¿Y SI TUS SUEÑOS SE HICIERAN REALIDAD EN VENECIA?

LOS SUEÑOS SE HACEN REALIDAD

Hace tiempo que venía planeando algo así. Algo como lo que hemos hecho al final. Escapar. Huir. Alejarnos de todo lo que no nos permite ser lo que somos, lo que queremos ser. Alejarnos de aquello que nos hace daño, que nos limita, que limita la posibilidad de amarnos como nosotros queremos hacerlo más allá de lo convencional, más allá de los cánones absurdos que esta sociedad nos impone, que esta sociedad se impone a sí misma.

Despertar antes de que el sol haya despuntado, y acercarme a la ventana de la habitación para mirar la vida que poco a poco se despereza en el exterior mientras inhalo con fuerza, concede una agradable mezcla de sensaciones. La más importante de todas ellas, la de libertad.

El cielo clarea, mezclado de tintes rosas y violáceos. El cielo es muy diferente en Venecia, todo es diferente en Venecia, aunque en este momento me parece que todo es diferente mientras me giro, con algún sonido disperso, difuminado en el ambiente de gaviotas y remos de góndolas furtivas encaminándose a su inicio de jornada, y ella descansa en la cama, desnuda, apenas tapada ligeramente por la sábana blanca, fina, elegante, que se mezcla con los bucles sedosos de su pelo.

¿Por qué Venecia?
¿Y por qué no? Contestaría más de uno.
Lo cierto es que no tengo ni la más remota idea de por qué hemos elegido este lugar. El primer destino que apareció en la pantalla de su móvil con un vuelo presto para la salida.
Apenas equipaje, cargados simplemente con el deseo que nos acompaña a todas horas, y las ganas de vivir nuestra vida.
Las ganas de ser esos personajes de película, esos protagonistas de las novelas románticas que siempre quisimos ser. Esos protagonistas que se empeña en que formen parte de mi vida, esos protagonistas que quiere que escriba para alcanzar la inmortalidad. Esos protagonistas que no soy capaz de escribir, porque no se si puedo encontrar un final feliz para ellos.
Siento en el pecho un ligera brisa que entra por la ventana de madera. Me gustan las ventanas de algunos de los edificios de Venecia, sobre todo las de los hoteles como este, que fueron antiguos Palacios. Palacios que atesoran tras sus muros las historias de cientos de personas, de negocios cimentados en el comercio marítimo que hizo florecer a esta ciudad como una de las más ricas de Europa.

Esas ventanas que se ven partidas en dos, por ricas columnas de fustes elegantes aunque cortos, de las que parten los inicios de arcos de medio punto. Columnas coronadas con capiteles decorados con motivos vegetales, columnas decoradas ahora con escritos dejados por visitantes sin moral, que utilizan las mismas como el papel en el que dejar su sello, su impronta atemporal, por los lugares que, casi con total seguridad tiempo atrás, contemplaban historias de amor de jóvenes ocultos en la oscuridad de la noche, acercándose con sus góndolas a los muros golpeados por el agua, para rondar a las bellas damas que conmovidas por sus palabras de amor, se asomaban a estas ventanas concediendo sus favores al enamorado.

Así me siento yo ahora a mi edad. Como uno de esos enamorados que rondaban las ventanas.
Tanteo en la chaqueta que dejé tirada de alguna manera sobre uno de los sillones de la habitación anoche. Cojo el paquete de cigarrillos y el mechero que me regalaron mis hijos en mi último aniversario con una inscripción; “Papá, no cambies nunca” y enciendo un cigarrillo. Doy una calada profunda que exhalo a la brisa fresca del exterior, descargando con ello una tonelada de responsabilidad encerrada en el armazón de mis huesos.

