¿TAMBIEN EL CLERO SUSSIE? EL INFIERNO TERRENAL DE THOMAS DUNCAN

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…He de reconocer que la escena me estaba excitando a mí también. No tenía claro si por el contenido de la escena, o por sentirme poderoso desde el escondite que proporcionaba la seguridad, de ver sin ser visto, las perversiones del dignatario.

La mujer de la flor en la sien, hizo un gesto de disgusto ante la posibilidad de besar a la otra, menos agraciada de rostro, aunque generosa de formas.

La sonrisa se hizo más presente en el rostro del alcalde, llegando a proferir una sonora carcajada, poniendo su mano en la nuca de aquella, ayudando a eliminar los reparos que pudieran quedarle a la mujer, disfrutando con ello de un largo y mantenido beso de ambas meretrices, al tiempo que ponía sus manos en el culo de ambas.

Sussie llamó mi atención, y con un leve gesto de cabeza me instó a que continuáramos el camino.

Me alcé y la seguí atravesando el angosto pasillo de madera con el mayor cuidado posible. Ella abría el camino señalando con la luz el suelo que de vez en cuando crujía a nuestros pasos provocando que en ese instante nos mantuviésemos inmóviles por miedo a ser descubiertos por alguien.

La fina bata que llevaba la cantante de El Trébol apenas si disimulaba las generosas formas que el tiempo y la vida habían concedido. No era una mujer joven pero sin duda a un simple vistazo, incluso en un lugar tan oscuro como aquel, y con esa humedad que se dejaba sentir en el ambiente, conseguía fijar mi atención.

En unos segundos se paró delante de otra pared. En este caso, separó el pequeño trozo de tela que tapaba cuatros minúsculos orificios en los que ambos podíamos posicionarnos como espectadores de lo que sucedía detrás.

Puso los ojos ella primero, y con un movimiento de la mano pidió que me mantuviera quieto en mi posición por un momento.

  • Ahora si que debemos ir con mucho cuidado, lo que hay aquí dentro…
  • ¿Puede ponernos en peligro? –pregunté acercando mi boca a su oído sin dejarla terminar-
  • Si, eso.
  • Desde que atravesamos ese espejo estamos en peligro ¿cierto? Sigamos, pues.

En el interior de la habitación tan sólo había dos personas. Un hombre calvo, enjuto, de aspecto hosco, sin apenas ropas.

Un poco más apartado de su posición un niño al que le calculé no más de diez u once años. De aspecto angelical, pelo pajizo y con los ojos mirando hacia el suelo en todo momento, sin proferir palabra alguna.

Me fijé en la habitación por unos segundos. No salía de mi asombro al comprobar que estaba decorada como una auténtica sala de tortura, un auténtico infierno terrenal.

Era lo más parecido a las mazmorras medievales, con los instrumentos de tortura que estuvieron al alcance de la Inquisición medieval.

El hombre mayor levantó la mano izquierda sin decir nada, y señalando al niño con el dedo índice, hizo un gesto para indicar que se acercara hasta su posición.

El niño obedeció. Con movimientos suaves y delicados, fue pasando la mano por el pelo rubio, dándole caricias, pasando sus dedos por el rostro y la barbilla de quien apenas podía mirarle a la cara.

Ofreció su rodilla para que se sentara y el niño sin rechistar se sentó. Quitó la camisa que le cubría el torso y pasó sus manos lentamente por el pecho blanco y tierno del joven. Dedicandose a él sin prisas, como el depredador que analiza a su presa antes de hincarle las garras.

En un momento le abrazó contra su pecho y susurró algo en su oído.

El niño se agachó poniendo su pecho en la otra pierna del sujeto, dejando sus posaderas al alcance de aquel, quien sin perder un minuto bajo el calzón y dejó a su vista las nalgas del efebo.

Puso sus mano izquierda en las mismas, al tiempo que cerraba los ojos y echaba hacia atrás la cabeza recreándose en el tacto que la piel inocente provocaba en su intención.

Como si de un resorte se tratara elevó al aire la mano en un gesto enérgico y golpeó la piel desnuda de su victima.

