LA PRIMERA VEZ

Llevaba planeando un encuentro así, prácticamente desde que comenzamos a salir juntos. Ese día de invierno, en el que casi por casualidad nos encontramos en una calle de Madrid y decidimos volver juntos a casa, hablando, hablando, sin parar de hablar y de reír.

Un par de años después y tras haber superado una crisis importante que nos mantuvo alejados algunos meses, habíamos quedado a cenar en mi casa con el único compromiso de que fuera yo quien cocinase.

Ahí me veía, con mis diecinueve años cumplidos y sin tener ni idea de cómo freír un huevo, pero eso si, una gran determinación en mis espaldas para salir adelante de cualquier situación comprometida. Situaciones en las que una mujer, que en ese momento es “la mujer de tu vida” te pone una prueba de la que depende en gran parte que quedes como el “caballero” que realmente piensas que eres.

Ni corto ni perezoso, despedí a mis padres para que pasaran un feliz fin de semana fuera de casa, y con la mejor de mis sonrisas y la actitud de aquel “cordero degollado” que necesita la ayuda inestimable de cualquier colaborador cercano, me planté delante de mi hermana y le dije:

-Necesito tu ayuda, más que nunca.

Levantó los ojos de los libros que tenía sobre la mesa del escritorio de madera, lentamente, tomando todo el tiempo del mundo para disfrutar de esa sensación de poder que provoca tener a alguien en tus manos como en ese momento tenía ella a su hermano mayor, y dijo con una amplia sonrisa:

-¡No!

Y volvió a posar su vista sobre los libros.

-Leticia de verdad, te prometo que haré lo que me pidas, pero Carmen viene a cenar esta noche a casa. Necesito que me ayudes con la cena, y que desaparezcas hasta mañana.

En ese momento creo recordar con exactitud como sonaron, truenos, relámpagos en el interior de aquella habitación pequeña de piso obrero. Percibí como el olor a azufre se dejaba sentir debajo de su mesa, con una risa diabólica y hasta, y en este caso me vais a permitir, porque es algo confuso ese recuerdo en mi mente, creo que la escoba apareció por debajo de la silla para permitirla dar varios giros en el aire delante de mí.

-Ni lo sueñes vamos, o sea, que yo dejo de estudiar para el examen del lunes, en el que te recuerdo que me juego parte de la nota que llevo buscando en el instituto los últimos tres años, para que tu te acuestes con el sucedáneo de persona este que tienes por novia ¿no?. Pues no.

-No te arrepentirás, te lo prometo.-cara de niño bueno, labio inferior engrosado y ligeramente hacia afuera, ojos llorosos, y actitud suplicante- eres mi única oportunidad de recuperarla, ya sabes como lo he pasado estos dos últimos meses Leti.

-¿Leti? uy uy uy ¿tu te has dado un golpe en la cabeza o algo no?

-¿Estás disfrutando con esto, verdad?

-Ni te haces una idea.-sonrisa maliciosa en su cara-

Tras veinte minutos de tira y afloja entre hermanos, conseguí que me ayudara. Elegí la ropa que creía mas apropiada para ese momento íntimo de pareja. Una camisa blanca, bien planchada, por supuesto fue mi hermana quien al final tuvo que quitarme la plancha de las manos para que no quemara la camisa, y parte de la casa. Los vaqueros azules, lavados a la piedra, de la suerte, y zapatos marrones de ante. Por cierto, los únicos que en ese momento tenía.

Mi hermana se encargó después de hacerme la lista de productos, que en una carrera fui a comprar, con los que confeccionaríamos una ensalada templada de entrada, con una copa de langostinos en salsa rosa para cada uno de nosotros. Después, algo suave, un poquito de salmón al papillote con verduras de temporada. Vamos, todo un auténtico reto para mis habilidades culinarias, por lo que procuré no estar demasiado cerca de la cocina más que para preparar, el helado de limón que serviría al final de la cena y el vino blanco que cuidadosamente estaba preparando en el recipiente con hielo que lo mantendría a temperatura. Un verdejo. Yo ni idea, pero Antonio, el del super, me había dicho que era lo mejor para triunfar esa noche, y yo esa noche quería triunfar, sin duda, quería triunfar esa y muchas noches más. Así que, el verdejo se vino para casa.

Ducha a conciencia, desodorante, y bien perfumado. Supervisión femenina de última hora antes de marcharse Leticia. Vistazo de arriba abajo, mochila en el hombro derecho con algunas de sus cosas y destino: la casa de su amiga Olga.

-Una última recomendación antes de irme.

-Dime.

-No la cagues. Si después de la currada que me he dado la cagas, ¡te mato! ¿ok?. Se cualquier cosa, menos como eres tu. Con eso será suficiente.

