A menudo me recuerdas a alguien. Parte 2

Acababa de salir de la ducha. Era lógica su actitud, el calor era insoportable. Di dos pasos atrás y me arrimé todo lo que pude a la pared buscando la oscuridad que ocultase mi figura, casi se podían oír los nerviosos latidos de mi corazón.

En ese mismo instante deseé tener un teletransportador para esfumarme sin dejar rastro. Pasó por la ventana y la luz de la luna dibujó de plata sus finas líneas. Sus abundantes y redondos pechos, sugerentes, atrayentes, tan deseables…nunca hubiese imaginado que tras esa camiseta podía esconderse tanta belleza, tragué saliva a duras penas.

Se alzaron al movimiento de los brazos, que llevaban las manos del cuello a la cara y las sienes, plisando cada centímetro de su corta melena. Tuvo la delicadeza de contonear su cuerpo como en un posado, moviendo de izquierda a derecha su culito respingón y su depilado sexo, de una forma tan delicada y elegante que no pude evitar delatar mi presencia.

Sorprendentemente, ella no se asustó, sólo me miraba, me miraba intenso, como en la tarde en nuestro paseo antes de cenar, me miraba fijamente igual que yo a ella.

Estuvimos cerca de un minuto sin movernos, estáticos, sin dejar de mirarnos, sin decirnos absolutamente nada. En el fondo no había nada que decir. La situación ya hablaba lo suficiente por sí sola.

Finalmente, ella bajó los ojos, como hacía siempre que estaba nerviosa ante una situación, había podido notarlo en nuestro paseo y al llegar del mismo en los comentarios de los compañeros. De pronto sonrió. Reparé en que lo que la hizo sonreír era un bulto más que evidente en mi pantalón, y de alguna manera el calor comenzó a subirme del pecho a la cara provocando que el rubor y un gesto avergonzado que hizo que bajase la cabeza. Antes de que pudiese volver a levantarla sus pechos rozaban mi piel y las palmas tibias de sus manos se posaron en mi acelerado pecho.

Noté su cálido aliento sobre mí y su voz me susurró.

-Te he estado esperando, toda mi vida.

Me estremecí sobremanera. No supe cómo reaccionar, lo reconozco. En ese momento, aunque deseaba esa reacción por su parte he de reconocer que me sorprendió. Un rechazo por su parte hubiera podido parecer más lógico. Pero lo cierto es que no fue así.

Tenía todo el cuerpo paralizado. Sus decididos movimientos me ayudaron a relajarme, y hacerme con el control de mi deseo y de mi propio cuerpo. Sin saber cómo, unos finos labios robaron mi nervioso aliento, insuflando tranquilidad a mares. Trasladando el deseo que en ella también parecía existir, hablándome sin decir nada, sólo besándonos, comunicando que ella también lo deseaba tanto como yo.

Sus manos apretaron con fuerza mis nalgas y me sentí como un juguete en poder de un niño. Jamás mujer alguna había dominado mi cuerpo y el juego erótico previo conmigo de esa manera. Nunca me dominaron, nunca me dejé dominar. Pero me gustaba.

Esa mujer era puro misterio, ansia de besos, candidez y pasión fusionadas en una. Era como los personajes de una novela, donde la mujer deseada siempre esconde algo que el protagonista siente que sabe pero no logra descubrir qué es. Y sin embargo, era real, estaba allí y yo con ella.

Me cogió de la mano y ambos caminamos lento hacia la cama, sin dejar de mirarnos a los ojos, disfrutando cada segundo y cada movimiento de nuestro cuerpo, como si de un baile se tratara. Antes de llegar perdí mi pantalón por el camino, caminaba desnudo junto a ella sin entender muy bien como había sucedido. Reconozco que en ese momento no era la cuestión que más me preocupaba.

Penetramos al interior de la mosquitera, un segundo después su lengua exploraba mi interior en un beso profundo y tierno como jamás nadie nunca me había dado antes, encontrando mi respuesta y mi juego cómplice.

Acaricié con delicadeza sus pechos, dedicando tiempo, contemplándolos sintiendo cada centímetro de su piel y su contorno redondo y turgente, bese su cuello sin prisa, entregado, navegandolo hasta llegarme al perfil de sus clavículas para perderme en sus pezones, pequeños comparados con la voluptuosidad de sus pechos y duros como diamantes al tacto de mi lengua deseosa y caliente.

