PRIMERA VISITA A “EL TRÉBOL” DE CHARLES BARNABY

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Después del espectáculo que acababan de contemplar mis ojos, entre aquellos dos pescadores y la pobre puta, escondido como un vulgar ratero en la oscuridad de la noche, sentía la necesidad de tomar una copa de brandy que aliviara de alguna manera la extraña sensación que se había alojado en el pecho.

Jamás había sentido nada parecido, salvo quizá cuando era un niño y tenía que mostrarme frente a mi padre para soportar alguna de sus reprimendas, motivada por alguno de mis actos de joven alocado y contestatario.

¿Estaba sufriendo un ataque de culpabilidad? ¿Por qué? ¿Por no haber actuado?

No la conocía, a mi tanto me da. Son sus asuntos, y además en los negocios de la chusma es mejor no inmiscuirse si no quieres tener un desagradable encontronazo.

Aún y así, no quedaba contento con mi reacción ante aquellos sucesos, al parecer.

Dirigí mis pasos hacia “El Trébol” tal y como me había explicado Glenn, el recepcionista del hotel.

Imbuido en aquellos pensamientos, llegué hasta la puerta de lo que sin duda era el local recomendado. Sin muchos elementos externos que lo identificaran, sin duda era allí, el ruido que se dejaba sentir en el interior, no dejaban lugar a otra posibilidad.

En la puerta no había nadie que pudiera abrirla e invitarte a su interior. Desde luego, si este era el local con más reputación y clase de Bristol no quería pensar como sería el resto. Mejor no preguntar, ni por supuesto asistir.

De cualquier manera, sería un brandy, y regresaría a mi habitación. Por emociones ya había tenido suficientes.

Penetré al interior del local. No era muy grande pero si lo suficiente para notar el nivel de las personas que allí asistían.

Nada que ver, por supuesto, con mi club en Londres, pero un gran número de hombres trajeados estaban sentados departiendo, a voces, algunos a grandes risotadas. En algunos lugares, los naipes acaparaban la atención de otros, acompañados de señoritas vestidas con atuendos verdaderamente horribles, y sin gusto ninguno, pero que de la misma manera dejaban a la vista sus encantos femeninos sin ningún tipo de reparo.

En la parte izquierda de la misma, un hombre joven con una chaqueta de cuadros, de algún material que no podía identificar, y un pañuelo verdaderamente horrible anudado al cuello, recibía los besos y toqueteos de una mujer rubia sentada en sus rodillas como si fuera una niña.

Pude reconocer al momento en los laterales del local, las habitaciones improvisadas algo mas privadas, algunas con las cortinas de un color burdeos echadas para no dejar ver lo que sucedía en su interior, aunque sin duda a tenor de lo que mis ojos podían comprobar en el local, no era difícil adivinar lo que sucedía.

En una de las esquinas un hombre no muy alto, cuya complexión hacía pensar que no era del gusto del ejercicio, acorralaba a una de las meretrices del local contra la pared que separaba una de las habitaciones de otra, con la cabeza metida entre sus pechos, ante la risa estridente de aquella. Una de sus manos, seguramente dejándose llevar, se ha dirigido a la pierna de la muchacha y subiéndola en su antebrazo ha pretendido dejar el vuelo de su vestido al aire para situarse entre sus piernas y colocar a tiro de gesto la ropa interior de la mujer.

Un joven, que más tarde he podido saber que formaba parte del personal del local, ha llegado por detrás y ha llamado la atención de los fogosos amantes tocando al hombrecillo por la espalda.

Acalorado por el momento, se podía adivinar desde mi situación en la entrada a pesar de la escasez de iluminación del local, su cara congestionada por el esfuerzo dedicado, ha asentido y acto seguido ha marchado con la mujer al interior de una de las habitaciones.

Algo que olvidó mencionar el señor Holy, Glenn, es el segundo piso del local.

Una barandilla de madera circunda el piso superior al cual se accede desde una escalera que aparece al fondo del local, tras la amplia barra asistida por dos camareros perfectamente uniformados, con blancas camisas de amplios cuellos, y pajarita negra., chaleco del mismo color, y un gran mandil a juego con un gran dibujo de un trébol bordado en el centro de un color verde muy destacable.

Al fijarme un poco más en el detalle de los mismos, he podido comprobar que no es que la mente comenzase a jugarme una mala pasada, sino que eran completamente iguales. He llegado a la conclusión por supuesto de que se trataba de hermanos gemelos.

Del final de la barra, se ha levantado un hombre de altura destacada y fornidos hombros. Elegantemente vestido, dentro de lo que se puede decir que conocen en Bristol por elegancia.

Debe ser el señor Wayne, al que según el locuaz recepcionista apodaban Hammer.

Se ha llegado hasta mi posición.

