CUANDO LAS COSAS PARECEN IMPOSIBLES Y LA REALIDAD LO HACE POSIBLE

imagen cogida de google images

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Miré por el ojo de la cerradura. Era la segunda vez que me levantaba del sillón para tratar de entrar en el baño.

Estrella llevaba dentro más de cuarenta y cinco minutos.

No contestaba desde el interior del mismo y comenzaba a preocuparme. No nos conocíamos demasiado porque hacía tan sólo unos meses que había decidido alquilar la habitación que tenía vacía.

Cuando comencé la universidad, mi padre no puso ningún reparo en que viviera en la antigua casa familiar en lugar de en un Colegio Mayor siempre y cuando estudiase y trabajara al mismo tiempo para costearme mis gastos y los que ocasionase en el piso.

Me pareció mejor idea, en lugar de trabajar, alquilar a espaldas de mi familia una de las habitaciones y con ello tener el dinero suficiente para mis gastos compartiendo los que originásemos en la misma.

Estrella no hizo preguntas. Perfecto. Necesitaba una persona así. Le expliqué mis motivos previamente anticipando una posible y desagradable visita de mis progenitores. Con esto podía tener una coartada que me ayudara a salir del apuro.

¿Cuál era la excusa prevista?

Era mi pareja. Nos conocíamos de la Universidad y habíamos decidido dar el paso de vivir juntos para conocernos mejor.

-Soy profesora de la Universidad y te saco ocho años. ¿No crees que tus padres se olerán algo? –preguntó Estrella al planteárselo.

-Mis padres con tal de ver un atisbo de que su hijo sienta la cabeza ni se planteará tu edad. Ni siquiera se planteará la mía, con eso te lo digo todo. Además, no parece que tengas la edad que tienes.

Le pareció correcto, y un día después sus verduras frescas y sus frutas se mezclaban en el frigorífico de casa con mis cajas de comida preparada, las cervezas y los tupper de mi madre.  

Nuestros horarios apenas coincidían en casa por lo que prácticamente no hablábamos. Éramos dos extraños que compartían piso. Su paso por casa los días de semana se dividían entre las tardes en las que pasaba cargada de libros mucho más grandes que sus delgados brazos mientras yo la saludaba desde el sofá agarrado al mando inalámbrico de mi Play Station, y algunos fines de semana en los que sus pantalones vaqueros pitillo remangados con una vuelta a la altura del tobillo se cruzaban en el salón con las voces que yo y algunos amigos le dábamos a la televisión visionando algún partido de futbol entregados a las cervezas.

En esos instantes, su saludo cortés ayudaba a que su mirada se mezclase con la mía desde la parte posterior de los cristales de sus gafas de pasta negra.

-Estrella, por favor, no aguanto más. Necesito entrar al baño. Me estoy meando.

No contestaba. Golpee nuevamente la puerta con la palma de la mano. Las puertas de los pisos antiguos de las capitales de provincia mantienen aquellas cerraduras que permitían ver el interior de las habitaciones. Allí estaba ella, sentada en el wáter, meciendo su cuerpo hacía delante y hacía atrás con las palmas de las manos en su cara y los codos apoyados en las rodillas.

Su cuerpo sólo cubierto por la braga y el sujetador a juego, cuyos tirantes colgaban de sus hombros.

-¿Te ocurre algo? Ábreme la puerta y hablamos si quieres. Pero primero déjame mear tía, por que no aguanto más. Te aviso, si no me dejas pasar voy a tener que hacerlo en el fregadero de la cocina, y yo no soy el que limpia sus verduras ahí. –ante mi amenaza vi como se levantaba como un resorte y cogía la toalla que tenía encima del lavabo y se la ataba al pecho para cubrir su cuerpo y se acercaba a la puerta.

-Eres un cerdo. Seguro que serías capaz –dijo abriendo la puerta poniendo su cara frente a la mía. Estaba congestionada, los ojos hinchados, muestra de haber estado llorando por un largo tiempo.

-Pues si no me hubieras abierto, créete que lo hubiera hecho. Llevas más de una hora ahí encerrada.

-Es lo malo de tener solo un baño en una casa. Luego ocurren estas cosas.

-Eso ya lo sabías cuando decidiste quedarte.-pasé al interior rozando mi hombro con su hombro izquierdo, fijándome en el comienzo de sus pechos que se apretaban en el nudo de la toalla ajustada al sujetador para no caer- sólo es un segundo de verdad ,y por mí como se te quieres quedar allí toda la noche –dije cerrando levemente la puerta tras de mí.

