LAPICES ROTOS. ORGULLO, PREJUICIO Y OTRAS COSAS QUE DEJAR ATRÁS.

Hay días, en los que deseas regresar con rapidez bajo las sábanas, de las que hubieras preferido no salir. Taparte hasta la cabeza y esperar que pase la jornada, con la ilusión de que la siguiente, lo borre todo.

Aquel, había sido uno de esos días.

Que el frío te cale los huesos al mezclarse con la humedad, propia de los pueblos con mar, cuando vuelves de camino del colegio, no ayuda.

Que la mochila esté rota de nuevo, por los mismos lugares por los que ya ha sido cosida anteriormente, igual que el abrigo o los pantalones, en los que casi no queda hueco para superponer parches, tampoco.

Mi cara, si era el reflejo del alma, a mis doce años recién cumplidos. Un alma gastada a base de burlas de niños, de mensajes de maestros hastiados que me ponían en evidencia delante de los demás, por no traer a clase el material necesario.

Un alma agujereada, pero orgullosa. Un alma con dignidad y orgullo suficiente como para contestar a una provocación con un ojo morado.

Aquella tarde, el cobarde de Antón decidió rodearse de tres matones y esperarme tras el descampado.

Primero me tiró una piedra. Yo me quedé muy quieto, ahora sé que debí echar a correr, pero el ardor de esa dignidad de la que hablaba antes, esa dignidad mal entendida, me hizo reaccionar tras aquellas palabras:

—Tú, pobretón, dile a tu madre que te compre unos pantalones nuevos. ¡Ah no, que no puede, que no tenéis dónde caeros muertos!

Toqué una piedra con el zapato derecho, redonda, lo suficientemente pesada. Me agaché rápidamente, y con toda la rabia acumulada se la lancé, con la fortuna de acertarle en toda la cara.

Cayó al suelo chillando y chorreando sangre como un gorrino.

Después, me llovieron los golpes de los otros, que me dejaron como un Cristo.

Al doblar la esquina de la calle que llevaba hasta mi casa, vi una figura hurgando entre la basura.

No eran buenos tiempos para nadie, pero en ese momento, a mis doce años no lo entendía.

Según me acercaba, los colores y la forma de las zapatillas, igual que la bata desgastada, me fueron resultando familiares.

—Que esa de ahí delante, no sea mi madre—pensé.

Agaché la cabeza y pasé de largo sin decir nada. Escuché un hilo de voz a mi espalda diciendo:

—¡Quique, hijo!

No me giré. Debí hacerlo y abrazarla con fuerza, para demostrarle que su dignidad, estaba tan intacta como la mía.

Hoy, no dejaría de hacerlo un instante, si pudiera.

niños-con-mochilas

imagen de www.pixabay.com

J.C. Sanchez

¿Te gustó? ¡Compártelo!

FacebookTwitterGoogleTumblrLinkedInPinterest

Posts Relaciondos

JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Paula
    Publicado a las 16:01h, 16 noviembre Responder

    I can relate to the bullies and how good it feels to strike at one of them and to connect with a blow. I would not want to return to that time in my youth. If I was offered to return to 1969 at age 17 or 18, I would take it! Thank you for sharing the story, Jose.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 10:13h, 18 noviembre Responder

      Seguro que todos tenemos momentos de nuestra juventud a los que no volveríamos. Este puede ser uno de ellos. Sin embargo, seguro que hay otros muchos a los que si regresaríamos con gusto.
      Los 17-18 es una buena época, tienes razón. Creo que me lo voy a pensar 🙂
      Gracias por compartir tus comentarios con nosotros Paula.
      Un abrazo fuerte.

Publicar un comentario