CUADERNOS DE VIAJE DE SIR CHARLES BARNABY NOLAND

En estos últimos tiempos, la literatura erótica, ha vuelto a ponerse muy digamos de moda, tras los escarceos del bueno de Grey por el panorama literario. El cine, como no puede ser de otra manera cuando se huele un gran éxito de taquilla con un tema “tabú” y de critica, ya se ha hecho con los derechos para recrearla en el celuloide. Cierto es, que desde el propio Marques de Sade, o las crónicas de Casanova, por citar algunos ejemplos, ha sido un tema recurrente a la imaginación, y con cierta inclinación a ser tratado con exquisitez, al menos esto pienso yo.

Por ello, inicié desde algún tiempo, cautivado por el juego que da la mente a este tipo de escenas, las aventuras de un noble inglés a finales del siglo XIX en sus viajes a lo largo del mundo, y sus aventuras y desventuras con distintas compañeras y algo más, buscando a alguien, pero sobre todo buscandose a sí mismo.

En esta ocasión, tan sólo os voy a dejar con un pequeño fragmento, espero que os guste, si es así, tan sólo teneos que hacérmelo saber, y por supuesto intercalado con otros escritos iremos rebelando desde aquí los distintos y apasionantes momentos de Sir Charles por la geografía mundial y sus distintas situaciones.

cortesia de photopin

cortesia de photopin

Que os divirtais, y sobre todo…Imaginad, es gratis. 😉

“…Entré en el compartimento de nuevo, los ronquidos de Robert seguían teniendo la misma potencia. Sara se había acomodado y había apoyado su cabeza en un pequeño cojín que sujetaba contra la pared, y se había cubierto con una manta de viaje que no disimulaba las curvas de su joven y bien formado cuerpo. Había desabrochado los tres primeros botones de su vestido, para tener mayor comodidad, supuse, y dormía aparentemente con gran placidez. Exactamente igual que su marido que no había variado un ápice su postura inicial y que con la boca abierta daba enormes resoplidos. No sé cómo, Sara, podía haber conciliado el sueño con tanta facilidad.

tren antiguo

Me despojé de la chaqueta, y desabroché el primer botón de mi camisa al tiempo que aflojaba el nudo Windsor de mi corbata. Cogí la manta que estaba perfectamente doblada a mi lado y la puse por encima de mis piernas.

No podía dejar de mirar a Sara. Sabía que era una estupidez y una osadía sobre todo estando su marido en la misma habitación, pero deseaba a esa mujer. La desee desde el primer momento en que la vi allí sentada sobre el frio anden con su aprendida elegancia y su lengua arrogante.

Atuse mi melena morena e imaginé a Sara con su cabellera desatada al viento al borde de un rio, con su bello cuerpo desnudo, y sus brazos extendidos, susurrándome suavemente “ ven, ven conmigo amor mío”.

Noté cómo un sudor frío recorría mi espalda de arriba abajo. Tragué saliva de forma atropellada, y percibí como mi miembro crecía ante el espectáculo que mi imaginación me procuraba. Llevé las manos a mi bragueta, no era comprensible mi actitud, ni yo mismo entendía como mi cuerpo estaba reaccionando de esa manera, debía reportarme, no era propio. Me removí en el asiento y traté de tranquilizar mi respiración, para devolver a mi corazón a un compás lógico. Miré la cara de Sara, era una auténtica ninfa, un regalo de los dioses.

Debía estar muy imbuido en mis pensamientos porque casi no me di cuenta de que Sara había abierto sus preciosos ojos y me miraba fijamente. Quedé paralizado y sólo acerté a mantener la sonrisa en mi cara, una sonrisa que había permanecido allí desde que había regresado a la cabina.

Sara se incorporó suavemente, con mucho cuidado, grácil, como si de una gata se tratase, y miro a su marido, que seguía profundamente dormido. Súbitamente, giró de nuevo su cabeza y me miró fijamente desde el centro de la habitación. Dio un paso al frente y adelantó su brazo izquierdo hacía mi cara que todavía no salía de su asombro. Su palma recorrió mi mejilla, sentí su calidez por todo mi cuerpo, de ahí pasó a mi pelo con el que jugó ensortijándolo, moldeándolo a su gusto. Noté como mi pulso se aceleraba y como un ardor desconocido se adueñaba de mi cuello poco a poco y subía por mis orejas y mis mejillas.

Sara cuidadosamente se subió a horcajadas sobre mí cuidando escrupulosamente de que su negro vestido no quedase enganchado en ningún lugar. Su dedo índice recorrió integro el perfil de mi cara y se posó en mis labios, ligero, suave, dulce, y ellos obedecieron sin dudarlo su mandato y se aproximaron presos a besarlo, mientras el índice de la otra mano se alzaba rápido hasta su boca señalando un gesto cómplice de silencio sin dejar de mirarme a los ojos fijamente, cautivadora y mágica.

