HISTORIAS EN UN AUTOBÚS

Bajé corriendo las escaleras. Segundo viaje del día, este de vuelta a casa, tras acabar la jornada de mañana en el instituto. En total cuatro.

Tiraba de mi hermana tratando de hacerla entrar en razón y llegar lo antes posible a casa, donde mi padre esperaba con la comida puesta en la mesa. Tan sólo cuarenta minutos para subir, comer, lavarse los dientes y salir corriendo hacia el tercer viaje de vuelta de nuevo al instituto. Aunque éste era un viaje distinto a los otros tres, éste debía seguir el ritual exacto para poder cumplir la visión que anhelaba día tras día al levantarme cada mañana desde hacía ya dos años.

Cambio de libros en la mochila. Mi hermana sigue gritando en la distancia desde su habitación. Mi padre le ha dejado instrucciones claras antes de marcharse a trabajar para que no tengamos ningún problema los quince minutos que permanecemos solos en casa antes de volver a hacer el camino a la parada del autobús circular.

Nada puede borrarme la sonrisa, ni siquiera los improperios que me lanza desde el otro lado de la puerta mientras introduzco la carpeta azul clasificadora forrada de pegatinas y escudos de la NBA, en la mochila.

-Coge tus cosas, nos vamos -una amplia sonrisa, y mi nariz prácticamente pegada a la suya.

– ¡Te odio!, no te haces una idea de cómo te odio.

-Me lo puedo imaginar, pero mientras estemos viviendo aquí en casa de los padres, procura llevarlo con dignidad. ¿Estamos? Ahora coge tus cosas y vámonos o llegaremos tarde.

He podido notar como el calor ascendía desde lo más profundo de su pecho hasta las orejas y la cara marcada de un incipiente acné adolescente. Ha cruzado los brazos delante del pecho y se ha apartado levemente dejándome pasar en dirección al pasillo, camino de la puerta de salida. Seguidamente, con el ceño bien fruncido, haciendo notar su enfado cuasi perenne en el rostro, esta vez por cualquier motivo relacionado conmigo, o con nuestros padres, o con el mundo en general, con el que solía estar peleada bien a menudo, ha cogido la mochila de su silla desvencijada tapizada de rojo y soportes de madera blanca decapada.

Miro el reloj. Ya son las 14:25. Levanto la cabeza y fijo la vista en dirección a mi hermana espetando serio.

-Ya puedes correr, porque si no cogemos el circular de y media, créeme que vas a tener motivos más que suficientes para odiarme el resto de tu vida.-El tono ha sido profundo, intenso, con un tono que crecía a medida que la frase iba en aumento-

-Ya está, amenazando, ¿eso es lo único que sabes hacer? ¿y si no llegamos que pasa?

-Creeme, yo voy a llegar, si tu no llegas es problema tuyo.

El ascensor no llegaba a la octava planta donde le esperábamos. Nervioso miraba la muñeca en dirección a la hora digital que mostraba el reloj de pulsera negro.

-¡Vamos!, ¡vamos!

Podía notar la sonrisa de mi hermana, entre maliciosa y divertida, al verme en una situación que en ese momento era lo más parecido a estar contra las cuerdas, y que para ella suponía pura magia.

Bajé los escalones del portal, doscientos cincuenta metros en un desnivel de al menos el cinco por ciento de subida desde el portal hasta la parada. Mochila en la espalda, manos sujetando la misma apoyada en los hombros. Mirada rápida a la izquierda, donde la calle se acababa en curva y comenzaba la avenida, lugar desde el que debía aparecer el circular rojo en tres, dos, uno…justo estaba apareciendo.

Como si del propio chupinazo se tratara en pleno San Fermín, miré hacia atrás y toque el pecho de mi hermana con la mano abierta al tiempo que profería:

-Por tu bien, ¡corre!.

La mirada de mi hermana a mis ojos, con una mueca mezcla de disgusto y estupor ante mi gesto amenazador, y en dos segundos, los dos estábamos corriendo esquivando personas en mitad de la acera al grito de “paso, perdón, perdemos el bus”.

Apenas cien metros para llegar, el sonido a cafetera del viejo y destartalado autobús pasaba a mi izquierda de manera implacable, mientras de un salto trataba de superar el bordillo de la plaza en la que unos cuantos coches miraban mi paso fugaz y el sudor sobre mi frente brillante girando para buscar con la mirada por dónde venía mi hermana.

Al volver a girar la cabeza, se abalanzo sobre mi la mole de cristal y metal de una cabina de teléfonos, que de improviso se dispuso en mi camino golpeando sin piedad mi hombro derecho, llevándome al suelo de culo todo lo grande que era, con un intenso dolor. En ese momento los latidos de mi corazón se hicieron más presentes en mis oídos, la respiración afectada, cansada, profunda, buscando un poco de aliento para retomar la carrera en pos del maldito cacharro rojo que abría sus puertas unos pocos metros delante mía para dejar bajar algunos trabajadores, y recoger algunas personas por la puerta delantera. Los sonidos calmados de una ciudad a las 14:30 p.m desaparecieron al tiempo que notaba la sombra de mi hermana a mi izquierda y veía como se marchaba con su ruido infame y una humareda intensa el vehículo que debía concederme mi cuota de felicidad diaria.

