CUANDO TUVE UN APELLIDO VASCO

Mi padre había venido del norte de España a ganarse la vida después de la guerra a Madrid. 

Un vascongado emigrado como mano de obra cualificada.  Una familia de cuatro personas en un piso pequeño de un barrio de obreros.

Dos niños pequeños, mi hermano y yo, dos habitaciones pequeñas en las que, afortunadamente, pasábamos nuestras penas pintadas de alegrías.

Las sopas de agua con olor a hueso de jamón rancio. Un hueso que podía considerarse como de la familia, por el tiempo que llevaba colgado del clavo que mi padre puso en la pared, y que servía para dar algo de sustancia al agua que mi madre cumplía, con su talento habitual de maga, haciendo aparecer prácticamente de la nada, con algún grano de arroz o algún fideo, que apenas alcanzaba para alegrar el esófago y distraer al estómago.

Mi madre era capaz de eso, y de mucho más. En aquella cocina que se confundía con la sala de estar, el salón y el recibidor de la casa, podía usar la harina conseguida de estraperlo por las pocas relaciones verdaderas que había hecho con algunos vecinos, con las mondas de las dos naranjas que le habían regalado a mi padre por alguna chapuza fuera de las horas de labor que realizaba para gente bien en su casa.

Mi madre picaba la monda de la naranja, con precisión de cirujano, y paciencia de delineante.

La mezclaba con la harina y conseguía hacer unas croquetas magnificas, que eran todo un manjar para mí y para mi hermano.

La casa era oscura, pero mi madre siempre la estaba llenando de luz con sus canciones. Me gustaba sentarme en la silla del comedor, cuando llegaba del colegio con mi hermano, y sin que ella supiera que la estábamos observando, como pequeños ladronzuelos de momentos, escucharla cantar aquellas canciones de nuestra tierra, en vasco, sin levantar mucho la voz, como esa voz de ambiente que suena en una estancia y que no se sabe muy bien de donde viene.

Su pelo recogido, el mandil siempre límpido, y una sonrisa en su cara al descubrir como la mirábamos embelesados con los ojos pillos y la inocencia de quien no sabe por qué no se puede hacer o decir algo. Se acercaba a nosotros y nos advertía con una sonrisa en la boca, de esto ni una palabra a nadie, ya sabéis como las gastan aquí.

Cómo se las gastaban era algo variado. Podíamos observar varias situaciones pero la que más le gustaba a los señores de la policía, era la de llegar a nuestra pequeña casa los fines de semana a horas intempestivas, que podían oscilar entre las dos de la madrugada y las siete de la mañana y despertarnos a golpes en la puerta y voces bien altas de  “Policía Abran la puerta”  para que todo el edificio se enterara bien de que venían a nuestra casa.

Recuerdo como el miedo se nos metía en los huesos cada vez que oíamos mi hermano y yo ese sonido. Mi padre aparecía en la habitación junto a mi madre y nos llevaba con ella a la suya encerrándonos allí y tocando nuestro pelo, dándonos un beso antes de salir a abrir.

Luego comprendí que su miedo era que podía ser el último que nos diera.

En la cocina de casa era habitual que le acusaran de ser miembro de ETA, el movimiento de liberación nacional vasco, y le pusieran la cara como un mapa hasta que les dijera algo de cualquiera de ellos.

Después del ejercicio, se bebían el poco vino que pudiera haber por casa, y hartos de golpear y torturar a mi padre se lo llevaban como traductor de cualquier desgraciado que hablara en vasco y que consideraran que podía ser miembro de la organización.

La última vez cuando regresó de los cuarteles de la DGS, venía con el rostro completamente desfigurado, y las tripas reventadas. Con la sangre coagulada, y mi madre llorando limpiando las heridas le escuché decirla:

  • Tranquila, a nuestros hijos no les pasará esto. No sufrirán más por tener un apellido vasco.

Mi madre asintió.

A las dos semanas cuando pudo volver a levantarse de la cama, repuesto a duras penas de las heridas, cogió nuestras partidas de nacimiento, y en una mañana cambiamos nuestro apellido original por el Jiménez actual.

Recuerdo la cara de mi padre al entrar a ese oscuro piso de un barrio obrero de Madrid, con el libro de familia en la mano, resbalando las lágrimas por su cara amoratada.  

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Erika Martin
    Publicado a las 22:11h, 02 mayo Responder

    Tremenda historia, J.C. Tomar la decisión de dejar tu tierra y cambiar el apellido debe de ser muy complicado para uno. Supongo que es como si estuvieras renunciado a tus orígenes. Un abrazo

    • Jose Carlos
      Publicado a las 08:11h, 08 mayo Responder

      Hola Erika,
      Estoy muy convencido de que todos conocemos a alguien que por diferentes motivos ha tenido que dejar su tierra, para buscar una vida mejor, para sí mismo, o por encontrar oportunidades para su familia.
      No son decisiones fáciles, no encuentras tu lugar nunca, siempre te sientes como un apátrida, y estas en muchas ocasiones sintiéndote señalado, y de más.
      Hay que ser muy valiente, y muy decidido, para salir de tu zona de confort y arriesgarte en pos de una vida mejor.
      Para mi tienen todo mi reconocimiento y mi respeto, y máxime, cuando a día de hoy vemos salpicadas las noticias de desagradables y tristes acontecimientos en el Mar mediterráneo y en otras partes del mundo.
      Si ademas a esto, le unes otras consideraciones como el miedo a ser torturado, vejado, apaleado, o perseguido en tu propio país por la incultura o la poca cabeza de algunos, pues se complica aún un poquito más.
      Muchas gracias por pasarte y dejar tu comentario.
      Un abrazo fuerte.

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