Sus labios se posaron en mi cuello, y todo yo me estremecí. Nunca había sufrido tal intensidad y calida prestancia sobre mi piel. El perfume que había esparcido se mezclaba con su embriagadora agua de rosas, y me dispuse a besar su cuello con pasión al tiempo que mis manos asían sus caderas sensuales, pero su mano izquierda me lo impidió ante mi asombro, y una pequeña mueca de sorpresa.

Ella tenía el dominio de la situación, siempre lo había tenido, ella decía y decidía cuando y cómo, y su lengua experta recorrió en círculos todo mi cuello, siguiendo arriba y abajo el movimiento entrecortado de mi nuez entre mi frenético acaloramiento.

Mi miembro gritaba enloquecido y pugnaba por salir de su refugio presto en busca de su presa, pero era ella quien seguía marcando la pauta, ella diría cuando era su momento, cuando podía recrearse en su placer.

Su boca se precipitó en la mía en un cálido beso, y su lengua exploró cada uno de los rincones de mi interior. Jamás había experimentado tal maestría en el besar. Mientras sus manos desabotonaban mi chaleco y mi camisa y penetraban en mi cuerpo como agujas, estremeciendo aun más, si ello era posible, mis sentidos.

Mis manos volvieron a desobedecer mi mente, y se dejaron llevar, para buscar espontáneas sus provocativas nalgas y sus prietos muslos, y la mujer se mordió casi al momento el labio inferior en un indudable gesto de placer.

Su experta mano buscó entonces ávida de deseo mi bragueta, mientras yo me abría paso a duras penas entre los botones de su vestido para dejar al descubierto su corsé que apenas podía contener sus generosos pechos, dulces, como cántaros de miel. No hizo falta quitárselo, mi boca y mi lengua se lanzaron sobre ellos, como un lobo sobre un tierno cordero, mientras ella jugaba con mi erección a su antojo haciendo que mi cerebro diese ordenes de manera acelerada para que mi corazón bombease más sangre a regar aquella zona con celeridad. Mi bolsa testicular fue agarrada con fuerza pero con ternura al mismo tiempo, y de mi boca se escapó involuntaria una exclamación que se vio cortada de raíz con un largo beso.

Ambos miramos al tiempo hacia el lugar donde Robert se encontraba esperando que no hubiese despertado con mi imprecación, pero para alegría nuestra eso no había sucedido.

Mis manos levantaron su vestido y su combinación y rasgaron las últimas telas que impedían que la penetrase. Ella asió con fuerza mis cabellos prestándose solicita al envite, facilitando de esa manera ser conquistada.

Inundé sus paredes, con un fuerte empuje que la hizo suspirar de placer, mientras yo cerraba los ojos y cogía grandes bocanadas de aire de la manera más silenciosa que era capaz, para acelerar los movimientos que ella facilitaba subiendo y bajando, como si de una danza se tratara, sobre mi miembro.

El calor de su interior y frenesí de sus fluidos corporales no era comparable a nada de lo que anteriormente había podido experimentar. Sara se llevó su puño derecho, pequeña escultura de mármol, a la boca y la mordió con fuerza, mientras yo podía comprobar cómo llegaba al orgasmo, y la estreché contra mi pecho con toda la fuerza que pude reunir.

Lo alcanzó aun otra vez más antes de que su otra mano tapara mi boca para evitar que mis jadeos nos delatasen, y derramé toda mi pasión en su interior desbordándome de una manera insospechada, cálido, fluido e ingente, al tiempo que conseguía de nuevo que ella volviese a alcanzar el éxtasis. Fue un orgasmo de dimensiones heroicas, pude comprobar cómo el tiempo se paraba en ese mismo instante, concediéndonos a ambos la eternidad para disfrutar de nuestras miradas satisfechas, sinceras, cómplices, y serenas al mismo tiempo. Sara me abrió las puertas del disfrute verdadero, y una vez que hubimos terminado me rodeó con sus brazos amorosa y me beso apasionadamente, como si de toda una vida se tratara, y quisiera legármela con ese gesto.

El poso que ese comportamiento dejó en mi interior, creo que fue algo parecido al amor. Después, colocó sus ropas y las mías de forma diligente y regresó con tranquilidad a su sitio, como si nada hubiera ocurrido. Cuando desperté, tanto Robert como Sara seguían durmiendo. Miré a Sara, sonreí, su rostro tenía un brillo diferente, pero no se notaba en sus ropas nuestro morboso encuentro nocturno. Por mis ropas tampoco se dejaba sentir el mismo, salvo por la húmeda sensación que en mi ropa interior podía sentir, huella imborrable del desahogo de una erección profunda.

