CHARLES BARNABY EN EL TREN CAMINO A BRISTOL (CONTINUACION)

Es cierto, es día 1 de enero. Es cierto, muchos de nosotros todavía estamos dando cuenta de las últimas reuniones familiares y con amigos que traen estas fechas. De las comilonas que traen estás celebraciones, y de los fastos de la adoración a un niño que se supone que nació en un pesebre, y que no contaba básicamente con nada, más que el calor de una mula y un buey.

Pero no es menos cierto, que es jueves, y que como todo jueves, Charles Barnaby Noland III se llega hasta vuestras pantallas desde mi blog, para contaros sus peripecias. Alguno/a de vosotros ya me dijo que a pesar de ser día 1, esperaba que Barnaby siguiera contando lo que le sucedía en ese tren con la Sra. Walker.

Queridos/as, no puedo más que plegarme a vuestras peticiones, y con un poquito quizá de tardanza en publicar esta entrada, os traigo como se va aclarando la situación en el tren entre estos dos personajes. Os dejó los enlaces de las anteriores entradas por si alguno se ha sumado tarde y quiere coger la historia desde el principio.

Espero que la disfrutéis, y si es así, amigos/as, decidme si os parece bien, como regalo de primeros de año, en forma de comentario, qué os ha gustado de esta entrada. Y si no os ha gustado algo, también me encantará saberlo.

Aquí el principio de la historia en el tren.

Aquí el segundo de los relatos.

Aquí el tercero.

 

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  • No todo se puede comprar con dinero Sara, la libertad de una persona no puede comprarse, podrán atarla con mil grilletes pero interiormente seguirá siendo libre…-acerté a decir cuando en ese instante el tren realizó una brusca maniobra que zarandeó el vagón y provocó que Sara estuviera a punto de caer al suelo. La fortuna evitó que esto sucediera dejándola en mis brazos, que la sujetaron por sus axilas mientras mi espalda se apoyaba contra la pared para no perder el equilibrio. Sus delgados brazos colgaron y se sujetaron posteriormente agarrándose a mis hombros, mi mano derecha se apoyó en su espalda para ayudarla a sostenerse. Sus labios y los míos quedaron a la misma altura y podía sentir su respiración entrecortada en mi boca. Sus ojos y los míos volvieron a encontrarse, y pude notar como el bello de mi nuca se erizaba, y la respiración en su pecho se aceleraba. Nos incorporamos:
  • Gracias
  • No las merecen- contesté.

Y cuando regresaba a nuestro compartimento, se volvió y con una voz suave se dirigió a mí diciendo.

  • Todo está en venta, Charles, y todo se paga…todo.

Permanecí todavía unos segundos mirando el lugar que había ocupado su presencia, con los ojos perdidos en el vacío y la mente fantaseando en el mundo de los sueños. Me atusaba las puntas del bigote y caí en la cuenta de que tenía la boca abierta. Por vez primera en la vida era una mujer la que me había cautivado a mí en lugar de a la inversa. Era una sensación extraña, pero agradable.

En tanto me entretenía con estos pensamientos, se abrió una de las puertas del fondo del vagón, y por ella accedió al mismo, uno de los revisores con un farol en una mano, y la otra restregando uno de sus somnolientos ojos. Vestía uniforme azul y gorra del mismo color. Los pantalones tenían una franja vertical en ambos laterales desde la cadera hasta los píes de un color amarillento, y los botones de su chaqueta alcanzaban todavía a tener el calificativo de dorados.

El hombre llegó a mi altura.

  • Buenas noches, señor, ¿algún problema?- preguntó cortésmente, prácticamente sin mover los labios tras su enorme mostacho.
  • No, ninguno, disfrutaba del viaje, nada más, he salido a fumar un cigarro. No deseo importunar a mis compañero de viaje- contesté-
  • De acuerdo señor, vuelva a su compartimento si es tan amable y que tenga usted un buen viaje en lo que resta. Si necesita mi ayuda para cualquier cosa, sólo tiene que llamarme, estoy al final del vagón.
  • Gracias, pero creo que no será necesario- dije mientras empezaba a andar de nuevo.
  • Buenas noches
  • Buenas noches, señor- se despidió llevando una mano a la gorra.

Entré en el compartimento de nuevo, los ronquidos de Robert seguían teniendo la misma potencia. Sara se había acomodado y había apoyado su cabeza en un pequeño cojín que sujetaba contra la pared.

Cubría parte de su cuerpo con una manta de viaje que no disimulaba las curvas de su joven y bien formado cuerpo. Había desabrochado los tres primeros botones de su vestido, para tener mayor comodidad, supuse, y dormía aparentemente con gran placidez. Exactamente igual que su marido, que no había variado un ápice su postura inicial y con la boca abierta, daba enormes resoplidos. No sé cómo, Sara, podía haber conciliado el sueño con tanta facilidad.

