Rapidez en la mente, dibujos de confusión en la cama ¿sueñas?

Hace tan sólo unos instantes que mis pestañas han dado rienda suelta a la visión.

Todavía adormilado he rizado un poco la persiana y la escasa luz del día como un foco, me ha desvelado la seña inequívoca de la confusión en la almohada.

Un largo pelo moreno se había desprendido, quizá de tu melena, y dibujaba, curiosidades de la vida, un perfecto corazón sobre el almohadón relucientemente blanco que todavía guardaba el aroma que viste tu piel de primorosa turbación.

Mientras restriego los ojos todavía tratando de alcanzar rápidamente la claridad en la mente, y desentumezco los músculos con un ritual repetido ininterrumpidamente desde la infancia, acerco mi mano derecha a la perfecta figura que se ha mantenido allí durante no se cuanto tiempo.

La cojo y la paseo entre mis dedos intentando cambiar una cara de sombro no demasiado profundo por el habitual gesto seguro que me ampara. No lo consigo.

El pelo sigue alborotado, y el pecho desnudo siente un escalofrío que eriza en el mismo el vello, y pone la piel de gallina dando una seña inequívoca de que las bajas temperaturas invernales aun no nos han abandonado del todo.

Me encamino hacia la percha de detrás de la puerta de la habitación, donde siempre reposa la parte superior de mi pijama, pero no sé si las pitañas en mis ojos, como oasis en el desierto, engañan de nuevo mi consciencia puesto que en la que debía ser una pared blanca tras la puerta, que tampoco lo es, no encuentro tal percha. La confusión va in crescendo, al mismo ritmo que el frío.

Con los párpados todavía no muy abiertos doy un rápido vistazo a la habitación donde existe una aparente normalidad tras una tímida penumbra. Decido enfundarme las zapatillas de estar por casa y vuelvo para ello al borde la cama, tratando de no tropezarme con el sillón del escritorio y la mesilla de noche, que ya han recibido alguna que otra visita de los pulgares de mis pies.

Por suerte esta vez no se han encontrado.

Me siento. Con una mano rasco la nuca, y con la otra la pierna izquierda a la altura de la cadera al ritmo de un largo e insonoro bostezo que enseña una boca reseca por el paso de la noche. A su término elimino las huellas que del mismo son reflejo en la comisura de los labios con el pulgar y el indice izquierdos.

Adelanto el pié derecho buscando las pantuflas y sólo encuentro las frías láminas del parqué. Vuelvo a extrañarme. Miro al suelo, y efectivamente no encuentro las zapatillas. Me levanto y llevo una rodilla al firme al tiempo que apoyo las palmas de ambas manos buscando el calzado debajo de la cama.

Una nota de alivio marca un resoplido. Allí, mi mano derecha las encuentra y las recoge para alojarlas en su correspondiente lugar. Rapidamente vuelvo a dirigirme a la cuerda de la persiana buscando conseguir mas luz. Esta vez el camino se me ha antojado más largo que de costumbre, y he rozado mi eran con el pico de la mesilla de noche, con el consabido dolor que ello conlleva.

Después de los escasos instantes postreros al daño, he reparado en que la mesilla no debería haber estado en ese lugar. Entonces ha sido cuando finalmente he despertado de súbito y el corazón ha bombeado sangre un poco más progresivamente, sin terminar de alcanzar un sentimiento de aloma en el cuerpo.

Me he lanzado a la ventana y he buscado ávido el sonido y el movimiento de la persiana hasta alcanzar su tope. No he reparado en el exterior.

He girado sobre mis pies y la insólita visión ha acabado de confundirme del todo. Las manos han ascendido a la frente y han recorrido la cabeza presionando el pelo hasta las orejas, con una interjección de sorpresa. He cerrado los ojos incrédulo, y los he vuelto a abrir. He tenido que sentarme.

He pellizcado mi brazo desnudo en un intento de volver a la realidad, pero la realidad estaba siendo vivida en ese momento.

He tragado saliva y mi mano derecha se ha llegado a la barbilla, atusándola pensativo sin terminar de salir del asombro. La cama era anormalmente grande, más de lo que la recordaba al acostarme, y las formas de madera del cabecero tampoco formaba parte de la imagen que aun tenia en mi cabeza.

Di un vistazo rápido a la desconocida estancia, que efectivamente había cambiado el color blanco de sus paredes por un tono pastel salmón, con una insólita moldura de escayola cuidadosamente labrada con motivos vegetales a lo largo de la misma. No conseguía cerrar la boca. Estaba completamente atónito y por qué no decirlo, tremendamente confundido.

