¿POR QUE LO LLAMAS SEXO, SI QUIERES DECIR AMOR?

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Eran amigos. Quizá llegado este punto, tras casi más de veinte años esa palabra podía considerarse en otra dimensión de significado.

Habían pasado por infinidad de situaciones juntos. Situaciones divertidas, situaciones duras como la muerte del padre de ella, situaciones difíciles como la depresión de él.

Distintas situaciones en distintos años, que al fin y a la postre les habían configurado como seres distintos pero afines.

Jamás se habían mirado la cara con intenciones que fueran más allá de la pureza de los amigos que juntos habían recorrido el camino de casa al instituto, o las carreras para coger el metro camino de la Universidad, salvo una vez, de la que no habían vuelto a hablar.

Él le había presentado a ella al que hasta hacía unos meses había sido su gran amor.

Ella le aconsejó para que supiera como debía conquistar a aquella chica de la que se había quedado completamente prendado una noche de sábado.

Las risas volvieron a quedar a un lado. Alejadas por las obligaciones que comporta hacerse adulto.

Ahora, con más de cuarenta años cumplidos ambos, ella le llamaba llorando al otro lado del teléfono, alterada y triste, completamente fuera de sí.

Él trató de tranquilizarla durante casi una hora, colgado del teléfono, sin conseguirlo.

  • Ahora quiero que por favor tomes un poco de aire y trates de calmarte. Así no vas a conseguir absolutamente nada. Simplemente un ataque de nervios, y alguna que otra subida de tensión que igual nos da un susto.
  • Si, para ti es fácil, tu no estás sólo como yo. ¿Qué hago yo ahora, me lo quieres contar? ¿Me quieres decir que hago yo con casi cincuenta años, vieja y sola?
  • Estás exagerando, no estás sola. Es normal que ahora lo veas así, pero si no consigues tranquilizarte no voy a poder ayudarte y lo sabes. ¿No eras tú la que siempre me decías que hay que tratar de aislar los problemas, y no generalizar?
  • ¡Miki, no me jodas que teníamos veinte años! ¡no me compares por favor!
  • Bueno está bien, vamos a hacer una cosa. Hablo con Luci y en diez minutos estoy en tu casa ¿de acuerdo?
  • De acuerdo.
  • Pero necesito que te tranquilices y que metas unas cervezas a enfriar. Que luego ya sabes que de tanto hablar si no tengo algo frio que llevarme a la garganta me quedo ronco.
  • Ya las estoy metiendo –dijo Paula escapándosele una pequeña risa –
  • ¡Vaya, una risa, vamos avanzando! Eso está bien. Ya verás que cena te hago, te vas a chupar los dedos.
  • Venga, te espero aquí, no tardes.

Habló con su mujer, y tras darle un beso a los niños cogió las llaves del coche y las de casa y cerró la puerta tras de sí.

A llegar, Paula se tiró a su cuello llorando amargamente, con la cara completamente hinchada, el pelo desaliñado y descuidada la ropa.

Dejó las bolsas en la cocina. Abrió un par de cervezas y se puso a cocinar. Arregló al tiempo que hablaban, la fuente de cacharros que usaba para hacer la cena, y algunos otros que llevaban un cierto tiempo sin recoger, fruto de la desidia de Paula.

Tres botellines después, algunos álbumes de fotos de vacaciones conjuntas y las risas que venía buscando en su cara desde el momento que puso el primer pie en su casa, descorcharon una botella de tinto para disfrutar de la cena.

Ese fue el momento de hablar cara a cara de lo que había sucedido.

Se había quedado en casa, él se marchó. Según él, aquello ya no daba más de sí. Habían decidido no tener hijos, dedicarse a su actividad profesional y centrarse en, según decían, vivir.

Paula no quería entenderlo, no quería asumir que su matrimonio se había acabado, pero lo que de verdad no quería asumir es que su relación se había acabado hacía mucho más tiempo por agotamiento, por falta de amor, de pasión, y se había convertido en un día a día rutinario y anodino, en una costumbre, en un punto más de las cosas que se hacen por inercia.