Estrella apoyó su espalda en uno de los laterales de la puerta con una mezcla de amargura y orgullo ante la respuesta que su joven y despreocupado inquilino le acababa de dedicar.

Sus pensamientos, sus miedos, sus miserias, su vida, su situación la realidad que le asistía de una manera tan injusta a su parecer con ella se apoderaban de su día a día cada vez con una mayor frecuencia.

¿Dónde quedaban los sueños con los que inició su carrera de Historia? ¿Dónde sus sueños de convertirse en una escritora famosa tras terminar el doctorado y acceder a su plaza como asociada en la facultad?

¿Y Pier? ¿Y Paris?

Y ahora ese joven díscolo, alejado de todo lo que ella entendía como lógica de la vida se permitía el lujo de sacarla de sus miserias. Ni siquiera podía disfrutar de un baño entre sus lágrimas. Ni siquiera podía mirar la tortura de su cuerpo mortificado ante el espejo. Ese cuerpo que nadie poseía desde hacía tantos meses. Ese cuerpo que nadie abrazaba en las noches de sábado delante de una película comiendo palomitas de maíz. Ese cuerpo junto al que nadie quería acurrucarse cada noche al amparo de una escasa luz que diera magia a las historias que se cuentan en los libros.

Entregada a su oscuridad un acto reflejo llevo a su mano izquierda a tocar la puerta que se cerraba suavemente para permitirle intimidad a Mario, que así se llamaba el joven alocado. Miró de soslayo, en la distancia que su hipermetropía permitía, esperando no ser descubierta como desabrochaba los botones de su pantalón vaquero y con sus manos buscaba en el interior de su bóxer su sexo para aliviarse.

Mario echó la cabeza hacía atrás respirando hondo y dejando salir el orín que golpeaba con fuerza en el agua, aliviado al tiempo que pronunciaba gruesas palabras que retumbaban en los oídos de Estrella.

Ella se descubrió fantaseando con el sexo de su compañero entre sus manos. No le atraía especialmente. No lo conocía. Por supuesto no se acercaba ni un poquito a la inteligencia de Pier, a su cultura, a su misterio, a su conversación interesante, a todo aquello que la aportaba felicidad detrás de sus cenas con un buen vino tinto. Pero también estaba segura de que ni de lejos podía ser tan cabrón como era Pier acostándose con todas las mujeres que se ponían a su alcance, entregadas a su mano por el flequillo plateado y los versos pronunciados por su voz grave en ese acento francés tan cautivador.

-Todo tuyo. Ya puedes continuar. –dijo Mario señalando con la palma de la mano extendida.

-Gracias –dijo Estrella ruborizándose levemente, pensándose descubierta en sus pensamientos por él.

-¿Estás bien? –volvió a preguntar Mario poniendo su mano en el antebrazo de Estrella- ¿Quieres que hablemos?

-¿Ahora somos amigos? –contestó secamente Estrella- Lo nuestro es fantástico hemos pasado de compartir piso con mi casero, a ser pareja virtual para el caso en el que tus papis quieran hacer una visita rápida, pasando por ser completos desconocidos, y ahora un intento de ser personas que se preocupan unas de otras. –dijo tras una sonrisa mezclada de amargura quitando de un gesto rápido su brazo del contacto con Mario, al saber descubierta la cicatriz de su muñeca.

-De acuerdo tía. Tu misma, a mi me da lo mismo. Por mí como si por ahorrar agua quieres ducharte con tus propias lágrimas.

-Eso que acabas de decir, hace que aparte de ser un cerdo, te conviertas en un cabrón. Como todos los tíos. 

-A lo mejor es eso lo que te pasa. Pero sólo te voy a decir una cosa. Ni todos los tíos somos unos cabrones, ni todas las tías sois unas putas.

Ante esa respuesta Estrella le cerró la puerta en las narices a Mario y apoyó su espalda en la puerta respirando de manera profunda al tiempo que del otro lado escuchaba decir a Mario:

-Tienes un carácter muy chungo tía. Me estoy pensando decirle a mis padres que estamos en crisis y vamos a romper.

-No serías el primero que lo hace.

-Por que hay mucho gilipollas por ahí que no sabe lo que tiene.- contestó Mario alejándose de la puerta de nuevo hasta el salón.