  • Buenas noches, señor. –ha saludado cortésmente haciendo una ligera inclinación de cabeza- ¿Puedo ayudarle en algo?
  • No estoy seguro. Me han aconsejado que aquí podía pasar un rato muy agradable y descansar. Aunque, ciertamente, lo estoy valorando.
  • Depende de la diversión que venga a buscar el caballero. Si pudiera indicarme, estaría encantado de poder ayudarle.
  • Usted debe ser el señor Wayne, ¿me equivoco?
  • No se equivoca –ha contestado el gigantón entornando los ojos y escudriñándome con la mirada, ante lo que para él sin duda suponía una agresión por parte de un desconocido- ¿y usted es?
  • Soy Sir Charles Barnaby Noland –he dicho de manera refinada tendiendo la mano en su dirección.

El hombre no ha variado un ápice su gesto y estrechando mi mano ha vuelto a repetir.

  • Un placer. ¿Puedo ayudarle en algo?
  • Seguro que sí señor Wayne, de momento me gustaría ocupar la mesa del fondo y tomar una copa de brandy. Estaría muy honrado si quisiera acompañarme. Seguramente que en ese momento podría indicarme, con mayor detalle la cantidad de diversiones que puede ofrecerle este establecimiento a un hombre como yo.
  • Sin duda. Aunque este establecimiento, tiene distintas distracciones en función de lo que el caballero esté dispuesto a gastar. –lo ha dicho al tiempo que el pulgar de su mano derecha se frotaba entre el resto de dedos de la mano, acompañando el sentido de sus palabras.
  • Digamos que estoy dispuesto a gastar en este establecimiento una cantidad indecente de dinero, por no desentonar con el ambiente. –la conversación empezaba a resultarme del todo aburrida, sobre todo porque sabía cual sería el resultado, así que decidí zanjarlo en seco enseñando un fajo de libras perfectamente dobladas y sujetas con un alfiler de oro sencillo.

Al ver el dinero el hombre ha abierto los ojos, y ha dado un paso hacia atrás. Ha levantado un brazo y al instante un camarero se ha acercado a Hammer, y este le ha dicho algo al oído.  A lo que el otro ha asentido y de forma rápida ha acudido a preparar la mesa.

  • En breve estará su mesa Sr Barnaby, permítame un instante. Comunico un asunto y en breve me reúno con usted. Si tiene la bondad de acompañar a Phil, él le mostrará su mesa.
  • Como no. -he asentido tocando levemente el ala de mi sombrero y he seguido al camarero, que anteriormente había llamado la atención del hombre regordete.

Jack Wayne ha acudido de nuevo hacia la barra, y ha intercambiado unas palabras con otro que estaba sentado en la misma. He deducido que se trataba del propietario, el Señor Duncan.

En breve estaría sentado con nosotros, pero mientras conocería un poco mejor el local y lo que podía ofrecer. Me resultaba curiosa la historia que me había contado el bueno de Glenn, y quería saber más. Mejor hacer hablar a Hammer, antes de sentar a la mesa al tal Duncan.

Terminé de acomodarme, y mientras colocaba mis cosas, comenzaron a sonar en la sala unos aplausos.

En el centro de un pequeño escenario, flanqueada por tres músicos, una mujer morena, de generosas formas y sensual escote comenzaba a cantar con una dulce voz.

Al principio era complicado escucharla entre los aplausos y vítores del respetable que allí se encontraba, pero poco a poco se fueron calmando y su voz se colaba por los oídos embaucándote cual canto de sirena.

Dudé si sería la famosa Coral que había mencionado Glenn Holy en el hotel, pero rápidamente salí de dudas, con el comentario de una mesa vecina.

  • Nada mejor que la voz de Sussie para alegrarte el día. –dijo uno, elevando un vaso al aire.
  • Si, sus tetas –contestó otro al instante provocando la risa de la mesa entera incluidas las dos meretrices que les acompañaban.
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 CONTINUARÁ…

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
3 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 21:18h, 05 Febrero Responder

    Hola Jose, una nueva aventura para Mr. Barnaby. No es como su club en Londres, pero algo de emoción con una de esas chicas habrá, de eso estoy segura.
    Abrazo!!

    • Jose Carlos
      Publicado a las 20:29h, 06 Febrero Responder

      Hola Ale, desde luego que no, que no es tan refinado y exclusivo como los clubs a los que esta acostumbrado en Londres, pero ciertamente satisfacera la curiosidad de Charles, casi seguro.
      Un abrazo

  • CORAL Y SUSSIE. DOS PODEROSAS RAZONES EN EL TREBOL. - EscriViviendo
    Publicado a las 07:23h, 27 Febrero Responder

    […] Para poder seguir el comienzo de este relato puedes hacerlo aquí. […]

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]