  • Seguro que se ha largado con una más joven que yo Miki, los tíos sois así. Nos seducís, nos usáis, desgastáis los mejores años de nuestra vida, los explotáis, os lleváis nuestra juventud y nuestro deseo, y cuando ya no os gusta lo que tenéis delante porque os hace sentir viejos, le dais una patada en el culo, y os largáis a vivir la vida con la primera puta de veinte que os abre las piernas y os dice que sois unos maduritos interesantes.
  • ¿No crees que estás siendo un poco injusta?
  • Pues no, no lo estoy siendo. Seguro que es eso.
  • ¿Pero tu sabes que es eso? ¿No puede ser cierto lo que te ha dicho, sin más? Además, incluso aunque tuvieras razón, ¿qué más te da, cambiaría algo?

Continuaron hablando hasta bien entrada la madrugada. El calor del mes de julio en Madrid comenzó a dejarse sentir.

La conversación sobre la ruptura de Paula empezó a derivar a otros aspectos de la vida. Miki trató de hacer entender que debía hacer su vida y respetar las decisiones de los demás sin que por ello le afectará en su identidad lo más mínimo. Nada ni nadie en este mundo merecía, según él, tanto la pena como para dejar de vivir la vida en un suspiro.

Volvieron a recuperar las viejas anécdotas de la universidad, y los viajes juntos, al tiempo que las copas de vino dejaron paso a las copas de ron cola.

Con los ojos brillantes y la lengua comenzando a trabarse decidieron empezar a jugar a un juego absurdo al que jugaban algunos años atrás en sus noches de fiesta. Se trataba de decir un trabalenguas de manera perfecta, sin trabarse, de forma alternativa. El que se equivocaba debía apurar un vaso de chupito.

  • ¿Te acuerdas de Ibiza? –dijo Paula.
  • Claro que me acuerdo. ¿Cómo olvidarme?
  • Vamos a bañarnos. Venga.
  • ¿Cómo vamos a bañarnos ahora Paula, son las dos de la mañana y no tenemos veinte años? Además en Madrid no hay playa –dijo riendo Miki.
  • ¡Venga anda! ¡por fi, por fí! No me seas muermo, venga que tenemos la piscina. ¿Para qué me gasté lo que me gasté si no la puedo utilizar en estas cosas? –dijo cogiéndole de la mano y arrastrándole hasta el porche donde iluminó la pequeña piscina privada de casa con uno de los focos.
  • No tengo bañador.
  • Eso nunca te ha importado, no me vengas ahora con excusas de mojigato. Además, en Ibiza tampoco llevábamos bañador –dijo Paula quitándose la camiseta blanca de tirantes y el pequeño short rosa lanzándose al agua.
  • Tu lo has querido.

Dejó caer la ropa al suelo, se quitó las sandalias y se lanzó al agua de cabeza donde ya le esperaba Paula.

Se salpicaron agua a la cara, ella daba pequeños gritos mientras él la perseguía para hundirla bajo el agua de manera alternativa.

En un momento se apoyaron cada uno en un extremo de la piscina mirándose tratando de coger aire después de los juegos. La luz del foco de la piscina les separaba, situándose ambos a los laterales de la misma.