  • Es el obispo Wallcot –dijo Sussie apartando su vista de la escena- es cliente habitual.
  • ¿Siempre de este tipo de prácticas?
  • El financió la sala. Hizo traer todos esos aparatos que hay, no se muy bien de donde. Pero Duncan, no reparó en esfuerzos hasta que dio con todo lo que le pedía.
  • ¡Vaya con el clero! Un gusto excesivo en todas partes por la tortura y los jovencitos. – Sussie me miró frunciendo el ceño, disgustada, ante lo que acababa de decir.
  • Tenga un poco de respeto Sir Barnaby.

El obispo ahora golpeaba a mayor velocidad, y la escasa luz que iluminaba la estancia delataba las pequeñas gotas de sudor que el esfuerzo provocaba en la frente del clérigo.

En un momento alguien llamó a la puerta. Lo hizo con un ritmo cadencioso, primero un golpe corto y seco, después dos largos.

El hombre dejó de golpear al niño, un momento de descanso para quien había soportado los golpes sin proferir un solo quejido.

  • Pase –dijo secamente el obispo.

Al ver quien entraba en la habitación, no se por qué pero no me sorprendí. Duncan pasó al interior de la habitación.

  • Ilustrísima –dijo entrando en la estancia, llevando rodilla a tierra para besar la mano que un instante antes golpeaba al joven, que aun seguía sobre las piernas del obispo.
  • Hijo, ponte allí al final, en esa silla. Puedes mirar, pero no me interrumpas, ¿de acuerdo?
  • De acuerdo Ilustrísima.

Instantes después levantó de sus piernas al niño, acarició su cuerpo llegando hasta el sexo del impúber, completamente laxo, ponía su huesuda mano en todos y cada uno de los rincones del joven sin que este hiciera el más mínimo gesto. Beso sus labios en repetidas ocasiones. Hasta que consideró que había llegado el momento de avanzar en las practicas, levantándose de su asiento y dejando caer al suelo las pocas ropas que aun le quedaban, dejando su cuerpo pecador a la vista de su consentido espectador, quien tirado en el único sillón que había en la habitación, disfrutaba del espectáculo tocándose por encima del pantalón.

  • Malnacidos –dijo de repente Sussie apretando su puño derecho en un gesto de rabia al tiempo que podía sentir como se apretaban sus dientes.

El obispo cogió de la mano a su títere y le acompañó acariciando en todo momento su cabeza, con gestos muy lentos. En una de las paredes colgaban dos grilletes, y le encadenó sin ningún tipo de oposición. Me parecía llamativo que el niño no variase al gesto, completamente inexpresivo, en ningún momento. En escasas ocasiones levantaba la vista para mirar a su verdugo a los ojos. Sólo en las contadas ocasiones que este se lo pedía.

Una vez atado, cogió un pequeño instrumento que apenas podía adivinar desde mi posición, pero que tenía el aspecto de una fusta, de las que se utilizan para montar a caballo.

En un gesto más propio de una bestia que de un hombre se abalanzó sobre él, poniendo su boca en los genitales del niño, y devorándolos por completo.

Ese fue el único instante en el que me pareció vislumbrar unas lágrimas recorriendo la fina cara del niño.

Retiré la vista de la escena ante el ligero cosquilleo que sentía sobre el pié izquierdo. Una rata de gran tamaño buscaba algo en mis zapatos. Toqué el brazo de Sussie para advertirla, llevándome un dedo a los labios y señalando hacia el animal al tiempo que lo apartaba con un gesto seco.

La mujer en un movimiento espontáneo dio un traspiés hacia atrás ahogando un chillido pero no pudiendo evitar el crujido de la madera ante la brusquedad de su movimiento, bajo los pies. Con el miedo a ser descubiertos, la agarré por el brazo con fuerza y ahogué en un beso largo su grito al tiempo que la sujetaba fuertemente con los brazos para que dejase de moverse.

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CONTINUARÁ…

J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Fany
    Publicado a las 03:16h, 03 abril Responder

    ¿Es veridico tu libro ?

    • Jose Carlos
      Publicado a las 15:15h, 06 abril Responder

      Perdona Fany, no entiendo tu pregunta. ¿Puedes ser un poco más precisa,a cual de ellos te refieres?
      Muchas gracias.

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