algo. Dieron unos pasos y se introdujeron en un oscuro callejón.

Desde mi posición no podía ver nada, así que decidí moverme para adoptar un lugar que me permitiese observar el final de la historia.

El hombre tenía apoyada a la ramera contra la pared mientras hundía su cara en su cuello y abría el vestido rojo dejando al descubierto sus tetas, en las que se perdió manoseando y lamiendo provocando los gemidos placenteros de la mujer que se agarraba la nuca.

El joven tiró la botella contra la otra pared rompiéndola en mil pedazos con un gran estruendo que paso inadvertido, puesto que nadie, excepto yo, se hallaba cerca de la escena.

Era una puta exuberante.

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Ahora sufría los ávidos mordiscos del galán en unos duros y grandes pezones de sonrosadas aureolas, conformando un circulo casi perfecto que era íntegramente recorrido por la lengua de su cliente.

La mujer cerraba los ojos, entendí que sería de placer, aunque ciertamente en estos casos el placer suele aparecer en gradación a las monedas entregadas.

De repente el hombre volvió a agarrarla del pelo y sin soltarla la tiró al suelo a la vez que la gritaba.

  • ¿Te gusta, furcia?, ¿te gusta? Demuéstrame que vales los diez peniques que pides y la herida de mi brazo. Si no mi herida se agrandará en tu barriga.

Dicho esto, la mujer se lanzó sobre la abultada bragueta de su, ya no sabría muy bien si decir incluso agresor, o defensor. Ciertamente su papel cambiaba por momentos.

Bajó los pantalones del barbudo y dejó ver un poderosa verga, como jamás en mi vida hubiese podido imaginar, que se alzaba desde el centro de una espesa mata de bello púbico.

La mujer de rodillas en el suelo, sorprendió el gesto y mientras se asía con ambas manos profirió un lastimero lamento antes de aventurar sus rojos labios sobre el inmenso sexo. El hombre fuera de si golpeó con la mano abierta a la puta tirándola para atrás. Esta comenzó a llorar de nuevo. Al ver el gimoteo el hombre sacó su navaja y la abrió sobre el cuello de la chica mientras la decía:

  • O dejas de llorar y haces tu trabajo, o te juro por lo más sagrado que será este tu último servicio. ¡Chupa furcia!, ¡Chupa!-ordenó rojo de ira.

Dicho lo cual volvió a agarrarla del pelo y le introdujo su erección inmensa en la boca.

La mujer hizo su trabajo con profesionalidad extrema, y la escena provocó una excitación en mi entrepierna que me ruborizó. Ese prodigio de la naturaleza no alcanzaba el orgasmo, quizá debido al alcohol, o alguna otra circunstancia pero a medida que pasaba el tiempo su agresividad aumentaba y la vida de la zorra a mi entender corría mayor peligro.

De repente la levantó y la tiró contra la pared, sus tetas se movieron descontroladas para todos lados por el golpe, la mujer pidió que la dejase marchar, pero no hizo caso y su sadismo creció, llevándole a jugar con la punta de la navaja en los pechos de la mujer pinchándola levemente haciéndola sangrar un poco para luego lanzarse a lamer las heridas ante la impotencia de la mujer.

La volteó con su brazo izquierdo de un golpe,  mientras le espetaba casi de forma inaudible unos ligeros y lastimeros:

  • ¡no, no, por favor, no!

Levantó su vestido y de un golpe certero introdujo todo su pene con un a gran expresión de placer, y el consabido grito de dolor ahogado de la puta que ya lloraba sin control pidiendo, por favor, déjame, por favor, pero no hizo caso.

La navaja en el cuello, el brazo izquierdo rodeándola para tenerla bien sujeta y los violentos golpes de cadera se aceleraban hasta que finalmente obtuvo lo que buscaba ansioso, un gran orgasmo de cuyo testimonio dejo huella en el interior de la muchacha.

Se subió los pantalones, plegó su navaja y tiró unas monedas sobre el cuerpo inerte de la mujer, la cual lloraba en el suelo de forma desconsolada.

  • Toma, furcia, te lo has ganado. Si es niño ponle mi nombre ¿eh?. Así me recordarás mientras viva. Aunque sinceramente, no creo que puedas olvidarme fácilmente. -dijo mientras se reía de forma estridente al tiempo que se marchaba.

Estuve tentado de socorrer a la pobre zorra, pero no lo hice.

Palpé mi bragueta, estaba mojada, levanté la vista al cielo, miré a la muchacha y me alejé de allí con sentimientos encontrados.

A fin de cuentas era una puta ¿a quién le importaba?

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
5 Comentarios
  • Carol
    Publicado a las 07:27h, 29 enero Responder

    Esta vez la escena me conmueve. Como mujer se me hace duro de leer. Es una violación en toda regla sin ningún tipo de misericordia por parte del espectador, Sir Charles. Hay que situarlo en el tiempo y en aquella época las mujeres apenas tenían derechos, las trabajadoras del sexo menos ( hoy en día tampoco desgraciadamente).
    Me hace pensar la vida tan dura para una mujer sin estudios que si no era acogida como criada por una familia para dejarse ser la querida del amo, no le quedaba más remedio que vender su cuerpo por unas monedas.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 09:16h, 31 enero Responder

      Hola Carol, muchas gracias por tu comentario. Es cierto que es una escenas dura. Si te paras un segundo, Charles duda entre intervenir o no, al final, ser un viajero de paso por esa ciudad y porque no decirlo el poco aprecio que se tiene por las rameras y lo mas bajo de la sociedad le atan a su escondite. En cierta manera es otro paseo por una fantasía sexual humana como es el voayerismo.
      Las mujeres comenzaron a tener algunos derechos en Inglaterra justo en esa época victoriana en la que se desarrolla la acción pero por supuesto, en según que núcleos, esto no es algo que calara hondo, es mas hoy en día tampoco es que alguno se haya enterado bien bien de que es esto de la igualdad.
      Un abrazo.

  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 23:05h, 29 enero Responder

    Un voyerista fortuito jejeje, en que cosas se mete Charles, muy bueno Lose.
    Abrazo!!

    • Jose Carlos
      Publicado a las 09:11h, 31 enero Responder

      Hola ale, muchas gracias por tu comentario. Desde luego le ocurren unas cosas…en este caso se ve envuelto en esta trifulca, que de alguna manera le excita y le repugna al mismo tiempo. No siente especial debilidad por un sector como el de la prostitución, pero si por el de las mujeres, y no puede evitar sentir una cierta compasión por ella.

  • PRIMERA VISITA A "EL TRÉBOL" DE CHARLES BARNABY - EscriViviendo
    Publicado a las 18:11h, 05 febrero Responder

    […] CONFESIONES DE ENAMORADO SEÑORA ¿QUE PASA CUANDO LAS DUDAS PONEN TU VIDA DEL REVES? CHARLES BARNABY CAMINO DE EL TREBOL Home » relatos » PRIMERA VISITA A “EL TRÉBOL” DE CHARLES […]

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