SUSSIE, DESEO, SOBERBIA Y LECCIONES DE VIDA

En el relato anterior, dejamos a Charles Barnaby penetrando en el interior de la habitación en la que se encontraba Sussie, con una idea en la cabeza trazar el plan que tenía en la cabeza para sacar de una vez por todas a Coral y a la propia Sussie de El Trébol.

……………………………………………………………..

En el interior de la estancia se encontraba Sussie, entre penumbras. El pelo suelto, tumbada en un rincón decorado a la forma oriental. Con los zapatos puestos, y su ropa interior como única vestimenta. Entre sus piernas una pipa de la que fumaba de manera sensual tirando el humo lentamente de su boca.

Me acerqué al hombre que socarronamente sonreía creyendo ganado su duelo de ofrecimientos.

  • Cuando acabe en esta empresa, usted y yo, debemos hablar por Coral.
  • Coral no está en venta Sr. Barnaby.
  • Todo está en venta, querido amigo. Créame. Y usted debería saberlo mejor que nadie.

La puerta se cerró detrás de mí. Esto es lo que escondía el piso superior para mí. La mirada que anteriormente me había cautivado. Lo que Coral me provocaba era ternura, no deseo, era un instinto quizá de protección pero no el depredador que aparecía al contemplar la mirada de una mujer como Sussie. El deseo escondido tras el desdén, labios sensuales, humeando en ese mismo instante con la pipa colocada de forma estratégica entre las piernas, custodiando a modo de guardia el tesoro más codiciado por los clientes del local con peor fama entre las personas de bien de Bristol.

Ella, era una provocación, con esa prenda mínima tapando lo evidente. Pero no podía quitar de mi mente, el plan que ya había trazado de alguna manera para intentar sacar de ese lugar a Coral. Arrancar de las manos de ese sátiro de Duncan al delicado ángel que era esa niña triste.

No podía echar a perder esa empresa por puro placer. Aunque, quizá su tía podría ayudar a cumplir con el objetivo.

  • ¿Se va a quedar ahí de pie, o va a venir a disfrutar conmigo de este delicado elixir? –La miré sin decir nada – Está bien. Si no viene usted a mí, tendré que ir yo a usted. –Y tras poner una vez más la pipa entre sus labios se levantó lentamente caminando hacia mi posición, dejando ver su cuerpo, sus pechos y su piel blanca. Llegó hasta mi posición y dejó escapar de su boca el humo haciéndolo llegar a mis labios al tiempo que ponía sus manos en mi pecho y las subía hasta los hombros para despojarme con movimientos muy lentos y aprendidos la chaqueta. En ningún momento rehuyó el contacto con mis ojos, es más, ella también lo buscaba de manera constante, y había algo en ellos que me atrapaba de alguna manera. Como si quisieran decirme algo. Algo que sus labios no podían decirme.

Llevé mi pañuelo bordado a la boca y tosí levemente al sentir el humo resbalando por la cara, con el consiguiente rechazo que el gesto provocó en Sussie. Un rechazo que por otra parte pretendía.

