UN MOMENTO, ¿DE VERDAD NO PUEDE HABER UNA HISTORIA DE UNA GALLETA?

Antes de comenzar, quiero pedirte a ti que me lees en este momento una disculpa.

Disculpas, porque no es modo de empezar la nueva temporada faltando al compromiso adquirido con vosotros la semana pasada en mi anterior post. Pero todo tiene una explicación.

Una explicación que a más de uno le parecerá insuficiente, por lo que, de nuevo, mis disculpas, pero que otros con total seguridad os veréis muy identificados con mi problema.

Hasta bien entrada la tarde de hoy, no he conseguido solucionar mis problemas con la compañía que trae la fibra hasta mi casa.

Si. Lo habéis adivinado. Llevo peleando cerca de una semana con ellos por distintos problemas, más de una llamada de teléfono, interminables esperas con músicas de fondo, departamento tras departamento, para luego…que se cuelgue la llamada y tener que volver a empezar.

¿OS SUENA?

Pues eso, pero por fin, y sin acritud alguna, puedo decir que más o menos, y cruzo los dedos, parece que está todo correcto y en su sitio. Por lo que, sin más os voy a dejar con un nuevo relato este que aparentemente nos habla de unas cosas, pero que a lo mejor, nos habla de otras.

¿A ti que te parece que cuenta el relato? ¿Me lo cuentas en los comentarios? 😉

HISTORIA DE UNA GALLETA

Colgó el teléfono con un gesto displicente y se acomodó el pañuelo que tenía anudado al pelo desgastado por el tiempo.

Miró por la ventana un segundo tras dar un suspiro profundo. Llovía. Seguía lloviendo, y ya iba para más de mil días seguidos que lo hacía.

Empezaba a pensar que ahora a su edad, no le iba a quedar más remedio que aprender a nadar.

¿Dónde hacerlo?

Buena pregunta.

Mientras cogía las gafas lentamente y limpiaba los cristales pensaba;

—Igual la bañera puede ser el sitio adecuado, o a lo mejor en el fregadero de la cocina.

A ella le hubiera gustado poder bañar a su niño en el fregadero de la cocina, con el jabón de lavar los platos, rociándole con la bolsa de gisantes congelados, haciéndole creer que eran perlas de gel aromático.

Pero, seguía lloviendo detrás de los visillos de flores y las jambas de madera, y no había niño, ni lo había habido, y no lo habría jamás.

Como saliendo de una profunda ensoñación, dejó de lado el oscuro paisaje del exterior, salpicado de colinas y de ríos que el agua comenzaba a formar, y atusando sus ropas y el mandil de flores que llevaba puesto sobre la falda dio media vuelta en dirección a la cocina.

Había pasado tiempo más que suficiente para que se hubiera terminado de hornear la galleta de jengibre que llevaba preparando toda la tarde.

Había recortado con mimo la silueta en forma de niño, eligió con cuidado las bolas de caramelo de distintos colores del bote de cristal que tenía guardado en la alacena. Las colocó con delicadeza, simulando los botones del jersey. Un jersey que le hubiera gustado tejer algún día.

Cogió la manga pastelera y con precisión de cirujano, fue distribuyendo la crema que le concedía a la figura sus pequeños y simpáticos ojitos, una diminuta nariz y una sonriente boca. Esa sonrisa que ella esperaba encontrar cada mañana en la cama vacía del cuarto del fondo, ese cuarto ya por siempre cerrado.

Arrastró las zapatillas con paso cansado, superando el salón y entrando en la cocina para dirigirse a aquel cacharro grande de hierro de un color blanquecino que parecía estar enfadado por el humo que expulsaba continuamente.

Metió la mano en el tarro de cristal que había en el centro de la mesa. El tarro de los trastos le llamaban, porque allí podía ir a parar cualquier cosa, desde las llaves de casa, hasta las pequeñas monedas, pasando por el guante de cocina que necesitaba en ese momento para abrir la portezuela del horno.

Cogió el guante, lo puso en la mano derecha y sin poder reprimir un gesto de dolor al doblar su espalda para llevar la portezuela hasta abajo, la abrió.

Lo que en ese momento ocurrió la dejó completamente petrificada, puesto que del interior del horno, dando unos pequeños saltitos llenos de vida, salía su galleta, mirando a izquierda y derecha con una amplia sonrisa, inundando por completo su diminuta y plana carita.

La anciana dio un pequeño grito, mezcla de sorpresa y pánico ante lo que estaba contemplando en ese momento.

La lluvia del exterior, los mil días, la situación propia de Noe y su arca, quedó completamente a un lado, ante los brincos, las voces, las sonrisas, los cacharros de la cocina perfectamente ordenados antes, ahora desparramados por el suelo, rompiéndose en mil pedazos al paso de la pequeña galleta animada.

Si había alguien en esa inmensidad del cielo, había escuchado sus plegarias, concediéndole un hijo. Alguien que llenaría la habitación vacía y oscura del fondo. Que ocuparía sus momentos de vacío, que invadiría sus espacios y su tranquilidad con risas y juegos.

La galleta con forma de niño seguía investigando por la casa, tirando todo a su paso, con los ojos de crema muy abiertos, empapándose de aquellas cosas extrañas que contemplaba por vez primera en su vida. Con cientos de preguntas y curiosidades que se agolpaban a cada salto.

La anciana no daba crédito, su vida había cambiado de repente. Sin esperarlo. Un desasosiego súbito la invadió.

Alargó la mano, cogió el tarro de los trastos, y justo cuando su pequeño niño galleta se descolgaba de la lámpara del techo, lo puso debajo para evitar que cayera al suelo rompiéndose en mil pedazos.

Elevó el tarro a sus ojos, lo miro con ternura desde el otro lado del cristal como antes miraba el agua, y sin pensarlo más elevó lentamente la mano izquierda para coger a su niño del interior.

Una vez en la palma de su mano lo miró, sonrió y lo acercó a sus labios con la sonrisa propia de las madres, de las abuelas amorosas, dándole un gran bocado y llenando sus carrillos al tiempo que pensaba:

—Se me ha pasado el tiempo para ser madre.

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
2 Comentarios
  • Jose Alfredo morin
    Publicado a las 22:09h, 25 Agosto Responder

    Gran relato. Nunca hay que perder la esperanza de ver cumplido nuestros añoranzas y sueños. Y como bien relatas hay que tener cuidado todo lo que fácil viene fácil se va.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 10:31h, 26 Agosto Responder

      Muchas gracias por tu comentario Alfredo. Bienvenido a esta tu casa, pasa sin llamar cuando quieras. 😉
      Estoy de acuerdo contigo, nunca hay que perder la esperanza, hay que luchar por lo que uno quiere, con fuerza. También hay que ser conscientes, que hay cosas que tienen su tiempo, su momento. Y que hay que disfrutar de cada momento que la vida te ofrece, porque quizá, no vuelva a ofrecértelo nunca más.
      Un saludo.

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]