Toda una declaración de intenciones la de la frase de la dedicatoria. Ahora que lo contemplo con un poco más de calma, no tengo claro si es un deseo positivo o una sentencia de muerte.
Demasiado tiempo, quizá demasiado tiempo pensando en lo que todo el mundo espera de uno. En lo correcto, en lo adecuado, en lo establecido como normal, en lo que se debe hacer, pero ¿para qué? Probablemente para nada. Para pasar por la vida como uno más, y llegar al ocaso de la misma con una enorme sensación de frustración, esa que te indica que no has vivido absolutamente nada. Que has pasado por la vida sin pena ni gloria. Que no has cumplido más que con los objetivos que los demás pusieron en ti, pero que, curiosamente, no coinciden en absoluto con los tuyos.

Dos muchachos hablan sentados en los muros que hay enfrente de mi ventana. En la entrada de las escaleras que dan salida a las barcas en el canal.
Uno de ellos le pasa la mano por encima del hombro al otro, se cuentan sus confidencias, probablemente ahogan penas, o quizá se confiesan sus sueños de futuro.

Parecen jóvenes, aunque desde aquí, sólo puedo verlos hablando de espaldas. Una barca, al lado del que lleva el pelo más corto, golpea ligeramente contra el murete de piedra, mecida por las olas del canal.
Seguramente se cuentan las confidencias de amigos, las conversaciones sobre las mujeres que ocupan su corazón. Dándose los consejos que vuelan de un lado a otro. Esos consejos que se dicen, pero que nunca aplicas en carne propia cuando te sucede algo similar.

Le abraza, le coge tiernamente la cara y le besa, sostenido, suave, sin reparar en nadie. Sin caer en la tentación de ocultar sus sentimientos, su deseo, ni ceder ante los convencionalismos.
Sin duda, nada es lo que parece. Yo mismo he caído en aquello de lo que huyo. Pero, es que es difícil escapar de la moral y los conceptos grabados a fuego en los cerebros, con mensajes devastadores desde niños.

Les admiro, admiro su entereza, admiro su comportamiento natural, admiro que puedan expresar su cariño a plena luz del día delante de quien sea, y donde sea. Aunque imagino que eso no será realmente así.

El gondolero rema, pasando por delante de una de las puertas principales del hotel, dejando atrás el pequeño puente de arco carpanel que conecta otros dos edificios. Coloca de manera descuidada el dosel del pequeño toldo anaranjado que sirve de protección para sus clientes. Esos a los que, por unos cuantos euros más les canta sus famosas barcarolas.

Las canciones que sirvieron para inspirar algunas de las composiciones de músicos como Chopin u Offenbach.
Las canciones de películas como la Vida es Bella. Me acuerdo de la misma, y me dan ganas de gritar como su protagonista, “María la llave”, a ver si alguna de esas ventanas puede tirarla para que con ella cierre definitivamente la puerta y me quede con esta felicidad.

Doy otra calada al cigarrillo. Una mujer aparece por la ventana de color azul que hay en el edificio de enfrente. Es la más baja de las tres que tiene esa pared. Entre el lado inferior y el segundo piso, se abre paso lo que parece ser el jardín del patio interior de la casa.

Imagino, imagino cómo será por dentro. Veo los frutales que aparecen por encima de los muros, cargados de fruta, parece que se van a derramar justo encima de los muchachos que ahora se abrazan tiernos ante la sonrisa del gondolero que pasa su altura. Gira hacia atrás la cabeza y se quita su sombrero al tiempo que le dice a la mujer de la ventana:

⎯ Buon giorno
⎯ Buon giorno –sonríe ella mientras sacude unas sabanas con presteza.

Me recuesto de nuevo sobre mi hombro derecho y observo con cuidado la escena, con una sonrisa en la boca imposible de borrar.
Plácido, convencido de la escena, mirando fijamente hacia la mujer. Morena, con el pelo recogido en el lado izquierdo con una horquilla. Un colgante fino prendido de su cuello, y una camisa blanca con tres botones afarolada en los hombros, que apenas puede recoger la generosidad de sus pechos.

Sencillamente preciosa en su naturalidad. Ni muy joven, ni muy mayor. Una mujer sin artificios, plena en su naturaleza.
Me mira desde su ventana, y mueve la cabeza en mi dirección.