  • ¿Sabe cuantos hombres se pelearían en el mismo infierno por estar en la posición que ocupa usted ahora mismo en esta habitación señor? –dijo frunciendo levemente el ceño y dando un paso hacia atrás.
  • No tengo ni la más remota idea señorita, ¿pero es motivo más que suficiente ese para lanzarme el humo de la pipa a la cara? –respondí tratando de ser lo más hiriente posible.
  • ¡Vaya! ¡Parece que me equivoqué con usted al elegirle, sus gustos parece que están alejados de los gustos normales de los caballeros! –lo dijo llevando de manera buscada su mano izquierda a la cadera paseando por el perfil de su cuerpo de una forma pausada y provocativa. Una forma que consiguió en mí el efecto que buscaba al clavar mi mirada en su gesto lento.
  • Desconozco cuales son los gustos del resto de caballeros. Incluso desconozco cuantos caballeros conoce usted, y sinceramente, creo que tampoco quiero saberlo. De igual manera le diré, que no me gusta compartir, como aspecto general. Y siento una cierta desgana al hecho de utilizar las cosas que ya han sido utilizada por otros. Pero en este caso cierto tipo de intereses me han llevado a ser yo, señorita, la que ha elegido estar en esta habitación con usted, por una cantidad de dinero nada desdeñable por cierto. Una cantidad de dinero, por cierto, que no acostumbro a utilizar para estos menesteres. Por lo que, espero que merezca la pena la inversión. Sin duda, estoy convencido, que después de esta noche su idea cambiará, y mucho el sentido las palabras que acaba de pronunciar. –dije de la manera más misteriosa que pude encontrar en mi interior.
  • Es usted un hombre tremendamente descortés para ser un caballero señor.
  • Créame, esto no ha sido más que una muestra de respeto. Si quisiera haber sido descortés con usted no estaría delante mío en este momento. Por cierto, y por alejarle las posibles dudas con respecto a mis gustos, le diré que sería muy recomendable para mí, que tapara, al menos por un instante sus hermosos pechos y se dirigiera de nuevo hacia la pipa para comentarle algún aspecto sin perder la concentración sobre el asunto que me traigo entre manos.

Sussie entreabrió la boca en un gesto de contrariedad por todo aquello que estaba sucediendo delante suyo. Cogió una bata transparente que llegaba hasta los tobillos y cubrió su moldeado y atractivo cuerpo para sentarse en el borde la cama poniendo sus manos en las rodillas.

Con total probabilidad en sus años de profesión y siendo quien era en El Trébol esta situación era la primera vez que la había vivido. Nadie jamás se había resistido a sus encantos, y mucho menos la había tratado de esa manera. Venían hombres desde fuera de la ciudad atraídos por la información de su belleza y de lo que contaban de ella y de sus sobrina al local de Duncan, sólo para contemplarlas, no podía entender que un forastero, por muy caballero que este fuera, tuviera la posibilidad de poseerla, además siendo lo atractivo que este era podría disfrutar por primera vez en mucho tiempo de la situación entregándose a los placeres, dejándose ir y haciéndole disfrutar de todo aquello que la vida la había concedido en el tiempo como habilidades propias de su profesión.

La idea de que se tratara de un pervertido con algún tipo de idea loca en la cabeza que quisiera realizar con ella, era la única explicación plausible que en ese momento le rondaba la cabeza.

No le sorprendería absolutamente nada. Ya había podido ver en multitud de ocasiones peticiones de lo más extraño, juegos de hombres con niños, mujeres que ocupaban el rol de hombres poseyéndoles. Hombres que se disfrazaban de mujeres, y ejercían como tales, practicas amatorias en grupo, y distintas practicas que a ella especialmente le repugnaban pero que había llegado a aislar de tal manera que a estas alturas de la vida quedaban en un segundo plano.

  • Vengo a hablarle de Coral –dije de sopetón, para no alargar más la incómoda situación.
  • ¿Cómo? Esto si que no me lo esperaba.
  • No me malinterprete, Sussie. ¿Puedo llamarla Sussie verdad?
  • Siempre que yo pueda saber quien es usted.
  • Me extraña mucho que no haya preguntado ya, cual es mi nombre. No obstante, soy Charles Barnaby Noland III. Puede llamarme Charles, si lo desea.
  • Esta bien Señor Barnaby, hechas las presentaciones. Puede explicarme qué sucede aquí. Porque estoy a menos de un minuto de gritar para que aparezca por la puerta Hammer. ¿Lo conoce verdad? El tipo grande con el que estaba usted sentado en la mesa de ahí abajo. Ese que no tiene ningún reparo en dar una paliza a cualquier impresentable que osa importunarme y sacarlo del local. –dijo al tiempo que cruzaba las piernas y volvía a poner la pipa entre sus labios.
  • –dije riendo entre dientes- Creo que mi idea le agradará sobremanera.

Teniendo delante de mí a esa mujer de ojos profundos, de gesto moldeado a base de duras historias, de cuerpo deseable y tomado por un cierto número de hombres, probablemente menos de la cantidad de ellos que deseaban y no lo habían tenido ni lo tendrían, moderé mi tono y comencé a explicarle.