En la esquina derecha de la cama, un poco más allá de una rústica mesilla de noche exactamente igual que la que se encontraba en el lado izquierdo, había un perchero de pie con varios brazos donde colgaba la chaqueta de mi pijama.

Hacia allí me encaminé y me cubrí, en el preciso instante que una pequeña tos me hacía carraspear buscando regresar a su supuesto estado habitual,  mi garganta.

Sacudí la cabeza tratando de encontrar una explicación, pero de nuevo me hallé en el mismo lugar. Un espejo de luna de cuerpo entero decoraba otra de las esquinas. A los pies de la cama había un gran arcón con unas extrañas imágenes labradas. En el lateral derecho, a mi espalda, se encontraba una gran chimenea que estaba apagada y un pequeño poyete cubierto de fotos. Un gran espejo forraba las puertas que daban paso a un guardarropa perfectamente dividido en su margen izquierdo y derecho.

Avancé hacía la salida, otros dos pequeños muebles de acacia envejecida se apoyaban en la pared. Descansé mis manos en uno de ellos y miré los estratégicamente bien situados cuadros que vestían las paredes y que habían sustituido a mis pósters y bufandas de mi equipo, a las medallas de las pruebas deportivas, y los trofeos conseguidos a lo largo de mi vida. Mi música había desaparecido con el mueble que la ordenaba, al igual que el aparato para reproducirla ¿que estaba pasando aquí? y ¿dónde están mis libros?

Atravesé la puerta aturdido, y no había dado ni cuatro pasos cuando tuve que asirme con fuerza a una barandilla de madera, a la que en un primer momento no encontré utilidad, para salvarme de un seguro golpe.

Siguiendo su curso me llegué a unas amplias escaleras que descendí apresuradamente, una vez repuesto del impacto de encontrar esa casa tan desconocida para mí. No había hecho sino poner un pié en el suelo del piso en el que me había dejado el último escalón, cuando una voz de nuevo me hizo dar un respingo.

“¡Papá…papá!”

Y sin tiempo para la reacción un ser humano cuya estatura a duras penas superaba mi rodilla, con pasos atropellados se ha abalanzado sobre mí y se ha abrazado a mis piernas.

No he podido articular palabra. El aire apenas bañaba mis pulmones, a pesar de la avidez de mi boca por tragar grandes bocanadas. He llevado los ojos hacía él, y unos pequeños bracitos se han alzado hacía mí tratando de escalarme a modo de audaz montañero.

“¡Upi, papá, upi!”

No se por qué, pero le he cogido en brazos. No he terminado de cogerlo cuando sus pequeños labios se han posado en mi mejilla, y unos rechonchetes bracitos se han enrollado en mi cuello. En ese mismo instante, he notado que una lágrima recorría joven como un tobogán desde mi ojos toda mi cara.

Sin saber como, mis pasos han comenzado a llevarme, no sabía muy bien dónde, puesto que absorto no dejaba de mirar el pequeño peluche de ojos vivarachos y sonrisilla pícara que se abrazaba a mí repitiendo “papa, papa”.

El pasillo se acababa en una puerta, de cristal, corredera que estaba abierta. Hemos pasado mi muñeco y yo, y las sorpresas no habían terminado, puesto que en una mesa, sentada con las piernas cruzadas y con una batín de seda blanca, te encontrabas tú. Con el pelo moreno perfectamente recogido, una taza de humeante café recién hecho entre las manos y una angelical sonrisa enarcada en un limpio rostro recién lavado con jabón de avena.

Te has levantado y mirándome, has pasado tu mano izquierda

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • tamara
    Publicado a las 14:16h, 15 abril Responder

    sentimientos de agobio, de pesar, de no tener el control, lo he sentido.
    este hombre está triste, preocupado … llora?? nos deja con la intriga.
    buen relato

    • Jose Carlos
      Publicado a las 15:29h, 15 abril Responder

      Hola Támara, gracias por el comentario. Ciertamente todos en un momento determinado nos hemos sentido así. Bien dormidos y despertar por un sueño atroz, o bien despiertos pensando vivir ese mismo sueño, no perder el contacto con estos sentimientos quizá nos acerca un poco más a realidades y nos prepara para responder a las mismas más que para reaccionar. Llorar no es malo 😉

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