Me despojé de la chaqueta, y desabroché el primer botón de mi camisa al tiempo que aflojaba el nudo Windsor de mi corbata. Cogí la manta que estaba perfectamente doblada a mi lado y la puse por encima de mis piernas.

No podía dejar de mirar a Sara. Sabía que era una estupidez y una osadía sobre todo estando su marido en la misma habitación, pero deseaba a esa mujer. La desee desde el primer momento en que la vi allí, sobre el frio anden, con su aprendida elegancia y su lengua arrogante.

Atuse mi pelo e imaginé a Sara con su cabellera desatada al viento al borde de un rio, con su bello cuerpo desnudo, y sus brazos extendidos, susurrándome suavemente “ ven, ven conmigo amor mío”.

Noté cómo un sudor frío recorría mi espalda de arriba abajo. Tragué saliva de forma atropellada, y percibí como mi miembro crecía ante el espectáculo que mi imaginación le procuraba. Llevé las manos a mi bragueta, no era comprensible mi actitud, ni yo mismo entendía como mi cuerpo estaba reaccionando de esa manera, debía reportarme, no era propio.

Me removí en el asiento y traté de calmar la respiración, para devolver al corazón a un compás lógico.

Miré la cara de Sara, era una auténtica ninfa, un regalo de los dioses.

Debía estar muy imbuido en mis pensamientos porque casi no me di cuenta de que Sara había abierto sus preciosos ojos y me miraba fijamente. Quedé paralizado y sólo acerté a mantener la sonrisa en la cara. Una sonrisa que había permanecido allí desde que había regresado a la cabina.

Sara se incorporó suavemente, con mucho cuidado, grácil, como si de una gata se tratase, y miro a su marido, que seguía profundamente dormido.

Súbitamente, giró de nuevo su cabeza y me miró fijamente desde el centro de la habitación. Dio un paso al frente y adelantó su brazo izquierdo hacía mi cara que todavía no salía de su asombro. Su palma recorrió mi mejilla, sentí su calidez por todo mi cuerpo, de ahí pasó a mi pelo con el que jugó ensortijándolo, moldeándolo a su gusto. Noté como mi pulso se aceleraba y como un ardor desconocido se adueñaba de mi cuello poco a poco y subía por mis orejas y mis mejillas.

Sara cuidadosamente se subió a horcajadas sobre mí, cuidando escrupulosamente de que su negro vestido no quedase enganchado en ningún lugar.

Su dedo índice recorrió integro el perfil de mi cara y se posó en mis labios, ligero, suave, dulce, y ellos obedecieron sin dudarlo su mandato y se aproximaron prestos a besarlo, mientras el índice de la otra mano se alzaba rápido hasta su boca señalando un gesto cómplice de silencio sin dejar de mirarme a los ojos fijamente, cautivadora y mágica.

Sus labios se posaron en mi cuello, y todo yo me estremecí. Nunca había sentido tal intensidad y calida prestancia sobre mi piel. El perfume que había esparcido se mezclaba con su embriagadora agua de rosas, y me dispuse a besarla con pasión al tiempo que mis manos asían sus caderas sensuales, pero su mano izquierda lo impidió ante mi asombro.

Ella tenía el dominio de la situación, siempre lo había tenido, ella decía y decidía cuando y cómo, y su lengua experta recorrió en círculos mi cuello y los lóbulos de mis orejas, siguiendo arriba y abajo el movimiento entrecortado de mi nuez entre mi frenético acaloramiento.

Mi miembro gritaba enloquecido y pugnaba por salir de su refugio presto en busca de su presa, pero era ella quien seguía marcando la pauta, ella diría cuando era su momento, cuando podía recrearse en su placer.

Su boca se precipitó en la mía en un cálido beso, y su lengua exploró cada uno de los rincones de mi interior. Jamás había experimentado tal maestría en el besar. Mientras sus manos desabotonaban mi chaleco, la camisa y penetraban en mi cuerpo como agujas, estremeciendo aun más, si ello era posible, mis sentidos.

Mis manos volvieron a desobedecer mi mente, y se dejaron llevar, para buscar espontáneas sus provocativas nalgas y sus prietos muslos, y Sara se mordió casi al momento el labio inferior en un indudable gesto de placer.

Su experta mano buscó entonces ávida de deseo mi bragueta, mientras yo me abría paso a duras penas entre los botones de su vestido para dejar al descubierto su corsé, que apenas podía contener sus generosos pechos, dulces, como cántaros de miel.