⎯ Buon giorno signore –me dice mientras dobla las sabanas.
⎯ Giorno –contesto llevándome un dedo a la frente como si fuera John Wayne en una de sus películas.

Miro de nuevo como se reflejan los edificios, en las aguas turbias de Venecia, tanto como mi mente. Mecidas por las barcas, por el movimiento de la tierra, ¿qué se yo?. Todo un cuadro, propio de los mejores pintores impresionistas.

Me giro apurando el cigarrillo. Sus piernas delgadas, su cuerpo desnudo, vestido con un mínimo tanga color blanco sobre la cama con dosel. Una joven noble raptada de su casa, de su familia. Arrancada de las garras de su padre dispuesto a casarla con un hombre de buena posición al que no ama.

Toda una realidad, salvo que en este caso, su voluntad es la que decide, y el raptado en cierta manera soy yo, puesto que una sonrisa suya, vuelca mi mundo hacía su lado más perverso, hacía sus oscuros y ocultos deseos, hacia su baile de mascaras.

Apareció cuando no tenía que haberlo hecho. Apareció como aparecen estas mujeres con necesidad de ser amadas. Con necesidad de caricias y letras, con necesidad de un amor, aunque sea convicto, aunque sea prohibido, mejor si es prohibido. Apareció tras los mensajes de una maquina. Apareció tras la admiración de un escrito. Apareció en la firma de un libro. Apareció en una feria. Apareció en mi cama, apareció en mi mente cada mañana, apareció en mis sonrisas en mi falta de inspiración constante, en mi delirio, en mi muerte, en el precipicio maldito al que me aboca cuando no estoy con ella, y al seguro vacío en el que me encuentro cuando si lo estoy.

Apareció para ser mi segura perdición. Una perdición de la que no quiero huir, ni por un instante, porque cuando mi realidad, esa realidad que me persigue en forma de convencionalismo, se apodera de mis pensamientos, la tristeza se apodera de mis letras, y lo oscuro de mi sino.

Sus caricias en el coche de camino al aeropuerto. Sus mensajes inoportunos y que violentan el pecho de un viejo como yo, cansado de caminar por esta vida con demasiadas losas encima de los hombros.
Sus citas repentinas en los vestuarios de algún centro comercial, para amarnos de manera furtiva, con el riesgo de ser descubiertos, con el riesgo de aparecer en cualquier revista de cotilleo, con el riesgo de acabar con nuestras vidas normales y aburridas.

Esas citas que te roban una sonrisa, y te quitan el aliento por un momento.
Ese cuerpo que ahora se contorsiona, somnoliento. Ese cuerpo que juega con mi paciencia, que me lleva a los extremos proponiéndome imposibles, encaminándome a practicas impropias de alguien a quien se ama, que juega a intercambiarse a los ojos, excitándome en la distancia, provocándome mientras otras manos la poseen, y yo permanezco atado sin poder decir nada.
Ese magnetismo que ejerce de manera impía sobre mí, y que me hace llorar en una soledad acompañada. Esa soledad que te lleva a hacerle el amor a tu esposa, mientras piensas en ella en la oscuridad cómplice, para poder complacer los deseos de quien de verdad te ama.

Ese comportamiento que hace que te aborrezcas, ese comportamiento que te lleva a subirte en una silla y querer utilizar la cuerda que reposa en las manos para acabar con todo y derramarte en un folio vacío contando historias, ganando batallas, clamando por realidades que no existen.

Miro de nuevo por la ventana. Apago el cigarrillo. Ya no hay figuras en el cuadro. Se han marchado.
Me acerco a los pies de la cama. La miro desde ahí. Su cara de niña eterna. Ángel y demonio a partes iguales. Los pechos redondos, bajo los que se tatuó una frase de una de mis novelas, según ella para llevarme siempre en el corazón, incluso cuando follase con otros.

Amar es tener la libertad de elegir con quien compartes tus sueños.