Estrella se sintió sorprendida por la reacción de Mario y esbozó una leve sonrisa halagada de alguna manera por el piropo improvisado que le acababa de dedicar.

Me dejé caer de nuevo en el sillón pensando en lo que acababa de decirle a Estrella. Por primera vez pensé en ella como una mujer. Como una mujer, y no como mi inquilina, o como la persona que me daba la coartada perfecta para vivir la vida alocada de universitario que quería vivir.

Cogí una revista mientras no podía apartar de mi mente el tacto de la cicatriz que había descubierto en su muñeca. Cada imagen de la revista era una imagen de esa cicatriz, de los hombros desnudos de Estrella, de sus clavículas, de su pelo moreno y de su flequillo cortado de forma recta. Era una mezcla ente Amelie y Uma Thurman en Pulp Fiction.

Me pregunté por un momento breve ¿qué estás haciendo?

La respuesta fue rápida, la imagen de Estrella haciendo sus ensaladas en la cocina mientras una rara y envolvente música francesa sonaba en la cocina, y yo cogía una cerveza más de la nevera cruzando mi mirada con los cristales de sus gafas tristes.

Me preguntaba como sería un café con Estrella, como sería una conversación más allá de las borderias que tan amablemente nos dedicábamos de forma habitual, salvo cuando tenía que pagarme el mes de alquiler.

Me preguntaba como sería una sonrisa suya. Me preguntaba qué habría tras ese sujetador caído y esas braguitas a juego. Y entre tanta pregunta me descubrí con una excitación incipiente.

Moví en el aire la mano derecha para espantar esas imágenes de mi mente enferma.

Luego de manera repentina me vino a la mente de nuevo la cicatriz de la muñeca y a Estrella llorando amargamente sentada en el baño y el estómago me hizo sentir un vértigo, una señal de peligro que me impulsó a levantarme de nuevo de un salto y dirigirme a la puerta del baño.

Estrella sonrió levemente al escuchar a Mario golpear de nuevo la puerta. Sus presentimientos se volvieron ciertos. Algo en su interior la decía que aquel joven vendría a buscarla.

-¿No me digas que tienes que volver a entrar? –dijo dejando caer al suelo el sujetador.

-No, lo que no quiero es que hagas ninguna tontería.

-¿De qué estás hablando ahora? –contestó sintiéndose observada desde el otro lado de la puerta por el ojo de la cerradura quitándose las bragas y dejando su culo desnudo a la vista de Mario.

-De que…-le tembló la voz a Mario al otro lado- ¿de que por qué no sales un segundo y hablamos?

-Yo creo que ha llegado el momento de no hablar tanto y hacer algo más –se sorprendió respondiendo Estrella enarcando las cejas.

Unos segundos de silencio entre ambos en los que Mario contemplaba la desnudez de una mujer joven y experimentada en el otro lado de la puerta moviéndose suavemente delante del espejo del baño, haciendo que sus manos recorrieran las líneas de su cuerpo, fijándose en las letras de la frase tatuada en el interior de sus muslos:

“Me volví loca con largos intervalos de horrible cordura”

Mario sintió el calor ascendiendo desde el cuello hasta sus orejas.

-¿Sigues ahí? –preguntó Estrella con intención.

-Si –contestó Mario sin atreverse a decir más.

-Bien-dijo con decisión la mujer acercándose a su neceser y sacando una cuchilla de su interior.

-¿Qué vas a hacer? –preguntó alzando la voz Mario- ¡No hagas ninguna gilipollez o tiro la puerta abajo eh Estrella!

-Eso sería muy romántico Mario.

-¡No me jodas, en serio!

Estrella cogió la espuma de afeitar de Mario y la enseñó agitándola en el aire en dirección a la puerta al tiempo que guiñaba un ojo.

De manera suave, ligera, como si de una suave brisa se tratara en sus movimientos, aplicó la espuma sobre su sexo y con la mano izquierda haciendo círculos esparció la misma aplicándola de manera uniforme por la totalidad de su vello púbico.

Mario notaba como su sexo crecía en el interior de sus vaqueros y el calor ahora ya era presente en su rostro, y en el pecho mientras permanecía agachado sin perder detalle de lo que sucedía en el interior del cuarto de baño, entre confundido y claramente excitado, dudando entre parar de hacer lo que estaba haciendo o pedirle a Estrella que abriera la puerta para poseerla de manera brutal allí mismo.