Conforme avanzaba en mis explicaciones al respecto de mi conocimiento de su historia, y de mi idea de ayudarla, una pequeña lágrima resbaló por su cara.

  • Supongamos que le creo Señor Barnaby. Supongamos que creo en su buena voluntad, y en su idea de sacarnos de este infierno a mi sobrina y a mí. Supongamos que creo que no es usted otro loco que declara su amor eterno y que después de estar entre mis piernas y gozar por unos minutos se marcha subiendo sus pantalones y sin mirar atrás. ¿Qué le hace pensar que Duncan va a dejar escapar su mejor fuente de ingresos? ¿Cómo nos va a sacar de aquí?
  • Eso es algo que sólo me corresponde a mí querida. Créame si la digo que Duncan no es el primer tipo con el me cruzo de sus características. Todos tienen una cosa en común, sus ansias de dinero y poder. Y sólo se calman de una manera, con más dinero y más poder. Si le consigo algo que le puede dar eso que quiere no tendrá más remedio que dejarlas marchar.
  • ¿Por qué? –preguntó con un gesto mezcla de extrañeza y melancolía en el rostro Sussie.
  • ¿A qué se refiere querida?
  • ¿Qué por qué quiere ayudarnos a mi sobrina y a mí, un hombre como usted? Un hombre con posición y distinguido, mezclándose con dos mujeres como nosotras.
  • Porque no somos tan distintos en el fondo. Y porque, quizá todos merecemos justicia, y una segunda oportunidad. –dije tratando de zanjar la conversación cuando de repente Sussie, se puso a horcajadas sobre mí y comenzó a acariciar mi pelo y besar mi cuello. -¿Qué está haciendo Sussie?
  • Calle y déjeme hacer. Todas las habitaciones tienen lugares desde los que nos vigilan. Los cuadros, las cortinas, todo. No mire ahora, pero en el cuadro que está colgado en el fondo los ojos del hombre que está pintado nos vigilan.
  • ¡Vaya! ¡Que contrariedad!
  • Hay un pequeño pasadizo por detrás de las habitaciones que recorre toda la planta superior. –susurraba, mientras sus labios besaban mi cara lentamente, y sus muslos rozaban mis piernas haciendo que perdiera por un momento la concentración, provocando una incipiente excitación- Desde ahí tanto Duncan como Hammer pueden controlar lo que sucede en las habitaciones, e incluso tomar información de lo que ocurre en el interior entre las chicas y algunas personas importantes. Información que, Duncan, luego utiliza en sus negocios. Yo misma en algunas ocasiones lo he hecho.
  • Quiero ver ese pasadizo. –He dicho mientras sentía como mordisqueaba mis orejas, y sus manos recorrían mi pecho y mi abdomen, sacando mi camisa y sintiendo la tibieza de sus manos por mi piel.
  • Eso es imposible. Si nos descubren allí a usted le matan, y a mí me harían algo mucho peor aun. –Ha dicho en mi oído, dejando que las palabras me recorrieran, mientras su liviana bata caía al suelo desde los hombros dejando sus pechos a mi vista.
  • Nada es imposible Sussie, seguro que hay una manera de hacer que podamos ver lo que sucede en el resto de habitaciones, y tener alguna información que utilizar en nuestro favor. –he contestado poniendo mis manos en su cuello y recorriendo sus clavículas, para bajar por sus pechos generosos, deteniéndome en sus pezones pequeños y duros, y acariciando la tibieza de su abdomen para posarme en sus caderas y atraer esa carne pecaminosa contra mi cuerpo para dejar que sintiera como mi control iba desapareciendo a cada caricia que me regalaba.
  • Usted ha dicho que quería ayudarnos. No veo de qué manera, puede ayudarnos ponernos en riesgo. ¿Ve el espejo del final, el grande que ocupa casi la mitad de la pared? Es una puerta que da acceso a ese pasillo. –En ese instante se ha lanzado de nuevo sobre mi, poniendo sus pechos a la altura de mi boca y ha gemido como si hubiera profanado su altar con la fuerza de mil titanes. Antes de que pudiera decir nada, intercalando los gemidos con los movimientos de sus manos por mi cintura, ha deslizado unas palabras casi en un susurro en mis oídos- Los ojos del cuadro se han movido, nos están vigilando en este momento. Si quiere que todo vaya bien, déjese hacer y no haga preguntas.