Su pié derecho, tatuado en el empeine, con unos motivos florales de vivos colores que corona una pulsera de plata que yo mismo la regalé y que adorna su tobillo fino como las columnas que decoran las ventanas.
No es perfecta, pero ¿y quien lo es? ¿qué es la perfección?

No buscaba la perfección. No buscaba nada. Simplemente la insania me encontró para devolverme a la vida de esta manera tan maquiavélica.
Ahora es el momento para acabar con este sufrimiento interno, con este mundo de preguntas inconclusas, con esta desazón tan excitante que se clava en mi pecho. Si pongo mis manos en su cuello, frágil como el cristal se quebrará en un segundo. Después, las alfombras que decoran tan ricamente esta suite pueden servir para envolverla y tirarla al canal. ¿Quién se enteraría?

⎯  Hazlo –dijo de repente, sin abrir los ojos.

⎯  ¿Cómo?

⎯  Que lo hagas,si vas a hacerlo. Y si no lo vas a hacer, ven aquí y dame lo que quiero de ti. Desayúname.

⎯  Un día no te saldrás con la tuya. No conseguirás lo que quieres.

⎯  Ya lo he conseguido –dijo abriendo las piernas a mi vista y llevando la mano derecha al interior de su tanga.

⎯  ¿Si? ¿qué?

⎯ A ti. Eres tan mío, que apenas te perteneces. –contestó mientras se mordía el labio inferior y arqueaba su espalda.

En ese momento salté a la cama y mirando sus profundos ojos claros, besé sus sensuales labios y la penetré lentamente, con todo el amor del que era capaz, mientras sus palabras me taladraban por dentro con la carga de verdad que poseían.

Su cuerpo se estremecía a mis movimientos, sus ojos se llegaban al éxtasis, y cuando sentí que estaba a punto de alcanzar el orgasmo puse mis manos en su cara acariciándola, lentamente, cariñosamente, con dulzura de amantes primerizos, para pasar al cuello sin dejar de mover las caderas en círculos, lentamente, buscando su delirio.

La mujer se asomó a la ventana para continuar aireando la habitación, afanándose con sus quehaceres diarios.
Alzó la vista al balcón de la habitación del hotel donde antes había saludado al apuesto hombre que la miraba fumando desde allí.

No pudo evitar fantasear con la idea de lo que ocurriría allí dentro. Imaginándose allí, en el interior de la habitación, con aquel hombre desconocido.
¿Qué sucedería?
¿Qué pasaría si en lugar de estar en mayo, fuera el carnaval?

Ella podría aparecer con su mascara, oculta, en la puerta de la habitación. O por las escaleras del hotel, en sus distintas estancias, conquistarle.
¿Por qué no?
Apartó esos pensamientos con una sonrisa, y siguió son sus quehaceres. Un hombre que se aloja en ese hotel jamás se fijaría en una mujer como ella.

De repente vio como el hombre salía de nuevo al balcón y tiraba una alfombra al canal desde la ventana.
Encendía un cigarrillo y la miraba a los ojos desde la distancia, mientras el bulto se hundía poco a poco en el agua.

Sonrió, entre confundida y sonrojada. Pensó levantando los ojos de nuevo: “¿Por qué no? A veces los sueños se hacen realidad sin necesidad de mascaras.”

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J.C. Sanchez

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JC Sanchez
jcs@jcsanchez.eu
4 Comentarios
  • Miranda Falls
    Publicado a las 15:28h, 07 Septiembre Responder

    Un relato magnífico con un final que no me esperaba. Me ha encantado.

    • Jose Carlos
      Publicado a las 05:52h, 08 Septiembre Responder

      Hola Miranda. Bienvenida a esta humilde casa 😉
      Me alegro mucho que te haya gustado el relato. Los giros son importantes en nuestras historias, bajo mi punto de vista. En este caso, dónde nada es lo que parece, mostrar un punto rupturista con la línea que lleva la acción trata de reflejar una realidad: La vida lleva una línea, pero de repente se empeña en mostrarnos otro camino distinto.
      Cada persona ve en este relato, lo que quiere ver. Y es muy interesante como escritor, como observador de la realidad, contemplar desde mi “ventana” esas opiniones y esas visiones tan distintas.
      Siéntete libre de llegar y comentar cuando tu así lo estimes.
      Muchas gracias por participar.
      Beso.

