EL VIAJE EN TREN. LAS AVENTURAS DE CHARLES BARNABY

Fiel a nuestra cita de todos los jueves, que se ha convertido en un clásico en este blog, acude nuestro “dandi” más personal y entrañable. Atendiendo a muchos de los correos que alguno de vosotros me ha hecho llegar a info@escriviviendo.com preguntando por los comienzos de Charles Barnaby, y por algunos aspectos un poco más personales del mismo, en la próxima serie de relatos iremos desgranando un poquito más del personaje. Lo iremos conociendo un poco mejor, seguro que nos acabará enamorando a unos, otros pasareis por distintas fases en las cuales le odiareis, le amareis, le comprenderéis, o …quizá todo lo contrario ;).

¿Que te parece a ti? ¿Quieres saber más de este personaje? ¿Te gustaría conocer alguna cosa más del mismo? ¿Me lo quieres hacer llegar en un comentario?

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Sonaron las 5 en punto p.m en el reloj de la estación de ferrocarril de Londres. Me paré unos segundos y sin soltar el pequeño bolso de viaje de piel que sujetaba con mi mano izquierda, busque el reloj de oro que me había legado mi padre en el bolsillo interior del chaleco de mi traje de viaje.

Tiré de la cadena que lo recogía y lo sostuve en la palma de mi mano derecha, “excelente”, me dije, “sigue siendo perfecto su sonido y su funcionamiento. El tiempo parece que no pasa por ti, a pesar de que te empeñes en contarlo”

Había sido una mañana de otoño verdaderamente espectacular, pero la tarde se había vuelto desapacible, y no pude despedirme debidamente de los demás caballeros del club de la caza del zorro y las costumbres ancestrales inglesas. Sir Mortimer y sir William sabrían disculpar mi falta de tacto. El tiempo avanzaba y debía retirar mi billete para Cardiff donde cogería el barco que me dejaría en tierras francesas para ocuparme de algunos negocios. París, quizá después Barcelona y Milán antes de coger de nuevo el barco que me llevaría definitivamente a mi destino: Túnez.

El gentío en la estación era verdaderamente horrendo, cientos de absurdas almas moviéndose como dirigidas por un alguien invisible hacia uno y otro lado. Los mozos de estación llevaban equipajes amontonados, ruidos de los silbatos de los controladores de andén, un tropel de damas venidas a menos con doncellas deslenguadas que las servían de ayuda con sus posesiones. Rameras venidas a más gracias al dinero de algún acaudalado banquero que compraba su silencio con lujos convertidos en vestidos y joyas y billetes en primera clase después de varios encuentros en los burdeles clandestinos de Londres.

Ilusos, si supieran que su honor era enlodado cada noche, no por sus correrías nocturnas con estas meretrices, sino por sus reputadas esposas en su propia cama, con algún joven mancebo. En fin, el olor era nauseabundo, y la visión aun peor. Las locomotoras no dejaban de echar humo por sus enormes chimeneas y por los laterales, inundándolo todo a su paso.

Me dirigí a la taquilla, tuve la gran suerte de que estuviera vacía. Solté un instante mi bolso de viaje en el suelo y solicité al hombre con cara de estúpido de detrás de la enrejada ventanilla, un billete de primera clase para el próxima tren a Cardiff. El mongólico gesto del operario mudó, y al instante con una mueca acompañada de un incesante tic nervioso en ambos ojos que hacia que se abrieran y cerraran de modo intermitente, con voz chillona habló:

  • Señor, en primera sólo nos queda una cabina con una plaza libre.
  • ¿cómo? Respondí, ¿Qué no viajaré sólo? Me parece que no sabe con quién está hablando joven.
  • Lo siento señor, se excusó el trabajador, pero no puedo hacer nada, en primera está todo vendido, sólo disponemos de esa plaza, si usted la desea es 1 libra y 4 peniques, sino el próximo tren a Cardiff saldrá mañana a las 8 a.m

Al final me quedé con el billete que el estúpido operario del ferrocarril me ofreció. Mis negocios no me permitían un retraso de 14 horas. Philippe podría montar uno de sus famosos numeritos por el retraso de mi presencia en París.

Recogí mi billete y mi bolso de piel del suelo y me dirigí hacia el andén que me había señalado el trabajador. Según iba avanzando hacía mi destino debía sortear miles de cuerpos que se desplazaban al lado del mío y cuando me hallaba en el pié del escalón del vagón en el que debía subirme, algo chocó contra mi espalda de forma violenta.

Airado, giré sobre mi mismo con la intención de dar su merecido al bastardo que osó cursar tamaña provocación y me encontré con unos grandes ojos azules de mujer que me miraban desde el suelo de forma aturdida por el golpe.

Enseguida calmé mi ímpetu y varié mi actitud:

  • ¿Se encuentra usted bien señorita? Pregunté al tiempo que ofrecía mi mano para incorporarla.
  • Señora, si no le importa, y no, no estoy bien, su torpeza ha provocado tal golpe. Si no hubiese taponado mi camino esto no hubiese sucedido.

Contestó al tiempo que se incorporaba con la ayuda de mi brazo, y colocaba el sombrero negro que llevaba sobre su radiante y rizado cabello rubio y el visillo que ahora elegantemente colocaba sobre su rostro y que ocultaba a duras penas la belleza de sus ojos azules.

  • Disculpe mi atrevimiento y mi torpeza ambas por separado, si he podido causarla algún perjuicio. Estoy dispuesto a correr con las consecuencias que de ello se deriven, y mientras tanto le ofrezco mi ayuda si ello puede contribuir de alguna forma a paliar mi inoportuno descuido.

Referí a la vez que ofrecía mi pañuelo bordado de lino con las iniciales de mi nombre en negro, a tan excelso ángel.

  • No, ya ha sido suficiente vuestra ayuda por hoy, mi esposo velará por mis intereses ahora, es usted muy amable- contestó en tono irónico mientras se colaba el vestido negro desdeñando mi pañuelo con suave gesto, en el mismo instante que un cincuentón barrigudo y canoso aparecía a sus espaldas, con un bastón de puño de marfil al aire, la mano derecha asiendo un sombrero de copa negro con cinta del mismo color, y la cara roja, casi amoratada, por el esfuerzo que para él y su cansado corazón había supuesto dar tres zancadas un poco más rápidas hacia su esposa al ser consciente de la escena.
  • ¿Ese es su marido?-me pregunté interiormente en el instante que mi boca hacía, sin ser consciente de ello yo mismo, un gesto de desaprobación.
  • ¿Estás bien querida?-preguntó el viejo
  • Reitero mis disculpas y de nuevo permítanme ponerme a su disposición para cuanto pueda hacer por ustedes, ha sido un descuido inoportuno- me apresuré a decir.
  • No se molesté caballero, no ha sido nada, continúe por favor- contestó el orondo hombre con una voz profunda impensable para su imagen.

Subí los escalones y busqué mi cabina.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
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