¿Qué había provocado que en apenas dos minutos aquella mujer fría y distante se hubiera transformado en un volcán tan ardiente?

Vio como se sentaba de frente a la puerta y abría sus piernas delgadas y blancas, alzando las puntas de sus dedos y encorvando su cuello hacía atrás al tiempo que pasaba una mano por sus pechos menudos pero firmes, de pezones pequeños y a su parecer duros. La mano derecha de Estrella portaba la cuchilla, un suave movimiento eliminó parte de la espuma que cubría la parte superior del pubis mientras se mordía el labio inferior de forma intencionada tratando de imaginar la cara de Mario del otro lado de la puerta.

Deseaba provocarle, deseaba saber que quería agarrarla, besarla, penetrarla de una y mil formas, pero sin embargo le tenía controlado al otro lado, sin poder tenerla. Gimió profundo al cortar una parte de la espuma que dejaba libre uno de sus labios vaginales y acompañó el movimiento acariciando con sus dedos el mismo separándolo, dejando ver la excitación de su clítoris a su mirón consentido.

Mario llevó definitivamente su mano a la entrepierna y se acomodó como pudo.

-Déjame pasar Estrella –se atrevió a decir finalmente.

-¿Te meas de nuevo?-preguntó ella ronroneando en su tono de voz.

-No, precisamente. Pero quizá puedo ayudarte.

-Aún no.-contestó Estrella.

Suspirando de manera profunda despejó la parte que le quedaba aún por eliminar de la espuma sobre su sexo dejando entrever el tatuaje de una mariposa que acarició sin dudar con la palma de su mano, abriendo aun más sus piernas y dejando que Mario contemplara como sus dedos entraban y salían de su interior buscando la satisfacción de su alma y de su cuerpo. Buscando el contento que tanto tiempo se llevaba negando, y que finalmente había decidido dejar atrás.

Dejó salir finalmente la metamorfosis de su mariposa, aquella que siendo la misma es distinta.

La veía retorcerse en la mitad del cuarto de baño, sensual, atractiva, entregada, tan cerca de mi y sin embargo tan lejos.

En un momento, desaparecieron las distancias en la mente y se convirtió en el mayor de sus deseos, sólo pensaba en poseerla. Jamás volvería a ver a Estrella con los mismos ojos.

Se contempló en esos pensamientos, mirando por la ranura de la puerta con su sexo en la mano moviéndose de manera compulsiva, con dificultades para tragar saliva y respirando de manera agitada en el calor del pasillo.

Escuchó como los jadeos de Estrella se hacían más y más intensos anunciando la llegada de su orgasmo hasta que de manera efectiva, se retorció con la mano cubriendo por completo su sexo, y la otra tratando de recuperar el ritmo de su respiración agitada.

Mario se levantó y se apoyó contra la pared mientras se abría la puerta del baño y veía el cuerpo de Estrella delante suyo.

Dio un paso al frente avanzando sus brazos hacía la mujer que le había hecho perder la razón.

Estrella puso la mano en el pecho de Mario, parando su avance.

-Tranquilo. ¿Te ha gustado?

-Mucho, ¿no me ves? –contestó Mario señalando con la vista a su erección.

-Me alegro –dijo sonriendo Estrella- por que es lo más cerca que vas a estar de tenerlo. –terminó la frase mientras agarraba la barbilla de su compañero de piso y besaba sus labios de manera sensual.

-Pero…-balbució Mario con un gesto de disgusto y confusión.

-Shh,-silenció ella llevándose uno de los dedos a los labios- calla, que esto aun no ha terminado- y dándole una palmada en el culo a Mario sentenció- ahora te toca a ti.

Y cerró la puerta empujando a Mario al interior del cuarto de baño, mientras ella se agachaba a mirar por la cerradura mientras le pedía que se desnudara.   

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Magdalia
    Publicado a las 14:25h, 07 mayo Responder

    Nada que no se resuelva con un buen repaso. Tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se tiene que romper. Éste ya estaba tardando demasiado.
    Un beso.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 08:00h, 08 mayo Responder

      Hola Magdalia. Gracias por el comentario. La verdad es que hay más detrás de la acción de cerrar esa puerta de lo que nos podemos imaginar. Y desde luego, cuando el cántaro se acerca tantas veces a la fuente, o se rompe, o se llena, eso está claro 😉
      Un beso.

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