  • Paula
    Publicado a las 14:40h, 09 Septiembre Responder

    Interesting style. I interpreted it as a “stream of dream”, similar to a stream of consciousness. Great ending! Thank you for sharing the story!

    • Jose Carlos
      Publicado a las 17:13h, 13 Septiembre Responder

      Hi Paula. Wellcome again.
      Voy a continuar el resto de la respuesta al comentario en español, por respeto al resto de los lectores de este blog (espero que sepas entenderme ;P) Es una gran interpretación la que haces del relato. A veces sueños y realidad, se mezclan en nuestras cabezas. Esto es un hecho. Para algunas personas acaba suponiendo un problema grave, y un punto de inflexión en sus vidas.
      Gracias por tus palabras, y valoración.
      Es un placer para mi contar con tus comentarios.
      Thanks for all your comments and your time to read me.
      Hughes and regards.

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Soy muy deportista. Todos los días practico deporte si mi espalda me lo permite. Ando, corro, nado, o practico yoga, pilates o alguna sesión de otra actividad dirigida. Me aburren un poco las pesas, he de reconocerlo. Quizá por el mucho tiempo que tuve que hacerlo cuando jugaba al baloncesto. Anda, ¿no os lo he dicho? Mi vida ha estado ligada al karate y al baloncesto desde los cuatro y nueve años respectivamente.

Soy un poco culo de mal asiento, es cierto. Tiendo a aburrirme si no tengo alicientes que me reten a algo nuevo cada día.

Me gusta reírme. ¿A quién no, verdad? No, no, pero a mí me gusta hacerlo incluso de mí mismo. Eso es menos frecuente, ¿eh? Sí, soy un poco payaso.

Me encanta leer poesía cuando estoy solo. Sentarme en algún lugar tranquilo, sobre todo por la noche, escuchar el silencio y meterme dentro de cada verso. Sentirlo.

Suelo leer tres o cuatro libros a la vez. No me preguntéis por qué, porque no puedo explicarlo, pero es así desde hace ya no sé cuánto tiempo. Llámalo manías.

Soy un romántico sentimental sin remedio. Una de mis obras favoritas es Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand.

Me gusta mucho el cine. Y cuando digo mucho, es casi todo. Desde las películas que me hacen pensar hasta las que sólo tienen ruidos de persecuciones y disparos. Un detalle, pero no se lo digáis a nadie, ¿de acuerdo?: los musicales también. Estuve más de un mes cantando por todos sitios las canciones de Moulin Rouge.

Me apasiona la Historia, y la Historia medieval en particular. Participé en la escritura de Codex Templi (2005)*link, un ensayo sobre la Orden del Temple.

Soy un enamorado convencido del género humano. Sigo creyendo en el ser humano a pesar de los pesares y de lo mucho que se empeñan en hacerme cambiar de opinión. Figuras como Jose Luis Sampedro, Vicente Ferrer, entre otros, son una referencia. Ferviente devoto de esta frase: “El hombre es bueno por naturaleza, es la sociedad la que lo corrompe”. Ahí tenéis a Rosseau: coge una frase de Aristóteles, dale un par de toques y, oye…toda una filosofía nueva ¿no?

Creo en la ilusión, la perseverancia, el esfuerzo, la entrega, la generosidad y la confianza en uno mismo y en los demás.

[vc_separator type="transparent" up="10" down="10"][vc_column_text]Todas estas cosas, además de una buena dosis de locura y las ganas de contar lo que pasa por mi cabeza, me llevaron a crear mi blog a finales del año 2013. Y es ahora, en este año 2015, cuando he decidido dimitir de mi puesto de trabajo en una multinacional para dedicarme a mi sueño de contar historias. Descubre cómo empecé a hacerlo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]