Diez minutos después enseñaba mi carnet naranja al conductor. No había cruzado palabra con mi hermana apoyado en el seto de aligustre. Trataba de enjugar el calor de mi pecho, mezcla de rabia por la pérdida del autobús y vergüenza por el ridículo del encontronazo con la cabina de teléfonos con la mirada puesta en el vacío.

Ni Jorge, ni Raul, ninguna de las personas que normalmente coincidíamos en nuestros viajes estaban en el mismo. Desprecio absoluto en la mirada a mi hermana cuando se le ocurrió manifestar que nos sentáramos juntos al ver dos asientos en la mitad del autobús. Continué hacia el fondo del mismo. Escalón de goma, barra blanca a media altura para poder apoyarse y una cuadricula de apenas dos por dos donde no había ningún asiento y podías ir de pie con el “agradable balanceo” de la cafetera metálica que hacia las veces de transporte público.

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Siguiente parada, prueba de fuego, si Dani y Montse no suben en esta es que está todo perdido para el día de hoy.

Nada.

Vacía.

Me agacho a la mochila. Bolsillo delantero pequeño del que saco los auriculares de mi walkman. No quiero saber nada de nadie. Intento buscar la canción más triste que puedo, para acompañar la tremenda sensación de vacío que en ese momento alberga mi pecho.

Siguiente parada, cruce con Avenida de los Andes. Al autobús le cuesta subir la corta cuesta que le deja en el final de la calle, pequeños tirones que hacen que los pasajeros que vamos de pie tengamos que agarrarnos de manera firme a las barras para no caer al suelo. Siento el dolor de mi hombro de nuevo. Nada comparado con el otro dolor que me acompaña.

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Mucho movimiento en la parada. No tanto como es lo normal en el anterior bus, donde la hora de salida del instituto provoca que la mayor parte de los estudiantes como yo, suban camino de sus casas. Ella debería estar allí. Pero seguramente ya no esté. Busco distraído por la ventana, anhelando un golpe de suerte, algo que haya provocado que tampoco haya podido coger el anterior y encuentre sus ojos de nuevo con los míos, como cada tarde.

No la encuentro. Bajo la mirada al suelo. Varias personas. Algún estudiante, como yo, entre risas estridentes comentando alguna cuestión del día entre ellos, con sus mochilas en la espalda vienen hasta mi posición. La parte de atrás se llena. El autobús comienza a andar haciendo el stop correspondiente. Me concentro en la música “It must have been love” de Roxette. Siento ganas de llorar, noto como se humedecen los ojos.

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Levanto la cabeza buscando llevar un poco de aire a mis pulmones y tranquilizarme encontrando excusas en el mañana. Y allí está. Subida en el escalón que da acceso a la parte trasera, agarrada con la mano derecha cerca del pulsador de parada, con su pelo largo rubio, su mochila a la espalda, sus uñas pintadas de rosa a juego con el jersey largo por debajo de la cintura, apenas disimulando las formas de sus pechos generosos enmarcados en los tirantes de su mochila.

Sus grandes ojos azules, se encuentran con los míos. Sonríe. Noto como mi estomago se agita, y mi corazón se desboca sin control alguno. Su sonrisa se apodera de todo. Unos segundos mágicos, como cada tarde. Los mejores momentos del día. Momentos que durarán apenas dos paradas más, pero que son más que suficiente para tocar la felicidad y olvidarlo todo. El golpe, la discusión con mi hermana, el instituto…todo.

No sé su nombre, pero da igual.

Baja la vista. En mis oídos la música ya pasa al estatus de banda sonora original de nuestra historia. De repente, se mueve en mi dirección. Noto que me dice algo. No puedo oírla, ¡Dios mío! ¿estaré viviendo una pesadilla? Dos años pergeñando el modo de entablar conversación y ahora que ella daba el paso, no oía nada de lo que decía. Mi cara debió ser el espejo de la situación, porque comenzó a reír y avanzó su mano a mi cara. Noté como el calor se apoderaba de mí, mis músculos se paralizaban por completo, y me temblaba la barbilla. Retiró mis auriculares que quedaron colgados de la nuca. ¡Anda, era eso!

Sonreí. Sonrió de nuevo.

– ¿Mejor así? -dijo desde la inmensidad azul que tenían sus ojos-

-Si -acerté a decir balbuciendo a duras penas-

-Te decía que también habías perdido tú el bus, ¿no?

Asentí con la cabeza, mirando un momento al suelo, tratando de encontrar el valor suficiente para poder continuar hablando con la chica que se colaba cada noche en mis sueños. La persona dueña de mis sonrisas. El motivo de la alegría de mi pecho adolescente de lunes a viernes. Ella, también sabía que existía. Levanté de nuevo la cabeza y contesté:

-Si. Hoy, se me escapó.

-Que suerte ¿no? -Lo dijo mordiéndose el labio inferior levemente y bajando la mirada al suelo en el momento que el autobús me devolvía la que me debía, habiéndome hecho pasar anteriormente un mal rato, con un frenazo que la trajo a mis brazos entre los gritos de desaprobación del resto de los viajeros al conductor-

-Desde luego que sí-acerté a decir con ella a escasos centímetros de mis labios.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
1Comentario
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 18:41h, 10 noviembre Responder

    Hola Jose, esos amores juveniles y frescos son bonitos.
    Abrazos 🙂

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