CHARLES BARNABY Y LA COPA GRIEGA

No le resultó difícil acceder a la fiesta. La invitación había llegado en el último momento, pero finalmente había llegado.

—¡Este Ralph sabe hacer las cosas bien cuando quiere! —pensó Charles Barnaby.

Bajó del coche, le dio un par de instrucciones al cochero y se encaminó a la entrada del Palacio con paso lento, decidido. Tendió el sobre con la invitación al mayordomo que estaba en la puerta sin mirarle a los ojos, mientras se quitaba el guante de la mano izquierda y cogía el sombrero.

Por nada del mundo, hubiera dejado pasar la oportunidad de llegar hasta Lady Constance, la hija de los duques de Kent, en el marco de Kensington.

El único problema es que la anfitriona de la fiesta, era la propia reina Victoria. Sin duda, estaría ante un enorme problema si el hijo de Lord Barnaby, preso por deudas y suicida reconocido, se presentaba en una fiesta de la corte a la que acudía su majestad. Nada cambiaba que hubiera reflotado el antiguo  negocio de arte y comercio con las colonias de su padre, hasta el punto de convertirlo en uno de los más ricos e influyentes de Londres de nuevo.

Y si alguien podía suponer un problema para Charles antes de que se celebrasen los fuegos artificiales, ese era Thomas Wellesley, hijo del V duque de Wellington. Ese ser despreciable, zafio y botarate donde lo hubiera, que contaba con el favor de la reina Victoria. El hecho de que su antepasado el primer duque, hubiera inventado el famoso solomillo Wellington, no sólo le había dado posición y fama, sino que le bendecía para hacer y deshacer en la City todo aquello que le venía en gana. Si algo no estaba dispuesto a permitirle Charles, a parte de los favores de Lady Constance, era entrometerse en sus negocios. Negocios en los que el estúpido de Thomas, estaba empezando a meter las narices.

—¡Charles! —llamó su atención Ralph—. Menos mal que has llegado, temía que no hubieras recibido la invitación correctamente.

—Todo en orden Ralph. ¿Qué haces vestido de camarero? —preguntó Charles esbozando una burlona sonrisa, imaginando la respuesta del muchacho.

—¿Pensabas que me iba a perder esto? Si en algún momento lo has imaginado siquiera, es que esa mujer definitivamente te ha nublado el poco buen juicio que te quedaba amigo. Y no sólo lo empleaste para llevar a buen puerto el trabajo de ayer por la noche.

—Además de ser un magnifico falsificador,  también atesoras artes para el disfraz. Si el inspector jefe Japp anda por aquí, debes tener buen cuidado para unir a todas esas cualidades la de desaparecer, o me parece que tendré que acudir muy pronto a sacarte de la cárcel. Y ahora dime, ¿qué tienes para mi? —preguntó Charles Barnaby apoyando su bastón en el suelo y mirando al infinito de forma distraída.

—Lady Constance ha llegado. Su padre, el duque, no le quita ojo de encima. Va a resultar complicado poder sacarla al Serpentine—el puente de los jardines sobre el lago—. Por otra parte, ya sabes lo que le gusta bravuconear y pavonearse al joven Wellesley. Es arrogante, y suele tener mal beber.

—De eso sin duda doy fe, atributos que completa con un exquisito mal perder en el juego, una escasa inteligencia para formular sus apuestas y un excesivo gusto por las armas de fuego y los puños.

—Cierto. Sin embargo, no ha leído un libro en su vida, y el arte sólo le interesa por todo aquel daño que pueda hacerte a ti, Charles. Y no hay cosa que más le irrite a Lady Constance, que un hombre poco ilustrado—llamó la atención con el codo en el brazo de Charles Barnaby riendo con ganas.

—Haz el favor de no extralimitarte en tus demostraciones de afecto, camarero, o acabaremos llamando la atención. Thomas no me perdona que sedujera a su prima Rosalyn cuando éramos unos chiquillos. ¡Ah, el amor! ¡Cuántas estupideces nos hace cometer! ¿Cuándo será el mejor momento para acercarme?