-Gracias hermanita eres toda una motivación para mí, que sería yo sin ti -con una sonrisa en la cara lo más irónico que pude y cogiendole con mi mano derecha el moflete en un pellizco cariñoso-

-¡Quita anda! -se dio media vuelta para marchar- ¡ah!, se me olvidaba, toma -y sacando un preservativo de su bolsillo me lo tendió ante la cara de estupefacción y el sonrojo que notaba por el calor que empezaba a subir por mi cuerpo hasta mis orejas- y cierra la boca -dijo mientras lo depositaba en mis manos y pasaba un dedo por el contorno de mi cara-

-Gracias -acerté a decir simplemente, a lo que ella contestó guiñando un ojo y marchándose acto seguido.

Allí estaba yo entonces, tratando de que no me sudaran las manos, en una noche de un verano incipiente, con el corazón desbocado, y con una mesa perfectamente puesta en el salón de mi casa, una mesa que hoy día hubiera admirado el propio Chicote en su programa de TV.

Deambulaba por el salón recitando en voz baja las palabras que iba a decirla cuando la tuviera delante, con mi verso preparado anudado a una rosa roja, perfectamente preparada. Hubiera preferido una docena, pero el presupuesto no alcanzaba para más.

Música suave en la mini cadena del salón, los dos altavoces cumpliendo perfectamente con su cometido, Cris Isaak poniendo el color necesario. Último vistazo por la ventana de la terraza a la calle por la que debía aparecer el cuerpo escultural de la mujer que amaba.

Llega tarde.

No pasa nada, es normal. Siempre llega tarde.

En ese momento creo que hubiera agradecido la tecnología de la que disponemos hoy día para saber cuanto debía esperar.

Minutos después estaba allí, tocando el portero y poniendo mi corazón en la garganta. Abrí la puerta, su pelo castaño perfecto, maquillada como para un pase de revista, blusa ligera estampada, falda negra de tubo y cinturón ancho, con unos tacones negros acordes para que sus labios quedaran a la altura perfecta de los míos.

Hablamos, hablamos…hablamos y reímos. Nos recordamos. Con un cierto toque de nostalgia por momentos, gracioso ahora en la distancia, sentir nostalgia cuando se tienen diecinueve años.

-No tenía claro venir. Sigo confusa, no se si esto es lo que queremos, o lo que necesitamos. No puedo decirte que no te quiera, pero…

-Todos dudamos, todos tenemos momentos en los que no tenemos claro qué queremos, pero yo si que se lo que siento al pensar en ti. Si que se lo que mi pecho me dice cuando te tengo lejos, cuando no puedo verte, sentir tu mano al pasear, o reírme contigo.

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Bajó la cabeza y sonrió. Cogí dos copas de champagne del armario de mis padres y abrí una botella de las que todos tenemos desde navidad guardadas en algún lugar de la casa. Serví las copas, la miré a la cara, y la pedí que bailase conmigo mientras sonaba Blue Hotel.

Sin soltar las copas, puso sus manos alrededor de mi cuello con la copa en una de ellas, y yo me agarré a su cintura sin miedo. Su pelo se movía suave, sin dejar de mirarme con una sonrisa en los labios.

-Besamé

No perdí ni un segundo. Y dejé que mi pasión se volcase en su interior, jugando con su lengua con el repetir constante del estribillo de la canción.

Terminó y se sentó apurando su copa. Yo hice lo propio. No podía dejar de mirarla. Comenzó a sonar Wicked game.

-¡Uf que calor, madre mía! -dijo de repente mientras aireaba su camisa dejándome ver sus tiernos y juveniles pechos perfectamente amoldados en un sujetador de encaje blanco-

-Cierto, cielo, pero eso lo soluciono yo ahora mismo.

Cogí un hielo del recipiente donde estaba el vino blanco a enfriar. Un trocito no muy grande. Lo pase por su nuca, mientras con la otra mano acariciaba su hombro. Pase a la parte delantera del cuello, y baje suavemente hasta las claviculas. La música seguía sonando, y yo llegué a la zona que deseaba llegar que no era otra que el comienzo de sus pechos. Noté como se estremeció. Subí el hielo de nuevo a su boca, pasándolo por los labios, y me arrodillé delante de ella. Tenía los ojos cerrados, sacó su lengua para saborear el hielo entre mis dedos, y lo cambié por mi boca, dejando caer el pequeño trozo de hielo en el interior de su sujetador y levantandola de golpe de la silla para besarla con una pasión arrebatada.

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Pocos segundos después, las prendas estaban por el suelo en el camino del salón a mi habitación. Carmen completamente desnuda delante de mi, con ese perfume a agua de rosas que me volvía loco, y la espalda contra uno de los armarios de mi habitación y mi cabeza incrustada en su cuello, besándola, agarrando su culo presa de una excitación sin igual. Agarró mi cabeza, me miró seria y dijo:

-Quiero que me hagas el amor Jose, quiero que seas el primero, quiero ser tuya por primera vez.

