CHARLES BARNABY EN PARIS. EN LA BIBLIOTECA.

¡Por fin JUEVES!

Es cierto, se que estabais esperando a Charles Barnaby todos, y fiel a su cita semanal, aquí llega. En este caso he de pediros disculpas porque apunté que hoy tendríamos el desenlace de esta historia, pero…no va a ser así, y lo pospondremos hasta la semana que viene dónde veremos que sucede con estos personajes dentro de la librería.

Así, os recuerdo como terminó la semana pasada. Sarah, en el interior de la librería habla con Charles y le reprocha un hecho sucedido en el pasado en su Inglaterra natal, siendo más jóvenes.

Charles lo recuerda en un dejavu. 

En esta entrada Charles recuerda este hecho y nos lo cuenta con todo lujo de detalles ¿Por qué se alejó Lady Sarah Willogby? ¿Por qué está tan disgustada con Charles? ¿Que ocurrió en aquella biblioteca?

Te lo cuenta el propio personaje un poquito más abajo. ¿Cómo hubiera sido tu caso en esa situación? ¿cómo hubieras reaccionado? ¿Hubieras sido Charles, o por el contrario más Sarah? ¿Te apetece contármelo? 😉

Chatsworth-House imagen del blog de kayak

No se cómo acabé en su habitación, huyendo de lo poco que me interesaba aquella conversación aburrida de sociedad y lo mucho que me interesaba aquel dulce rubio de pecas traviesas. La recordaba aún en mí.

No estaba, y esperando que hubiera entendido mi gesto cómplice, comencé a mirar sobre su tocador, distraído, esperando su llegada y pensando cómo la abordaría nada más la encontrase. Quizá esperar escondido tras la puerta y abordarla desde atrás como a ella le gustaba, sólo pensar en esa imagen aceleraba mi pecho y acrecentaba mi deseo. ¿Cómo podía ser que aquella chiquilla me turbase de esa forma? No era, por supuesto, la primera mujer joven que poseía, ni mucho menos que formaba en las lides de amar, y sin embargo ella había conseguido de alguna forma conectar con alguna parte de mi yo más antiguo que la convertía en algo más que una amante sin ningún tipo de complicación.

Encontré un pequeño libro de hojas en blanco, con algunas anotaciones y fechas. Frases de amor perdido, discusiones familiares…hasta que llegué a un apartado que comenzaba con un:

 

En la biblioteca…

 

Santo cielo creo que acabaré desmayándome –eso pensaba yo mientras el cochero de mi padre conducía nuestro coche de caballos, atravesando de manera tranquila las oscuras calles de Londres.

 

Era una deliciosa noche de primavera en la que cualquier jovencita debía sentirse tremendamente dichosa por tener la fortuna de asistir a la fiesta que Lord Patrick organizaba a su hijo primogénito al alcanzar su mayoría de edad, ¿cuándo la alcanzaré yo?. Cualquier joven, eso he dicho, cierto…cualquier jovencita menos yo. Encerrada, atrapada en la cabina del coche sin opción alguna, no podía dejar de sentirme triste y terriblemente desgraciada, profundamente incomprendida.

Ni por un instante podía dejar de imaginar cómo me sentiría al notar los ojos de esa descarada multitud de aristócratas sin alma sobre mí. Esa sensación me ahogaba, me dejaba sin aliento. Bueno eso, y el incomodo corsé que mi madre había mandado hacer para aquella noche.

 

Mi madre…mi pobre madre, avergonzada de una actitud esquiva intrínseca a mí, decidió poner punto y final a una vida feliz, alojada entre mis libros, las páginas de los clásicos, de la Sophía, de Jenofonte…de historias, de palabras y pensamientos, de sentimientos entregados de forma y manera generosa sin esperar nada a cambio, de mis largas y plácidas cabalgadas a caballo en soledad disfrutando del campo, los olores, la libertad.

 

  • Querida –dijo muy estirada mi madre- no pienso consentir ni un solo día más esta inconcebible actitud tuya. Mañana irás a la fiesta de Lord Patrick, y no admitiré ningún reproche…y ¡no!, no cuentes con tu padre esta vez para lograr salirte con la tuya. Una señorita de tu edad…de tu posición…una señorita de tu clase, debe conocer y codearse con personas de su mismo nivel. Y sobre todo, sobre todo, querida – remarcó mucho las palabras buscando de manera intencionada herir mi orgullo, ¡lo sé!- un apuesto caballero que pueda desposarte y concedernos, ¡dios así lo quiera! Muchos nietos…y no hay nada más que discutir sobre este asunto Sarah…un momento – levantó de nuevo su mano derecha con un lento y firme movimiento- has de probarte el vestido que te he encargado. Sube pues a tu habitación, pruébatelo y que Elisabeth haga los arreglos necesarios. Últimamente, ese afán tuyo por los dulces se está dejando sentir en tu figura, querida, quizá demasiado.