—El joven Wellesley, y sus amigos, así como Lady Constance y el resto de invitados, estarán en el Gran Salón antes de la cena. Hemos de servir bebidas y aperitivos. Espero saber manejar la bandeja —volvió a reír con ganas, por lo que Barnaby le miró con dureza temeroso de que alguien pudiera reparar en su conducta demasiado amigable—. Lo siento —dijo poniendo su mano sobre la boca.

—Perfecto. Es el momento adecuado para mostrarle como el completo idiota que es. Todo el mundo está hablando del robo de la Copa Griega en el Museo Británico y…—Ralph le interrumpió un instante con una mano en el pecho indicándole silencio.

—¿Le apetece algún refrigerio al señor? —actuó inclinando la cabeza, señalando con los ojos a una persona que se acercaba por la derecha.

—Señor Wilde —exclamó Charles— ¡Qué agradable sorpresa verle por aquí!

—Señor Barnaby ¿entraba en el salón?

—Sí, ya entraba —contestó invitando con el brazo extendido a pasar al escritor.

Con una mirada indicó a Ralph que se encaminara a su cometido y, mientras, continuó hablando con Oscar Wilde. Al mismo tiempo buscaba con los ojos el grupo en el que la hermosa Lady Constance conversaba con dos damas a escasa distancia del otro en el que Thomas Wellesley, narraba alguna anécdota ante las risas de tres caballeros.

—¡Barnaby! —exclamó Thomas de repente haciendo que Lady Constance girara la cabeza en esa dirección.

—Wellesley —saludó él con la cabeza.

—He de confesar que eres la última persona que pensaba encontrar esta noche aquí.

—Yo, sin embargo, tenía claro que tú estarías presente. Lo que no sabía con certeza es el número de aduladores que tendrías a tu alrededor. —Wilde emitió una sonora carcajada.

—¿Han escuchado lo del robo del museo? —preguntó Wilde tratando de rebajar tensión.

—No sé para qué querrán un objeto con semejantes aberraciones dibujadas en los costados. Si nuestro señor hubiera querido que nos reprodujésemos con semejantes prácticas no habría puesto una Eva en la Tierra, ¿cierto? —miró a su alrededor buscando la consabida aprobación de su público.

—El señor no querría poner a una mujer en el camino de un ser como vos Lord Wellesley, eso sin duda, caso de querer tener una descendencia propia de él, y no de un simio —intervino Lady Constance.

—Tan delicada como siempre Milady —hizo una inclinación de cabeza en la distancia y susurró entre dientes—. No veo el momento de domar esos arrebatos de potrilla consentida.

—He sabido a primera hora de la tarde, de un rumor que te afecta, Thomas. Alguien piensa que, podrías haberla mandado robar para complacer los intereses de un tercero. Deberías poner fin a esos rumores, sin duda infundados —provocó Charles Barnaby, despertando un murmullo entre los asistentes.

En ese momento se escuchó la voz de un chambelán en el salón:

—Su majestad la Reina Victoria —a lo que todo el se giró e hizo una reverencia hacia la puerta cuando hacia acto de aparición.

—El señor Wilde me ha confesado que no hay belleza comparable a unos versos recitados desde el Serpentine, mientras se produce el espectáculo de fuegos artificiales. Yo le he dicho que vuestros ojos. ¿Querríais escuchar esos versos? —le susurró al oído Charles Barnaby a Lady Constance, haciendo que se ruborizara.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Paula
    Publicado a las 05:05h, 29 septiembre Responder

    Interesting premise, a Victorian-era party, titled personages, the Queen herself, and a purloined chalice. And Oscar Wilde! Now that we have all of the moving parts I can hardly wait for the plot to thicken!

    • Jose Carlos
      Publicado a las 05:44h, 02 octubre Responder

      Hi Paula!
      Bienvenida de nuevo. Muchas gracias por tu comentario. Creo que Barnaby es un personaje muy polifacético. Iremos descubriendo muchas cosas de él a lo largo de este año en el blog.
      Espero que os guste, tanto como a mi, aunque este tipo de comentarios me ayudan a saber qué es lo que os gustaría conocer de él.
      Un abrazo.

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