Sin dejar pasar un segundo, apartando su pelo de la cara dulcemente, la besé tierno, la cogí entre mis brazos y la deposité en la cama de la manera más amorosa que pude. Abrí el primer cajón de mi mesilla. Saqué el último regalo de mi hermana, y con poca maña me puse el profiláctico con la presión que suponía la atenta mirada de la persona que iba a recibirme por primera vez en su vida, sobre mis actos.

Algunos intentos después, y con la música aun de fondo, en un ambiente único, el cuerpo de Carmen se tensó. Traté de relajarla, bese sus labios, acaricié sus mejillas con amor, jugué con sus pezones sonrosados, reposé mi cuerpo encima del suyo tratando de que mi piel caliente, trasladara la tranquilidad que ambos necesitábamos. Ella, por los nervios y las dudas que en ese momento atravesaban su cabeza. Yo, por el estado de excitación y ansiedad que suponía hacerle el amor a aquella diosa que tenía en mi cama. Mi sexo, erecto, rozando el suyo, moviéndome lento, probablemente torpe pero entregado de manera abnegada, mi cadera presionando las suyas, haciendo círculos en una baile imaginario, estimulando sus sentidos, sus zonas más erógenas, mordisqueando sensualmente los lóbulos de sus orejas.

Me giré levemente y descendí mi mano lentamente por todo su cuerpo, bordeando el perfil de su pecho izquierdo, su cintura, su cadera, apreté su pierna mientras mis labios jugaban con los suyos de manera repetida y corta, y mi lengua se entretenía con el perfil de su boca, entrando y saliendo de su interior de forma intermitente. Me coloqué entre sus piernas, elevé la izquierda levemente con mi mano, acomodando mejor mi pubis. Dejé reposar su pierna sobre mi cadera y parte de mi espalda, y con la misma mano guíe mi pene a la entrada de su templo agitado. Suspiró profundo. Mi corazón quería salirse del pecho.

Un mueca apareció en su cara en el mismo momento en que yo comenzaba a entrar de manera lenta en su vagina.

-Tranquila, relájate cariño, seré muy dulce y no te dolerá.

-Me duele Jose.

Estaba completamente rígida, y no conseguía lubricar su sexo, completamente seca. Llevé mis dedos a la boca, y los humedecí para estimular después su clitoris y jugar con ellos al tiempo que mi sexo hacia un segundo intento. Esta vez conseguí penetrar en su interior. Sus manos, se pusieron en mi pecho como si de un resorte se tratara empujándolo para atrás, mientras un gesto de dolor y un pequeño grito acompañaban el movimiento. Empujé de manera leve intentando llegar más allá. Dejó de mirarme y cerro los ojos apretándolos mucho. Al instante volvió a abrirlos llenos de lágrimas.

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-No puedo, Jose, no puedo, por favor.

-Pero…

-Me duele mucho, no puedo hacerlo te lo pido por favor.

Me aparté. Respiré profundo. Una mezcla de impotencia y fastidio me embargó en ese momento. Carmen comenzó a llorar de manera desconsolada. La música seguía sonando en el salón y se colaba por cada habitación. Me retiré el condón.

-No pasa nada cariño, no te preocupes, ya tendremos otro momento. No hay pisa.

-¿No lo entiendes?

-¿El qué?

-No habrá otro momento Jose. Era este el momento. Quería que fueras el primero. Quien me acompañara en este punto para el resto de mi vida, porque no quiero seguir contigo. Te quiero, pero de una manera diferente a cómo se tienen que querer las parejas. ¿Lo entiendes?

En ese instante, el que notó como una lágrima resbalaba por su rostro fui yo. Como si un puñal hubiera rasgado en dos mi piel, noté como si ésta fuera un cristal que se rompía en mil pedazos y estallaba.

Aun y así, la abracé, la estreché contra mi cuerpo fuertemente tratando de consolarla, o de consolarme a mí, no estaba seguro. No se cuanto tiempo pasó. Nos tumbamos así. Volvimos a besarnos, y en segundos decidimos que debíamos apagar el fuego que aun teníamos en nuestros cuerpos y como veníamos haciendo desde tiempo atrás, nos masturbamos el uno al otro llegando al orgasmo ambos y derrumbando nuestros cuerpos sudados en las sabanas.

Cuando la mañana despuntaba en el cielo, nos vestimos. Acompañé a Carmen a su casa en un paseo que alternó nuestras manos enlazadas, y mi brazo por encima de su hombro. La dejé en su portal. Me besó largo.

-Nunca te olvidaré. Alguna chica va a ser muy afortunada en breve.

Asentí, di media vuelta y me marché con las manos en los bolsillos, suspirando muy profundamente y mirando al cielo, tratando de contener las lágrimas.

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
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