En ese momento Sussie se contoneo delante de mí como si estuviera bailando en un escenario poniendo sus manos en mi vientre y apartando los botones del pantalón. Estaba contrariado, por un lado era cierto que deseaba a una mujer como esa. Por otro estaba mi duda interna de ir contra mis principios, y de mezclar lo que se había convertido en una empresa moral, con el mayor de los placeres carnales.

Mi sexo obedeció a las caricias que le concedían desde el exterior como no podía ser de otra manera y quedó a la vista de la mujer que se arrodilló delante de mí para dejar su boca a la altura del mismo. Al quedar ofrecido a sus labios, me miró por unos segundos e hizo una mueca de aprobación esbozando una sonrisa pícara de soslayo.

  • Vaya Señor Barnaby, oculta usted muchas cosas.
  • Todos tenemos secretos señorita, unos mejor guardados que otros, pero sin duda usted tiene una gran maestría para desentrañar algunos. No obstante, ¿no le gustaría que nos deleitásemos un poco más con la pipa antes de proceder a hablar de estos misterios?
  • Creo, Señor Barnaby, que esta pipa me va a gustar mucho más. –dicho lo cual, la joven ha hundido sus labios en un beso tierno sobre la base de mi pene y ha ido subiendo desde la misma hasta la punta recorriéndolo por entero con su lengua despacio. Sus manos se han ocupado de mis testículos, sin reparo alguno del vello que los enmarcaba, masajeándolos entre sus dedos de manera delicada y experta. Una suave descarga ha recorrido mis piernas para instalarse en la base de mi espalda y recorrer mi estómago. Por supuesto que no era la primera vez que me hacían una felación, pero si que había que reconocer la delicadeza de Sussie y el buen hacer de su oficio. Me recliné y dejé hacer cogiendo la pipa que quedaba a mi alcance, aspirando profundamente y dejando que el opio me recorriese por completo el interior.

La cabeza de Sussie subía y bajaba de manera entregada prodigándose con esmero en la cabeza engrosada de mi pene, en la cual sus labios se cerraban, y con su lengua de manera delicada hacía pequeños y lentos círculos que me proporcionaban unos más que placenteros escalofríos.

Su mano derecha acompañaba los mismos recorriendo mi pene arriba y abajo, subiendo y bajando la fina piel del mismo. En un momento sus movimientos se hicieron más rápidos e intensos, y su boca se centro de nuevo en mis testículos, llevándose a la boca primero uno, e introduciéndolo por completo en su interior, tirando de él de manera decidida y suave al tiempo. Luego hizo lo propio con el otro pasando el pulgar de su mano derecha por la abertura de mi pene haciendo círculos sobre el mismo, como si invocara           la descarga que sabia estaba pronta. Pegó un leve tirón de una de mis gónadas, al cual acompañé de una leve queja, a la que sumo un fuerte movimiento de su mano sobre mi pene, que llevó esa fina piel demasiado a su límite provocándome de nuevo un cierto dolor.