Se agarraba con fuerza a mis cabellos y a horcajadas, sin esperar más, subió sobre mí. Besó mi cuello con fruición pero pausadamente, hasta deslizar su mano derecha sobre mi torso y mi pubis encontrando aquello que venía buscando, en mi pene, el cual palpó amorosamente y frotó contra su clítoris con satisfactoria sonrisa de placer en su rostro.

Cuando me parecía que estaba a punto de llegar al clímax realizó un movimiento rápido introduciendo mi sexo en su interior. Los labios de su vagina eran ardientes como volcanes, pude sentirlo, al igual que su azorado deseo por llegar al orgasmo palpable en sus movimientos ahora más acelerados sobre mí.

Me agarró los hombros con fuerza y aumentó la cadencia de sus movimientos, ascendente y descendente, ascendente y descendente…cabalgando sobre mí casi sin tenerme en cuenta. Su cuerpo se dejó caer levemente hacía atrás y cerró los ojos mordiendose el labio inferior, mientras yo sujetaba su movimiento con mis manos en sus nalgas.

Susurró llevándose una mano al cuello y la otra a mi boca.

-¡Oh Señor, cuanto placer! ¡Oh Señor!

Me perdí de nuevo en sus pechos, si en algún momento había podido encontrarme desde que entre en aquella habitación y pude contamplarla saliendo de la ducha, llevé mi dedo pulgar a su clítoris tratando de estimularlo aun más con movimientos circulares. Lo noté inflamado, palpitante, Pilar se estremecía a mi tacto aun mas. Conseguí mi objetivo y sin duda el suya, haciéndola llegar al orgasmo.

Nuestros cuerpos totalmente empapados en sudor se abrazaban provocando más nuestros sentidos e instintos más primarios. Me agarré de sus sugerentes caderas y la volteé sin abandonar su interior ganando la iniciativa esta vez. Sus piernas se enroscaron fuertemente en mi cintura, y sus uñas se clavaron en mi espalda, los dos deseábamos gritar desatando nuestro celo, pero no lo hicimos, contuvimos con éxito aquello que nuestro fuero interno nos empujaba con violencia a predicar a los cuatro vientos.

Antes de que yo alcanzara el orgasmo, ella lo alcanzó una vez más, momento en el cual yo descargué en su interior todo mi ser desplomandome sobre ella completamente agotado pero satisfecho.

Enseguida sus ojos se posaron en los míos como tantas otras veces lo hicimos esa tarde. Me besó tiernamente y volvió a susurrarme.

– ¿Dónde has estado toda mi vida?

Encogí los hombros esbozando una leve sonrisa.

– No sé, ¿haciendo fotos?

Volví a besarla. Antes de abandonar el cobijo de sus piernas de seda me pareció observar la sombra espía de Khamil y su delatora sonrisa blanca brillando en la oscuridad de la noche.

Sonreí para mis adentros.

Antes de marcharme a mi cuarto al borde de romper el día, nos demostramos otras dos o tres veces mas lo mucho que nos atraíamos el uno al otro, y la relación tan especial que habíamos conseguido en tan sólo unas horas.

Estaba satisfecho de haber encontrado en tan corto periodo de tiempo lo que algunos tardan una vida entera en encontrar e incluso algunos ni siquiera en un vida entera lo logran.

Repetimos nuestros encuentros amorosos durante cinco días más, el tiempo que tardó en aparecer la enfurecida figura de Pierre reclamando mi presencia irresponsable acompañado de Gondar y Ashwan. He de decir que había llegado a olvidarme de ellos.

Me marché. Delhi. Más pueblos. Bombay. Mas pueblos, pero sólo una foto en mi cámara “Pilar a orillas del Bondar”.

www.photopin.com

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No hubo tristeza en nuestros ojos.

Después Zurich. En la escala seguía sonando en mi walkman “A menudo me recuerdas a alguien, a menudo me recuerdas a mí…” mientras estaba sentado en la sala de espera de la Gate 2.

Después más ciudades hasta Madrid.

De repente una mano me trae a la realidad alejandome de mis ensoñaciones.

-Perdón, creo que tiene algo que me pertenece.

Levanté los ojos, contemplaba una maravillosa sonrisa entre unos finos y elegantes labios de mujer.

-Si -contesté con emoción- Una foto.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
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