CORAL Y SUSSIE. DOS PODEROSAS RAZONES EN EL TREBOL.

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Tenía que reconocer, que jamás había disfrutado de una belleza semejante, de un exotismo tan claro. Ni siquiera la belleza de Sarah o de la propia Anna, eran comparables a la magia que atesoraba el rostro de esa niña.

Al momento caí en la cuenta de que se trataba de Coral. De la famosa Coral, no podía ser de otra manera.

En ese instante, y sin poder apartar los ojos de ella, sentí algo difícil de explicar, una mezcla irrefrenable de ternura y deseo recorriendo mi interior.

Por un lado, deseaba tener a esa niña para mí, sólo para mí, y sobre todo al recordar que era flor primera, que nadie más había podido disfrutar aun de los manjares que la adornaban. Pero recordé la historia que de manera somera me había aproximado Glenn, y al contemplar ese rostro triste, escondido tras una sonrisa impostada, sentí la necesidad de protegerla de alguna manera.

Era extraño ese sentimiento, algo desconocido para mí. Quizá me encontraba algo sensible aún por lo sucedido en la calle.

En esos pensamientos me encontraba cuando Duncan llamó mi atención.

  • ¿Fuma Sr. Barnaby?
  • Alguna vez, pero he de reconocerle que el humo me resulta del todo desagradable. Prefiero el rapé –dije sacando de un bolsillo interior mi cajita de rapé.
  • También le puedo ofrecer –levantó la mano y Coral acudió ante nosotros solícita. Al ver mi cara, Duncan, comentó.- Sr. Barnaby, uno de los placeres de esta casa. Puede verlo y elegir lo que guste de la caja. El resto, de momento sólo se encuentra al disfrute de la vista y de la imaginación de aquellos que lo han contemplado alguna vez. Este ángel es Coral. Mi joya más preciada.
  • Encantado señorita –dije sonriendo de manera cortés consiguiendo que sonriera de forma tímida. Me levanté y coloqué la caja que llevaba en las manos sobre la mesa, para besar su mano de forma delicada.
  • Un placer caballero –dijo ella sin mirarme a los ojos.
  • Por un momento Sr. Duncan pensé que iba a ofrecerme a la portadora de la mercancía, mas que la mercancía en sí misma. Hubiera sido, sin duda, el mejor ofrecimiento que hubiera podido hacerme de cuanto aquí se encuentra.
  • Lo sé. Mucha gente importante, ha hecho comentarios semejantes, pero digamos que Coral, queda fuera de sus posibilidades. Coral, está reservada únicamente para una practica, y no creo que le guste Sr. Barnaby.
  • No me subestime –dije mirándole fijamente a los ojos y esbozando una pequeña sonrisa – No suelo desistir cuando algo me gusta de verdad. De momento, y si a su protector no le parece mal, me gustaría que la señorita Coral, se quedase con nosotros sentada a la mesa.
  • Eso tiene un coste elevado Sr. Barnaby.
  • Le he dicho, que no me subestime Duncan – poniendo de nuevo el abultado fajo de libras encima de la mesa- si le parece bien, vamos a terminar esta copa y la conversación que teníamos y tras ello si no le parece mal, me enseñará lo que puede ofrecerme usted, y yo le contaré como puedo compensarle yo. –y con un amplia sonrisa en el gesto enarcando una de las cejas, he cogido del interior de mi chaqueta otro fajo de libras y sin ponerlas encima de la mesa he dejado que las viera para dejar claras mis intenciones.
  • Barnaby, he de reconocer, que es usted un hombre de poderosos y grandes argumentos – tras lo cual hemos empezado ambos a reír. Él de forma estridente, yo sin muchas ganas, más pendiente de contemplar la belleza de Coral, que se había sentado a mi derecha.

Tras la conversación y al apurar los vasos en su contenido, Duncan me mostró el local. Yo ofrecí cortésmente mi brazo a Coral, y atravesamos el local, con el rubor en la cara de ella, y las miradas de los que allí se encontraban, clientes y trabajadoras.

En la parte de abajo, se abrían las estancias pequeñas en las que un cliente podía disfrutar de un baile privado con alguna de las chicas en las que, ella, se quitaba poco a poco la ropa para el cliente, y dejaba que le sobase incitándole de alguna manera a llegar a algo más, siempre con el sobre coste que eso conllevaba. Los cojines en el suelo, permitían al cliente acomodarse de manera que la mujer siempre quedaba alzada a su vista, con sus atributos femeninos bien a la vista.

Todas las estancias eran semejantes, y todas separadas por la cortina tupida que impedía a los que estaban fuera poder ver lo que sucedía en el interior.

Pasamos ante dos escenas diferentes, sin que Duncan tuviera reparo alguno en mostrarme el interior con las personas dentro, con su indiferencia, y la naturalidad de Coral y del propio propietario ante las escenas.