  • ¿Sabes una cosa? –dijo ella.
  • ¿Qué?
  • Que te quiero. Que eres mi mejor amigo, y que nunca me has dejado sola. Creo que me equivoqué a la hora de elegir.
  • Yo también te quiero. Eres mi mejor amiga, y nunca te dejaré sola, porque se que tu tampoco lo harás conmigo. Pero no digas eso de elegir. –contestó apoyando sus brazos en el exterior de la piscina balanceando las piernas en el interior del agua.
  • Es la verdad. Es lo que siento ahora mismo.
  • Es lo que sientes por circunstancias Paula. Pero en el fondo no piensas así.
  • Si no lo pensara no te lo diría –y se zambulló en el interior de la piscina buceando hacia la posición de Miki. En dos segundos estaba delante de él, posando las manos en sus caderas y poniendo su cara muy cerca de la de su amigo.
  • ¿Qué haces Paula? –preguntó entornando ligeramente los ojos y mirando a su amiga.
  • Abrazarte ¿no puedo?
  • Pues, estando como estamos en este momento, no se si es lo más apropiado.
  • ¿Por qué estamos desnudos? En Ibiza no te pareció que eso fuera un problema –contestó ella, pasando su mano por detrás de la espalda de su amigo acariciándole y depositándola en el inicio de sus nalgas.
  • En Ibiza, teníamos algunos años menos, algunas preocupaciones menos, ningún compromiso y una situación personal diferente. No creo que funcionara, para serte sincero. –dijo mientras pasaba sus manos fuertes por los hombros de su amiga dejando caer lentamente gotas de agua, fijándose como se movían los pechos de Paula delante de él y sintiendo el cuerpo de su amiga cada vez más cerca. Notó como le comenzaba una erección.
  • Me parece que tu amigo de ahí abajo no piensa lo mismo que tú. –contestó ella esbozando una sonrisa al tiempo que enredaba su pierna derecha en la pierna de él y besaba sus clavículas lento pegando su pubis al de su amigo- no te he olvidado dentro de mí después de tanto tiempo.
  • Paula por favor, te lo pido por favor.
  • ¿Qué te pasa? ¿Ya no te gusto? –dijo su amiga ronroneando las palabras y anudando sus manos al cuello de Miki.
  • No es eso. No quiero que nos hagamos daño. Tenemos implicaciones detrás. Yo puedo dividirlo, pero ¿y tu? No quiero que echemos un polvo lo pasemos de fábula y mañana no puedas mirarme a los ojos. No lo soportaría. Además está mi casa…los niños…Lucia…
  • Miki, ahora solo estamos tu y yo. Soy una mujer. Te quiero. Y quiero que vuelvas a hacerme sentirme mujer, a sentirme deseada. Mañana tendremos tiempo de pensar en algo, si hay algo que pensar. –dijo besando lenta y tiernamente los labios de Miki, agarrando su pelo largo mojado y sintiendo como él la cogía con sus poderosas manos acomodando sus caderas y sintiendo en su sexo como la excitación de su amigo buscaba su cálido acomodo interior.
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Durante toda la noche se disfrutaron el uno al otro. No como aquella noche de juventud que recordaban, sino de manera muy distinta. Esta vez de manera experta, de manera tierna, de manera entregada, de manera abnegada. Sabiendo que sería de alguna manera, la ultima vez que estarían juntos. Sabiendo que esa despedida, les separaría físicamente al tiempo que les unía para siempre espiritualmente.

Su amor trascendió lo físico para, huyendo de clichés absurdos y falsas etiquetas mostrarse tan cual es, solícito, entregado, y puro.

A la mañana siguiente él se despertó con las luces del alba entrando por la ventana de la habitación. Giró su cabeza, la vio dormida, con su brazo izquierdo encima de su pecho. Apartó su pelo de la cara, y acomodó el brazo de Paula en la cama para que siguiera durmiendo.

Se vistió, besó la frente de su amiga, y se marchó.

Dos semanas después recibió una carta de Paula desde un país lejano en el que había decidido iniciar una nueva vida. Dos frases para comunicar que estaba bien, y un enorme

GRACIAS

No volvieron a hablar más.

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
6 Comentarios
  • lastejasrojas
    Publicado a las 11:58h, 18 Febrero Responder

    no hay botón de me encanta???? pues es una pena porque lo pulsaría una y mil veces…

    • Jose Carlos
      Publicado a las 19:55h, 18 Febrero Responder

      Creo que ese botón aun no lo tenemos, no jajajajaja. Pero muy contento de que esa fuera tu intención. Gracias por comentar. Vuelve cuando quieras. U. Abrazo.

      • Jose Carlos
        Publicado a las 23:46h, 18 Febrero Responder

        Hola Julia. Que alegría verte de nuevo por aquí.
        Es cierto, todo tiene su momento, pero quizá le damos también mas importancia de la que tiene a las cosas.debemos dejar que las cosas sigan su curso.
        Un abrazo.

  • Erika Martin
    Publicado a las 20:57h, 18 Febrero Responder

    Qué pena que tras 20 años de amistad no volvieran a hablarse.
    Un gran historia, como todas las que escribes, JC.
    Un abrazo

    • Jose Carlos
      Publicado a las 23:48h, 18 Febrero Responder

      Bueno, Erika, un placer tenerte en esta casa. Digamos que una pena o un alivio según se mire, tampoco sabemos si dejaron de hablarse o se tomaron un tiempo sin mas, lo que es muy evidente es que de nuevo los convencionalismos volvieron a triunfar sobre lo importante. Eso es lo que da mucha pena de verdad.
      Muchas gracias por tus palabras.
      Un abrazo.

  • Julia C.
    Publicado a las 23:32h, 18 Febrero Responder

    Estoy con Erika, es una gran historia. Me encantó!

    A veces las cosas tienen su tiempo y cuando éste se cumple, deben acabarse, sin más. Tu relato me trajo muchos recuerdos 🙂

    Un abrazo!!

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]