No hizo falta quitárselo, mi boca y mi lengua se lanzaron sobre ellos, como un lobo sobre un tierno cordero, mientras ella jugaba con mi erección a su antojo haciendo que mi cerebro diese ordenes de manera acelerada para que mi corazón bombease más sangre a regar aquella zona con celeridad. Mi bolsa testicular fue agarrada con fuerza pero con ternura al mismo tiempo, y de mi boca se escapó involuntaria una exclamación que se vio cortada de raíz con un largo beso.

Ambos miramos al tiempo hacia el lugar donde Robert se encontraba esperando que no hubiese despertado con mi imprecación, mas para alegría nuestra, eso no había sucedido.

Mis manos levantaron su vestido y su combinación y rasgaron las últimas telas que impedían que la penetrase. Ella asió con fuerza mis cabellos prestándose solícita al envite, facilitando de esa manera ser conquistada.

Inundé sus paredes, con un fuerte empuje que la hizo suspirar de placer, mientras yo cerraba los ojos y cogía grandes bocanadas de aire de la manera más silenciosa que era capaz, para acelerar los movimientos que ella facilitaba subiendo y bajando, como si de una danza se tratara, sobre mi miembro.

El calor de su interior y frenesí de sus fluidos corporales no era comparable a nada de lo que anteriormente había podido experimentar. Sara se llevó su puño derecho, pequeña escultura de mármol, a la boca y la mordió con fuerza, mientras yo podía comprobar cómo llegaba al orgasmo, y la estreché contra mi pecho con toda la fuerza que pude reunir.

Lo alcanzó aun otra vez más antes de que su otra mano tapara mi boca para evitar que mis jadeos nos delatasen, y derramé toda mi pasión en su interior desbordándome de una manera insospechada, cálido, fluido e ingente.

Fue un orgasmo de dimensiones heroicas. Pude comprobar cómo el tiempo se paraba en ese mismo instante, concediéndonos a ambos la eternidad para disfrutar de nuestras miradas satisfechas, sinceras, cómplices, y serenas al mismo tiempo. Sara me abrió las puertas del disfrute verdadero, y una vez que hubimos terminado me rodeó con sus brazos, amorosa, y me besó apasionadamente, como si de toda una vida se tratara, y quisiera legármela con ese gesto.

El poso que ese comportamiento dejó en mi interior, creo que fue algo parecido al amor.

Después, colocó sus ropas y las mías de forma diligente y regresó con tranquilidad a su sitio, como si nada hubiera ocurrido. Cuando desperté, tanto Robert como Sara seguían durmiendo. Miré a Sara, sonreí, su rostro tenía un brillo diferente, pero no se notaba en sus ropas nuestro morboso encuentro nocturno. Por mis ropas tampoco había rastro alguno, salvo por la húmeda sensación que en mi ropa interior podía sentir, huella imborrable del desahogo de una erección profunda.

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
4 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 03:21h, 02 Enero Responder

    Wooow, eso no me lo esperaba. Dicen que lo prohibido atrae más, y que manera de dejarse llevar, je je. Muy bien narrado y las sensaciones que provoca, pues que te diré.
    Abrazos y feliz inicio de año Jose.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 19:52h, 02 Enero Responder

      Bien Alejandra, de eso se trata jejeje. Si no lo esperabas es que el relato cumple su función de sorprender. Desde luego cuando escribimos sobre algo que aparentemente resulta prohibido según los estándares de esta sociedad en la que vivimos, las cosas nos parecen más excitantes como lectores, porque de alguna manera nos sentimos transportados a ese momento. Muchas gracias por tus palabras, y …ya me dirás las sensaciones que provoca ;p
      Un fuerte abrazo y feliz año para tí también.

  • Soledad
    Publicado a las 20:22h, 04 Octubre Responder

    Hola Jose Carlos. Hay mas capítulos? Me ha sorprendido el final. Quizás me hubiese gustado mas que hubiese sido un sueño. Con lo pedante que es Charles, no se merecía que fuese tan fácil y bueno. Jejejejejeje. Me encantaría que Sara le diera un poquito caña. Jjjjjjjjj

    • Jose Carlos
      Publicado a las 05:29h, 05 Octubre Responder

      Hola Soledad.
      Bienvenida al blog. Una alegría ver tu comentario.
      Hay más capítulos de las aventuras de Charles si. De hecho esta parte no es la última dentro del tren. Seguro que vas a poder ver alguna duda en el propio Charles y otro comportamiento en Sara ;P.
      Te animo a que en el buscador del blog pongas “Charles Barnaby” y veas todas las historias que hasta el momento hay colgadas de Sir Charles.
      Muchas gracias por tu comentario, espero que cuando leas el resto de aventuras, me dejes un comentario y me digas qué te han parecido.

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]