 

Esto ha sido el colmo de todos los colmos. No contenta con dirigir mi vida por completo y jugar conmigo a vestirme como si fuera una muñeca, ¿tampoco le gusta ahora mi porte?.

Tengo que reconocer que el vestido era bonito…bueno, no…era deslumbrante. Mi madre no conoce a Moliere, Aristóteles o San Juan de la Cruz, y eso que este último es santo, pero es una experta en moda. El vestido era de un verde esmeralda, como el color de mis ojos, se adaptaba a mi figura perfectamente quizá sólo hubo que hacerle un pequeño retoque, afinaba mi talle y realzaba mi pecho, quizá demasiado diría yo, a pesar de la pudorosa gasa que cubría mi escote. No puedo dejar ahora de recordar, aunque se me escape una sonrisa, que me sentía como el ganado cuando va a subastarse.

Bueno, yo no se lo he preguntado nunca a ninguna res, pero imagino que debe sentirse como yo me sentí entonces.

El carruaje llegó por fín a la lujosa casa de Lord Patrick. Paró delante de la puerta principal. Un solícito lacayo me ayudó a bajar tendiéndome su mano de forma delicada y me condujo al interior de la casa.

El gran salón refulgía a la luz de cientos de velas. La mayoría de los integrantes de la alta sociedad de Londres estaba allí aquella noche y animaban el ambiente con un incesante y sostenido parloteo de forma distraída.

“Lady Sarah Willogby –hija de Lord Paul Willogby” Me anunciaron. Momento francamente detestable en el que todas las miradas se dirigen hacia el recién llegado. Afortunadamente, mi apuro duró poco, momento en el que el anfitrión vino a rescatarme.

 

  • Querida Lady Sarah. Permitidme que os diga que no exagero en absoluto al afirmar que vuestra madre tiene sobradas razones al ser celosa guardiana de vuestra belleza.
  • Siempre tan amable, Lord Patrick. Aunque debo corregirle, realmente es mi padre.
  • Ja,ja,ja – rió de muy buena gana ajeno a las miradas de las que estábamos siendo objeto en ese momento. Es usted una chiquilla realmente encantadora e ingeniosa. Cualidad ésta muy mal vista en nuestro tiempo en una mujer de su posición, he de decir.

 

A terminar con lo que parecía podía ser la única conversación interesante de la noche apareció mi madre. Me arrastró a la otra punta del salón entre saludos forzados y sonrisas postizas, y en algún momento de aquel camino atropellado mis ojos quedaron suspendidos en una mirada. No sé cómo, ni por cuánto tiempo todo se ha centrado en esa mirada. Los sonidos, las luces, el movimiento a mi alrededor. Tan sólo esa mirada. Intensa, seductora y arrogante en dosis iguales, de un apuesto caballero. Ligeramente apoyado, de forma distraída, en el quicio de la puerta. Como si despertara de un sueño, bruscamente, todo volvió a la normalidad cuando mi madre, siempre mi madre, comenzó a presentarme a aquel grupo de personas con las que pocas horas más tarde, acabaría pasando la más tediosa cena que hubiera podido soñar en mi peor pesadilla.

Finalizada la cena, no pude soportarlo más, y busqué refugio en la biblioteca victoriana de Lord Patrick. ¡Qué maravilla para los sentidos! Si de verdad existe un paraíso en el cielo debe parecerse mucho a esto. He pensado. Un amable mayordomo cerró las puertas tras de mí. Era un espacio suntuoso, magnifico. Varios pisos de estanterías llenas de libros de innumerables autores, me susurraban al oído. Una vida entera no sería suficiente para poder leerlos todos. La madera de sus estantes, la escalera corrediza, los cómodos sofás de terciopelo rojo que centraban la sala. La mesa de estudio con un único punto de luz y un enorme ventanal que dejaba pasar la claridad de la luna que me tenía completamente hechizada. Mis manos comenzaron a acariciar con ternura los lomos de aquellos libros, ¡que encuadernaciones!, como si de jóvenes amantes se tratara. Subí dos peldaños de aquella escalera para alcanzar uno que llamó mi atención, cuando de repente sentí aquella mirada de nuevo en mi espalda, y muy cerca estaba él.

 

  • Siento mucho haberla asustado, Lady Sarah, creo que ambos somos más amigos de la paz de las historias de estas páginas que del bullicio de ahí fuera. ¿Cierto?

 

¿Cómo sabía mi nombre? ¿Quién era ese hombre…qué…?

