EL DIA QUE EL PRESERVATIVO TUVO ALGO QUE DECIR

MOMENTOS DE PLÁSTICO

Sentados encima de la cama. Desnudos aún, inmersos en un silencio tan incómodo, como el resto de los minutos que habían precedido a ese desde que había ocurrido el accidente.

Él cruzaba las manos y se mordía compulsivamente el labio inferior.

Apenas miraba de soslayo y rápidamente retiraba la vista. Como si el simple contacto con sus ojos, le instara de alguna manera a iniciar la conversación que sabía debían mantener, pero que ninguno iniciaba.

Ella pasaba la mano por su pelo largo, alborotado, con los pequeños pechos al descubierto y el cojín azul bordado de su abuela sobre el vientre, tapando su sexo.

Llevaban mucho tiempo juntos. En el fondo no sería ninguna tragedia, si el desenlace de toda esta historia era el que ambos pensaban. Habían hablado largo y tendido de una situación semejante, ambos estaban de acuerdo, supuestamente.

Pero encontrarse de frente con el problema, no era lo mismo. Pensarlo, especular, debatir e incluso por qué no, hasta juzgar situaciones parecidas en otras parejas de amigos, quedaba ahora muy lejano; cuando te sumergías en la cuestión y debías afrontarla tomando decisiones.

Elena recogía las piernas y apoyaba la barbilla sobre las rodillas suspirando profundo. Su piel blanca, salpicada de lunares, comenzaba a manifestar el frío de la habitación, que poco a poco perdía los grados que alcanzaron entre besos y abrazos.

O quizá era ella que ya se había quedado fría. Fría e indiferente ante el hecho de afrontar algo que no le interesaba afrontar en ese momento. Esperaba quizá una palabra, una acción proveniente del lado derecho de la cama. Una disertación de las que acostumbraba a soltar Alex. Pero ni una mísera palabra. Allí estaba, con las piernas estiradas y las manos sobre su tripa peluda. Ni siquiera había sido capaz de retirarse el preservativo roto de su pene flácido.

Elena no podía apartar de su cabeza el reproche de la verborrea en los momentos menos oportunos, pero ni una en aquellos verdaderamente importantes. Por primera vez en su relación, se planteaba seriamente si no se habría equivocado con Alex.

Por la cabeza de Alex pasaba toda su vida. La infancia con sus amigos, las salidas adolescentes, las fiestas, su carrera prometedora como abogado de prestigio…y sus padres. Sobre todo su padre, delante de él, con el dedo levantado recordándole lo inútil que era, que ni siquiera sabía ponerse un condón. Se sintió humillado.

Pensó también en abrazar a Elena. Decirle que no pasaba nada, que si el desenlace era el que no querían ninguno de los dos; lo asumiría y trataría de ser el mejor padre posible para esa criatura que seguramente a estas alturas se estaba formando ya en el vientre de ella. Que su amor sería mucho más fuerte que ese imprevisto y que adelantarían un poco el tiempo previsto para tener familia, pero que todo saldría bien.

También pensó, mientras esas palabras bonitas resonaban en su cabeza, que con eso se acababa su libertad, sus partidos de fútbol del fin de semana, las salidas de copas, los cines entre semana, las interminables sesiones de televisión de los domingos con las piernas sobre Elena y sobre todo; dormir de un tirón toda la noche.

De repente, sintió como si el pecho se le parara, como si todo el amor que sentía por Elena en un segundo, se hubiera volatilizado. No estaba seguro de quererla. No estaba seguro de amar a la mujer a la que acababa de hacerle el amor.

¿Y si todo era un error, un fatal error? A lo mejor se habían precipitado. Eran muy jóvenes. Elena, hacía pocos meses que había estabilizado su plaza como enfermera en un hospital. Y él, todavía ejercía como pasante en un despacho de abogados.

Se movió sobre su cadera izquierda y cogió aire para hablar, pero de nuevo lo soltó, al cruzar sus ojos con los escrutadores ojos negros de Elena, que esperaban la respuesta que siempre tenía en la boca presta para cada situación. Y en este caso no tenía ninguna. Sólo unas ganas enormes de coger sus vaqueros y salir corriendo por la puerta.

Recordó que habían hablado de la famosa píldora postcoital. No tenía ni idea de que iba eso. Sabía que podían asistir a planificación familiar, que les explicarían todo y se solucionaría para seguir con sus vidas.

Elena era enfermera, ¿por qué no daba ella las soluciones? Seguro que conocía su funcionamiento y los tiempos, a fin de cuentas era su cuerpo.

Él podía desaparecer del mapa y olvidarse de todo, alegando cualquier cosa. Incluso que no fuera suyo. A saber, ¿no? Una debilidad la tiene cualquiera. Podía haber conocido a alguien en el hospital y en un momento de…

Sintió una nausea en el estómago al sorprenderse enfrascado en esos pensamientos. Pero al mismo tiempo, no tuvo dudas de que si acudían a su mente, era porque lo que sentía por ella, no era amor.

–Elena–dijo de repente–esto me ha hecho pensar. No estoy seguro de esto. Creo que debías tomar la píldora del…

–No sigas por ahí Alex–interrumpió Elena levantándose de la cama y poniéndose las bragas que estaban tiradas en el suelo–No debes preocuparte por nada de lo que ha pasado. Sólo estaba esperando tu reacción y ya me lo has dicho todo.

–¿Qué quieres decir cariño?

–Cariño, dice ahora, el muy cínico. Ibas a dejarme, ¡acojonado de mierda!–soltó sin levantar la voz pero marcando cada una de las palabras–. Te ha pasado toda la vida por delante de los ojos, en el momento que has visto el condón roto. Hasta he podido sentirlo como un bastonazo en mi pecho. Se te ha quedado pequeñita y la cara blanca. No sufras, no puedo quedarme embarazada–dijo de sopetón ante la cara de sorpresa de él–. No puedo tener hijos, por mucho que rompas condones a base de no saber ponértelos, ¡inútil!. No es el primero que rompes, ¿sabes? Aunque no te lo haya dicho hasta ahora–continuó Elena atándose el pelo en una cola de caballo y cogiendo de la silla el sujetador–. Cómo no pasaba nada, me hice las pruebas hace dos meses y…soy estéril. Pero lo mío se soluciona adoptando. Lo tuyo es mucho peor, porque lo que tú tienes estéril es el corazón–espetó juntando las palmas de sus manos rompiendo a llorar.

Salió de la fría habitación dando un portazo. Y otro más, al cerrar la puerta de la calle dejando sobre la nuca de Alex, el peso de la culpa, una profunda sensación de vergüenza y la peor decepción que uno puede sufrir, la de uno consigo mismo.

rompe-condón

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Paula
    Publicado a las 03:51h, 29 octubre Responder

    A well-paced story with a nice twist of the plot. And a turn of the screw, too! Good one, Jose! Thank you for sharing it.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 07:15h, 29 octubre Responder

      Hola Paula.
      Muchas gracias por comentar y compartirlo con todos.
      En este caso me he centrado más en las dudas del personaje masculino y he “olvidado” un poco al femenino, pero tenía un por qué. En este caso quien posee la información es ella y no él. Por eso el giro final en la trama.
      Me alegro que te haya gustado y que el ritmo te parezca apropiado.
      Un saludo.

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