  • ¡Cuidado, mas suave! –me quejé- No queremos tener un altercado ¿verdad?
  • ¿No queremos? –dijo ella moviéndose lentamente mirándome fijamente a los ojos, como si quisiera introducirse en mi interior. Dura, dejando ver la cicatriz de su cuello tensando el cuello para que su lengua acariciara mi barbilla y su aliento se mezclara con la calidez del mío, agitado, ansioso por terminar aquello que se había iniciado. Paso una de las piernas por encima de la mía dejando su espalda y sus nalgas enfundadas en una sexy ropa interior a mi vista. Dejo caer su espalda contra mi pecho, y cogió mis manos para ponerlas en sus pechos, suaves, blandos y cálidos. Sus movimientos se dedicaron a que su sexo se rozara con el mío en aquella posición, dejando caer su cabeza encima de mis hombros, y jadeando cada vez de una manera más intensa con los ojos cerrados. No permitía que mis manos se movieran del lugar que ella había elegido para las mismas. Yo ardía en deseos en ese momento de lanzarla contra el suelo y dirigir aquella escena, penetrarla de una vez y descorchar el frenesí que me embargaba en ese momento, en el que olor a sexo, el ambiente, y el opio se habían adueñado por completo de mis ideas, para centrarme en aquello que me había llevado realmente hasta allí, que no era otra cosa que pasar un buen rato y olvidarme de todo.

En ese momento noté como sus manos se apretaban contra las mías y sus uñas se clavaban con intensidad en mis manos. Sus piernas se cerraban contra las mías, y su sexo se pegaba al mío tensando los músculos de su cuerpo y encorvando la espalda al tiempo que un profundo gemido inundaba el ambiente.

  • Ha estado usted muy bien señor Barnaby para ser un hombre que no toca aquello que ha sido disfrutado por otros.
  • Pero este juego no ha acabado, pueden estar viéndonos aún. Deberíamos hacer que se complete –y con una sonrisa he señalado con la mirada mi sexo erecto.

Ha sonreído dulcemente, casi con ternura mirándome de nuevo y pasando la mano por mi cara se ha acercado de nuevo a mi oído y ha susurrado.

  • Se han marchado poco antes de yo decirle que nos estaban observando señor Barnaby. Nunca subestime a una mujer que se ve obligada a fingir cada noche para sobrevivir. No es usted mejor que otros señor Barnaby, sólo tiene más dinero y aparenta más clase, pero ante los labios de una mujer y un cuerpo desnudo, su cerebro desaparece y solo hay espacio para aquello que tienen en la bragueta. No es usted distinto. ¿Quién es el objeto ahora? –y besándome se ha levantado no sin antes besar mis labios con una frialdad que me ha helado el alma- El pasillo nos espera, aun queda algo de tiempo para que me demuestre que estoy equivocada con usted.

He recompuesto mis ropas, he sonreído sin dejar de mirar a aquella mujer que acababa de darme toda una lección de orgullo y supervivencia, y he tomado la determinación en ese mismo instante que acabaría lo que el destino había colocado de manera tan caprichosa frente a mí. Eso sí, a partir de ahora sería mucho más cuidadoso con mis palabras, y con el momento en el que Sussie me devolviera la que en este momento me dejaba a deber.

CONTINUARÁ…

J.C. Sanchez

¿Te gustó? ¡Compártelo!

FacebookTwitterGoogleTumblrLinkedInPinterest

Posts Relaciondos

JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Alejandra Sanders
    Publicado a las 04:26h, 06 Marzo Responder

    Bueno, mientras disfrutaban Charles y Sussie, había quien también disfrutaba viéndolos jeje. Veremos como cumple su palabra Mr Barnaby de sacar a las chicas de ese antro.
    Abrazo Jose.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 06:22h, 06 Marzo Responder

      Hola Ale, sin duda. Esos pasillos ocultos, los cuadros con ojos que cobran vida inesperadamente y lo que debe haber en cada una de las habitaciones resulta al menos interesante.
      Veremos que sucede, y que se saca de la manga nuestro Charles para sacar a las chicas de allí.
      Bs y muchas gracias por comentar.

Publicar un comentario

¿QUIERES SOÑAR ENTRE HISTORIAS?
Suscríbete a mi blog y cada día viviras un mundo de emociones excitantes diseñadas para ti.
Su datos nunca seran compartidos con terceras partes.

Diez detalles más que os ayudarán a conocerme mejor:

[vc_row row_type="row" use_row_as_full_screen_section="no" type="full_width" angled_section="no" text_align="left" background_image_as_pattern="without_pattern" css_animation=""][vc_column]

Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]