 

  • Disculpe mi torpeza, no creo que nos hayan presentado.
  • Mi nombre es Charles Barnaby, Sir Charles Barnaby Noland III, Lady Sarah.
  • Es un verdadero placer Sir Charles. ¿Puedo preguntarle cómo sabe mi nombre?

Cuando usted entro en el salón, iluminó por completo la reunión querida. No tuve más que preguntar a Lord Patrick quien era esa bella joven con la que departía animado y cuya sola presencia había conseguido tornar en interesante esta tediosa fiesta.

 

No sé si fueron sus palabras, pronunciadas con una voz sensual y profunda, la cercanía de su cuerpo, su olor a madera y almizcle, su elegancia natural, no impostada, o esa mirada que sostenía la mía de aquella manera que, por primera vez en mi vida me sonrojé.

 

  • ¿Quién es su autor favorito Lady Sarah?

 

En ese preciso instante comenzó una conversación sobre literatura, ensayos, teatro, filosofía y cualquier arte que pudiera imaginar que no sólo me llenó de satisfacción y alegría sino que me proporcionó un disfrute como nunca, dando rienda suelta a la verdadera Sarah…cómo si el tiempo se hubiera detenido. Me sorprendí repentinamente deseando las manos de ese hombre. Me levanté bruscamente y me dirigí a buscar un libro cualquiera para calmar mi desazón.

A partir de ese momento los recuerdos son confusos. Se acercó a mí decidido, introdujo en mi boca de la manera más sensual con la punta de su lengua una pequeña píldora que me hizo perder cualquier tipo de control sobre mi razón. Su aliento en mi cuello, sus labios en mis hombros, hizo que todo mi cuerpo se arqueara de placer, una descarga desde mi sexo hasta el pecho inundó de una desconocida, hasta ese momento, humedad, mi vestido.

Sus manos expertas y sabias asieron mis caderas, mis pechos, mis piernas y llevándome hasta uno de aquellos maravillosos sofás suavemente, me depositó en él, sobre su regazo, con una sonrisa pícara y esa mirada que me tenía presa introdujo mi mano en el interior de su pantalón. ¡Dios mío!, me estremezco en este momento que escribo sólo con volver a recordarlo y el placer vuelve a inundarme y hacerse presa de mi razón.

Me dejé llevar, sentí su miembro duro, grande, erecto, y aún más a mi contacto creciendo cuanto más se hacia presente mi contacto en él…me asusté y quise retirar mi mano pero el deseo y su guía fueron más fuertes que el miedo. Mi boca entreabierta fue el preludio de su invitación. Muy despacio me invitó a saborearlo, a comprobar a qué sabía su pasión, a qué sabe mi deseo…lentamente con su mano sobre mi pelo fue mostrándome el ritmo correcto. Yo me entregué por completo a esa sensualidad llena y plena de instinto y sabiduría ancestral, cuando súbito su mano detuvo mis embistes y se derramó sobre mi boca. Dulce licor que me embriagaba mientras disfrutaba entregada por completo, escuchando su gemido ahogado de placer consumado.

Tras un minuto de éxtasis, lentamente, sacó un pañuelo bordado y limpió dulce, de las comisuras de mis labios los restos del encuentro, y como desperezándose me dijo al oído : “su turno, querida”, y con infinita paciencia fue levantando una a una cada capa de mi vestido, buscando cual explorador su tesoro…y lo encontró. Palpitante, ardiente, húmedo, ansioso. Jamás había experimentado semejante sensación. No podía sino sentir y desear…sus manos recorriendo mi torso, mi pecho, el contorno de mis piernas y cuando creía que no se podía estar más rebosante, con sus dedos vigorosos cual columnas de Partenón, fue acariciando dulcemente mi vello, mis labios, introduciendo uno de sus dedos en mi interior, entre incontrolados gemidos de placer. Su lengua desató en mi sexo un caudal incontrolado, un terremoto, un verdadero estallido volcánico de todo mi cuerpo.

Todo acabó como empezó, como un sueño. Aún hoy, me parece de todo punto irreal, onírico. Se despidió con un dulce beso. No sé si volveré a verle, aunque ha dejado en mi recuerdo algo mágico, una enseñanza incalculable, una liberación de mis sentidos. Un conocimiento y experiencia que aún exploro en las noches de primavera y luna llena en la biblioteca, recordando su voz, sus manos, esa mirada…

1-Biblioteca

* las fotos de esta entrada han sido recopiladas de google images.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 20:08h, 27 Noviembre Responder

    Un encuentro tórrido sin duda el de Sarah y Charles. Caliente y erótico.
    Abrazos.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 21:48h, 28 Noviembre Responder

      Gracias querida Ale,ciertamente es un despertar entre estos dos personajes, pero no nos olvidemos de que ambos están en una librería veremos a ver que sucede

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]