Al final del local y justo por debajo de las escaleras que daban acceso a la planta superior se abría otra estancia pequeña con apenas tres mesas en las que se jugaba a las cartas con fuertes sumas de dinero, según comentó el propio Duncan. Una de las mesas del fondo permitía jugar a los dados.

Las chicas no faltaban, y tampoco los trabajadores del local controlando las distintas situaciones que podían darse.

La parte superior era la parte más privada del local. Distintas habitaciones para distintos usos. En todas ellas se podía disfrutar del opio, como en los fumaderos específicos que había podido disfrutar antaño en mi juventud en Londres.

En un instante, Duncan se acercó a uno de los trabajadores que portaba una bandeja y le dijo algo al oído. El hombre asintió y corrió escaleras abajo. Coral seguía de mi brazo, agarrada de manera delicada. Mirando sin decir una sola palabra a un lado y otro, con esa media sonrisa melancólica imprentada en su rostro angelical.

Mostró las estancias que se encontraban vacías pero no las que no lo estaban. Esta vez si que procedió a respetar la intimidad.

Al terminar Duncan se dirigió a mí y preguntó.

  • ¿Y bien?
  • ¿Bien qué?
  • ¿Qué va a ser? ¿Qué es lo que le apetece?

Miré a Coral, y luego le miré a él.

  • Creo que ambos sabemos lo que me apetece. No soy hombre de repetir mucho las cosas. Créame.
  • Eso no puede ser en este momento, Sr. Barnaby. Coral, tiene comprometida su presencia para otro menester en este momento. No obstante, si me permite,  me he tomado la libertad de preparar para usted algo que sin duda le gustará tanto o más. – Y abrió una de las puertas cuando llegamos casi al final del pasillo.

En el interior de la estancia se encontraba Sussie, entre penumbras. El pelo suelto, tumbada en un rincón decorado a la forma oriental. Con los zapatos puestos, y su ropa interior como única vestimenta. Entre sus piernas una pipa de la que fumaba de manera sensual tirando el humo lentamente de su boca.

Me acerqué al hombre que socarronamente sonreía creyendo ganado su duelo de ofrecimientos.

  • Cuando acabe en esta empresa, usted y yo, debemos hablar de Coral.
  • Coral no está en venta Sr. Barnaby.
  • Todo está en venta, querido amigo. Créame. Y usted debería saberlo mejor que nadie.

La puerta se cerró a mi espalda. Esto es lo que escondía el piso superior para mí. La mirada que anteriormente me había cautivado.

Lo que Coral me provocaba era ternura, no deseo, era un instinto quizá de protección pero no el depredador que aparecía al contemplar la mirada de una mujer como Sussie. El deseo escondido tras el desdén, labios sensuales, humeando en ese mismo instante con la pipa colocada de forma estratégica entre las piernas, custodiando a modo de guardia el tesoro más codiciado por los clientes del local con peor fama entre las personas de bien de Bristol.

Ella era una provocación en sí misma, con esa prenda mínima tapando lo evidente. Pero no podía alejar de mi cabeza, el plan que  había trazado de alguna manera para intentar sacar de ese lugar a Coral. Arrancar de las manos de ese sátiro de Duncan al delicado ángel que era esa niña triste.

No podía echar a perder esa empresa por puro placer. Aunque, quizá su tía podría ayudar a cumplir con el objetivo.

  • ¿Se va a quedar ahí de pie, o va a venir a disfrutar conmigo de este delicado elixir? –La miré sin decir nada – Está bien. Si no viene usted a mí, tendré que ir yo a usted. –Y tras poner una vez más la pipa entre sus labios se levantó lentamente caminando hacia mi posición, dejando ver su cuerpo, sus pechos y su piel blanca. Llegó hasta mi posición y dejó escapar de su boca el humo haciéndolo llegar a mis labios al tiempo que ponía sus manos en mi pecho y las subía hasta los hombros para despojarme con movimientos muy lentos y aprendidos la chaqueta. En ningún momento rehuyó el contacto con mis ojos, es más, ella también lo buscaba de manera constante, y había algo en ellos que me atrapaba. Como si quisieran decirme algo. Algo que sus labios no podían decirme.
www.theelegantpussy.blogspot.com.es

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CONTINUARÁ…

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
3 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 17:21h, 27 febrero Responder

    Hola Jose, si no es Coral es Sussie, por lo menos lo va a disfrutar de eso seguro jejeje.
    Abrazo!!

    • Jose Carlos
      Publicado a las 08:58h, 01 marzo Responder

      Hola Ale. A lo mejor nos sorprende nuestro Charles, ya sabemos lo impredecible que es, cualquier cosa puede salir de su chistera.

  • SUSSIE, DESEO, SOBERBIA Y LECCIONES DE VIDA - EscriViviendo
    Publicado a las 20:32h, 05 marzo Responder

    […] el relato anterior, dejamos a Charles Barnaby penetrando en el interior de la habitación en la que se encontraba […]

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