El tren llegó a Cardiff finalmente, y ayudé al matrimonio Walker a bajar su equipaje hasta el mismo andén donde un mozo imberbe se cargo de él.

Ya allí, me dispuse para marchar, no sin despedirme antes por supuesto de manera cortés. Estreché la rechoncha mano de Robert, el cual expresó su deseo más sincero de prosperidad en mis negocios. Deseo que evidentemente  hice extensivo a los suyos. Rebuscó entre sus ropas durante un instante ante la atenta mirada de su esposa, y me entregó una tarjeta con su nombre y dirección.

–        Aquí puede usted encontrarme para lo que necesite, Sir Charles, no dude en acudir a mí, con mucho gusto le ayudaré en lo que en mi mano pueda estar.

–        Muchas gracias, Sr. Walker, igualmente le digo- respondí cogiendo la tarjeta que me ofrecía amablemente. Yo rebusqué también en el bolsillo interior de mi abrigo, y tendí una de mis tarjetas de visita a Robert Walker.

El viejo empresario se dio la vuelta con el bastón al aire y con grandes aspavientos le gritaba al mozo “chico, chico, cuidado con esos bultos, contienen artículos frágiles”.

Sonreí de nuevo y miré a Sara. Me tendió su mano enguantada, que recogí con mi mano derecha y besé suavemente, después de quitarme el sombrero y hacer una leve inclinación, entre admiración, respeto, y coquetería.–        Sin duda, ha sido un enorme placer Sara Walker- confesé parando lentamente el ritmo de mis palabras a la mitad de la frase.

–        Igualmente, Charles Barnaby- respondió con una leve y pícara sonrisa sin dejar de mirarme a los ojos con la inmensidad de su azul- confió en que podamos volver a encontrarnos Sr. Barnaby.

–        Sería muy gratificante. Veremos si el destino nos lo permite- contesté mientras me atusaba el bigote.

Y Sara siguió los pasos de su marido. Cuando se marchaba pude darme cuenta de que un pañuelo caía lentamente al suelo. Rápido acudí a recogerlo, era un pañuelo de fino lino bordado con unas pequeñas flores. Llamé a Sara entre el gentío del andén para devolvérselo, pero no respondió. Miré el pañuelo y tenía un nombre y un número escrito en el mismo en tonos encarnados, sin duda habría sido escrito con un pincel para maquillar los labios. Volví a mirar hacia el lugar por donde había desaparecido, y su figura se encontró a lo lejos, estática, mirándome, guiñó uno de sus ojos y posteriormente desapareció.

Me llevé el pañuelo a la nariz y pude oler el perfume de Sara, agua de rosas, cerré los ojos, apreté el puño contra el pecho cerrándolo con el pañuelo dentro. Me estremecí con mis pensamientos. Giré sobre mis pies, y continué mi camino por el andén hacia la salida…”

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
6 Comentarios
  • Su
    Publicado a las 21:26h, 24 enero Responder

    Cuando viaje en tren… pensaré en Charles y Sarah.
    Sensualidad y buen gusto es un tándem que es difícil de manejar y tú lo desarrollas con una enorme habilidad… seguiré ávida las andanzas de Sir Charles.
    Gracias por tu blog, sigue escribiendo o escriviviendo por favor¡¡¡

    • Jose Carlos
      Publicado a las 10:07h, 26 enero Responder

      Muchas gracias por tu comentario Su, y por los ánimos, desde luego que seguiremos “escriViViendo” una forma de vida no puede desaparecer por que sí.
      Nos seguimos viendo por aqui, y por otros blogs. 😉

  • Cuadernos de viaje de Sir Charles Barnaby Noland: Un gran amor imposible. | EscriViviendo
    Publicado a las 08:38h, 01 febrero Responder

    […] una mueca de agradecimiento que correspondí buscando su ilusión con mis dedos, acariciando su sexo, hundiéndose en su interior provocando un gemido […]

  • SOY PAPA NOEL POR UN DIA Y ME CONCEDO DESEOS: MIS 8 DESEOS DE 2014. | EscriViviendo
    Publicado a las 17:53h, 25 febrero Responder

    […] ACABAR POR FIN MI NOVELA. Charles Barnaby, llegó a mí hace algún tiempo. Un tiempo en el que todavía era más prolífico en mis escritos […]

  • tamara
    Publicado a las 14:20h, 15 abril Responder

    lo he descubierto y me ha impactado por eso lo he buscado. te felicito
    interesante, evocador y muy inglés, buenas sensaciones

    • Jose Carlos
      Publicado a las 15:26h, 15 abril Responder

      Muchas gracias Támara, por pasarte y comentar. Agradecido porque la ambientación te parezca la adecuada y evoque. Es la intención.

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